Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2)
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1. Iris
—No estás borracha —me hablo a mí misma frente al espejo del baño, con las manos apoyadas en el lavabo e intentando convencerme de que estoy sobria—. Vas a salir de aquí y vas a caminar con la cabeza bien alta.
Escucho a Candela tirar de la cadena y, segundos después, abandona el habitáculo en el que se había encerrado.
—Se me ha perdido un pendiente —me dice, y recorre con su vista cada baldosa, agobiadísima—. ¿Lo has visto por algún sitio? Necesito encontrarlo; es el que me regaló Gerard.
—Ni idea, tía. —Me esfuerzo en respirar hondo sin apartar de mi reflejo mi mirada grisácea, maquillada de negro—. No estoy borracha.
Me echo agua fresca por la cara para espabilarme y Candela se lava las manos. Cuando dejamos atrás el servicio de mujeres, nos reunimos con los otros dos integrantes de Lapislázuli en el pasillo, que nos están esperando para irnos al hotel.
Ahora que formamos parte del gran mundo de la asquerosa farándula, nos han invitado a asistir a un evento de famosos en Madrid, pero el tema del alcohol se me ha descontrolado un poco y estoy haciendo malabares para permanecer erguida.
—¿Habéis visto mi pendiente? —les pregunta Candela a Rober y a Dani, atacada de los nervios.
—¿Te refieres a este? —Rober se esconde un mechón de pelo tras la oreja para enseñarnos el aro de plata enorme que ha perdido su hermana.
Candela le echa la bronca y casi le arranca la oreja por el tirón que le da al recuperar su pendiente; Rober solo se defiende, con la excusa de que se lo había encontrado en el suelo.
Me agarro al brazo de Dani con fuerza, porque mi alrededor da vueltas sin parar y seguro que, de un momento a otro, mi mente va a decir «basta».
Encima, tengo que soportar a los otros dos peleándose por un simple pendiente y a famositos pasando por nuestro lado, gritando y riendo a carcajadas; algunos nos saludan animados, pero yo los ignoro porque bastante tengo con el pedo que llevo a cuestas.
—¿Te encuentras bien? —quiere saber Dani, preocupado.
—No estoy borracha —repito como un mantra, más por convencerme a mí misma que a él.
—Vale, pero no te sueltes de mí cuando salgamos a la calle, por si acaso, y mantén la vista en un punto fijo.
Los cuatro ponemos rumbo hacia la salida de este recinto, detrás de un montón de artistas; yo, sin soltarme del brazo de mi amigo.
Sin embargo, cuando hacemos acto de presencia en el exterior, una manada de fans, tras unas vallas, comienza a gritar el nombre de nuestro grupo y el de cada integrante; los de Rober y Dani son los que más se oyen porque son los favoritos, y no entiendo por qué.
Miles de flashes se estampan contra mi cara y siento que algo asciende por mi garganta.
Rober y Candela se aproximan a la gente para saludar y hacerse fotos, igual que los demás famosos, pero yo freno en la puerta, junto a Dani, para planear mi camino hasta el taxi sin parecer que voy como las Grecas ni que los fans piensen que me importan un pimiento, porque hay varios que me están llamando.
—¿Te ves capaz de acercarte a la gente? —me pregunta mi amigo—.
Porque no quiero comportarme como un prepotente y que me odien, que le tengo que quitar el puesto de favorito a mi Robbie.
Es mi único propósito en la vida después de ganar EuroStars y de que Axel me coloque un anillo en el dedo, algún día bastante lejano.
—Hace una breve pausa—. Mmm… Vale, creo que se me está yendo la lengua, también por culpa del alcohol, porque eso último no lo he dicho yo.
Está hablando demasiado y yo no puedo retener ninguna información.
—Ve tú —lo animo—. Yo iré sola hasta el taxi. Me da lo mismo que me etiqueten como «la gruñona de la banda», porque es lo que soy.
Dani me desea suerte y se aleja de mí para atender a sus admiradores.
Yo me centro en cerrar los ojos, respirar hondo y contar hasta tres en mi cabeza antes de salir escopetada.
A medida que avanzo para refugiarme en el taxi, con la mirada clavada en frente de mí y la espalda bien recta, algunos vociferan mi nombre y me piden que me haga una foto con ellos, pero yo, sintiéndolo en el alma, los ignoro para no hacer el ridículo y evitar que mi cara de borracha protagonice cada publicación de las redes sociales, ahora que tengo una reputación que cuidar.
Agradezco a la Iris de hace unas horas el haber elegido como calzado unas cómodas Converse y no unos kilométricos tacones para simular ser más alta y acabar besando el asfalto, así como unos pantalones de cuero en lugar de un vestido o una falda corta para que no se me vean las bragas cuando me tropiece con algún objeto invisible o con mis propios pies.
—¡Iris! —continúo escuchando mi nombre.
Lo que sea que esté subiendo por mi esófago cada vez lo hace más rápido y me provoca unas cuantas arcadas; los flashes de las cámaras y de los móviles convierten mi cabeza en una batidora con la velocidad al máximo y les queda poco para dejarme cieguísima.
Los ladridos de los malditos fans (con perdón, que yo los quiero mucho y los aprecio, por algo estoy donde estoy) destrozan mis tímpanos y causan que casi me explote el cerebro.
Cuando la montaña rusa en la que me encuentro inmersa me marea lo suficiente, mi cuerpo no aguanta más y me agarro a lo primero que tengo más cerca para no desplomarme: un trozo de tela esponjosa.
Pero me caigo al suelo igualmente, con ese trapo pegado a mi mano. Frente a mi cara, hay unos pies cubiertos por unos taconazos blancos; sus uñas, pintadas de un color violeta cegador con motitas de purpurina.
Recorro con la mirada las piernas bronceadas del dueño de esos zapatos (o mejor dicho, de su dueña) y la detengo en sus bragas de encaje blancas.
Sigo alzando la vista por su ombligo y el top corto de tirantes blanco hasta llegar a su rostro horrorizado, aunque no sé muy bien cómo adivinar su expresión por lo atontada que voy.
Después, analizo la tela que sostengo y descubro que es un tutú violeta.
—¡Eh! ¿Se puede saber qué haces? —me espeta con un acento con el que deduzco que no es española.
Si los berridos de la gente me han descuartizado los oídos, los de esta persona chillona son como cientos de granadas inmolándose en el interior de mi conducto auditivo.
—Perdona, tronca —me disculpo, y no sé de dónde saco la energía y las fuerzas para levantarme, aunque lo hago tambaleándome.
Lo siguiente que hace la desconocida es engancharse a mi pelo e hincarme sus uñas puntiagudas en el cuero cabelludo mientras suelta palabras extrañas por la boca, que creo que pertenecen a algún idioma que no controlo y que tienen toda la pinta de ser insultos, porque la pava parece muy cabreada.
No me atrevo ni a mirarla a la cara. No porque me muera de la vergüenza por lo que acaba de suceder delante de tantas personas, sino porque esta tía no me lo permite por los tirones que me está dando en el pelo, que me lo quiere arrancar para fabricarse una peluca rubia y esconder su melena castaña en ella; por no hablar de que es mucho más alta que yo, gracias a los tanques que calza.
Dani es el único de mi grupo que tiene la decencia de venir para separarnos y librarme de ser la víctima de un homicidio nada imprudente.
—Relájate, ¿no? —le habla mi amigo con brusquedad, y las manos de la desconocida se desenredan de mi cabello—. Que no estáis en igualdad de condiciones. ¿No ves que mi amiga va borracha y es diminuta?
Yo me aferro a su brazo para no desmayarme, porque estoy a puntito de perder el conocimiento.
—¡Mira lo que me ha hecho! —se defiende la pava, que me arrebata el tutú empalagoso y se lo enseña a Dani—. Me lo vais a tener que pagar, que mis estilistas me lo han diseñado a medida.
Ante sus berridos, hago hasta lo imposible para cotillear la escena que me rodea: Candela está tirada en el suelo, descojonándose de la risa y pataleando; Rober ni se ha inmutado porque está haciéndoles caso a sus fans; y la gente tras la valla nos contempla con curiosidad, riéndose, fotografiándonos y grabándonos.
Miedo me dan los futuros memes. Menuda manera de dar el salto a la fama. Adiós a nuestra reputación.
En cuanto termino de apreciar el panorama, mi vista se posa en la payasa a la que casi dejo en bolas, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que me resulta familiar, porque la he visto por la televisión, por las redes sociales y en la fiesta de esta noche.
Entrecierro los ojos para inspeccionar su rostro y hacer memoria.
Joder, es Gabrielle Leroux, una de las cantantes poperas más famosas de Francia y del mundo entero.
No hace falta esperar unas horas, ni siquiera unos minutos, para que internet arda; me apuesto la guitarra eléctrica de mi hermano a que ya lo está haciendo.
Adiós también a la futura victoria de Lapislázuli en EuroStars.
Y ahora que me acuerdo de ese tema… Aún no me creo que mi banda vaya a participar en ese festival europeo. Hace unos meses nos apuntamos al casting con una nueva canción que habíamos compuesto y, por increíble que pudiera parecer, a la gran mayoría de españoles les gustó y nos votaron en masa.
Alucinante. Todavía no logro asimilarlo. Hasta hemos tenido que buscar a una mánager para que sea el adulto funcional de la banda y nos eche una mano con lo que se nos ha venido encima de la noche a la mañana.
Mánager que debe de estar echándome un mal de ojo presenciando esto, porque gasta más mala leche que yo.
Dani y la francesa continúan discutiendo entre ellos (mi amigo, sin dejar de sostenerme para que no me vuelva a comer el suelo), y un par de guardaespaldas, que trabajarán para la tal Gabrielle, surgen de la nada para poner orden.
Luego los tres desaparecen, aunque ella, conforme camina, mantiene su cabeza girada hacia mí para dedicarme miradas de desprecio.
Y todo por haberle arrancado el tutú, que más feo no puede ser.
Mi amigo me ayuda a andar y, cuando me quiero dar cuenta, ya estoy acomodada en el taxi con los demás lapislázulis; en el asiento trasero, entre Dani y Rober, ya que Candela ha plantado su culo en el del copiloto.
Durante el trayecto hacia el hotel, mis amigos no paran de comentar, entre risas, la escena tan surrealista que he montado, e incluso el taxista menciona que nos vayamos olvidando de los puntos de nuestros vecinos franceses cuando participemos en el festival, porque cada habitante de ese país nos odiará a muerte por habernos metido con una de sus artistas más importantes.
Yo no interactúo porque no me apetece; solo mantengo la cabeza recostada en el hombro de Rober a la vez que sujeto una bolsa de plástico por si a mi estómago le da por vaciarse.
Y por supuesto que lo hace. Como si no hubiera un mañana.
Los ocupantes del taxi se quejan y abren las ventanas para no terminar potando ellos; yo tengo muchísimas ganas de morirme, de tirarme en plancha sobre la cama de mi habitación del hotel o de provocarme un coma hasta mañana.
Bueno, hasta mañana, no. Mejor hasta pasado mañana, cuando se me pase la resaca, pueda actuar con coherencia y logre comportarme como una persona decente, no como un deshecho humano.
Una vez que llegamos al hotel, mis amigos me obligan a meterme en la bañera para que se me esfume el embobamiento, con la alcachofa de la ducha apuntando hacia mi careto y empapándome con el agua helada, con ropa incluida.
—¡Joder, está congelada! —protesto abrazándome a mí misma.
—Haberlo pensado antes de beberte hasta el agua de los floreros —me regaña Dani, que está asomado por el hueco de la cortina para vigilarme por si me resbalo.
Candela y Rober pasan directamente de mí porque uno está mirándose en el espejo, entretenido con su melena larguísima, y la otra está haciendo pis sentada en el váter y riéndose a carcajadas, con la vista posada en su móvil.
—La de memes que está creando la gente no es normal —nos dice Candela sin parar de desternillarse—. Algunos están empezando a shippear a Iris con la francesa, y alguien ha escrito «si tanto quería desnudar a Gabrielle, que lo hubiera hecho en privado y no delante de tantas cámaras».
—Están enfermos —murmuro tiritando, con el chorro de agua cayéndome en toda la jeta.
—Se veía venir —interviene Dani, divertido, que cierra el grifo y me pasa una toalla—. Gabiris Forever.
Me desnudo, me cubro el cuerpo con la toalla para intentar entrar en calor y me dejo caer en la bañera, muerta de frío y agonizando.
—Algún imbécil me ha pegado un chicle en el pelo —nos informa Rober, como si lo que le ha ocurrido fuera la mayor tragedia del mundo.
Dani deja de espiarme para acercarse a él, alarmado, y observar el estropicio que algún gracioso le ha hecho; Candela sigue meándose de risa (literalmente, porque aún no se ha despegado del váter) por cada meme que se encuentra de la francesa y yo.
—Yo flipo —suelto—. Unos memes absurdos y el pelo de Rober son más importantes que vuestra guitarrista moribunda y borracha a la que le está dando un patatús.
El dueño de la melena comenta «es que mi pelo es sagrado y lo único que atrae a los fans» y Dani, que ya ha analizado el chicle pegajoso, dice que lo siente en el alma, pero que le tendrá que cortar un trozo de cabello porque eso no hay quien lo arregle.
Rober, como era de esperar, le responde que, antes de cometer tal sacrilegio, se corta la polla.
—Buscad algún tutorial en internet; yo qué sé —les aconsejo, y me levanto con torpeza de la bañera, rezando para no desnucarme—. Me voy a dormir la mona. Buenas noches.
En la habitación, me termino de secar, me pongo una camiseta vieja que me he traído para dormir y me meto en la cama, sin desmaquillar y con el pelo chorreando.
Me da igual despertarme como un mapache o con una pulmonía; solo necesito hibernar durante cien años y cruzar los dedos para que la pava del tutú no emprenda acciones legales contra Lapislázuli (o contra mí, más bien) por haber producido un escándalo público.
No pienso mirar las redes cuando me levante.
Me importa entre cero y menos infinito que vengan los lameculos de la francesa a insultarme a mi perfil de Instagram para defenderla o que los fans de Lapislázuli se metan con ella.
Yo no voy a entrar al trapo, tan solo seré la espectadora de este linchamiento, a pesar de que una de las protagonistas de esta disparatada guerra sea yo.