Capítulo 28 — La puerta verdadera
Fuente Fría parecía más pequeño detrás de las vallas.
Isara lo había visto crecer durante los últimos días hasta ocupar el pueblo, las fotografías y cada conversación de las seis.
Sin embargo, aquella tarde solo era un edificio mojado sobre una ladera, rodeado por vehículos de policía, focos portátiles y cintas que el viento empujaba contra los postes.
Había dejado de llover, pero el agua descendía todavía por los canalones rotos.
El segundo incendio había ennegrecido dos ventanas del ala este.
El resto de la fachada conservaba el mismo color gris de las imágenes antiguas, aunque ninguna fotografía había mostrado las grietas ni el musgo que cubría las juntas.
La teniente Lobo las esperaba junto al primer perímetro.
—Antes de entrar, necesito que acepten tres condiciones —dijo—. Permanecerán detrás del equipo técnico. No tocarán nada. Y saldrán en cuanto se les indique, aunque el panel esté abierto y crean reconocer algo.
—Las seis juntas —respondió Duna.
—Eso ya está autorizado.
La frase pareció sorprenderla más que cualquier negativa.
Les entregaron monos blancos, cascos, mascarillas y cubrezapatos.
Salma comprobó el cierre del traje de Isara y ajustó la cinta de su casco.
Leire guardó la carpeta común en una bolsa transparente.
Cora dejó el teléfono apagado dentro del vehículo de la Guardia Civil.
Nélida pidió una talla menor porque las mangas le cubrían las manos.
Ninguna llevaba una llave.
Las cinco llaves numeradas, la sexta copia sin placa recuperada en la casa de Emilia, la llave distinta del laboratorio y la placa original de la puerta continuaban bajo custodia.
El análisis había vinculado las seis llaves de la habitación con el mismo lote de fabricación.
El equipo abrió la puerta del corredor con una herramienta, después de documentar que ninguna funcionaba ya en la cerradura moderna.
La factura de la reforma, firmada por Tomás, incluía la sustitución del cilindro.
Otro objeto que parecía antiguo y no lo era.
Entraron por la puerta principal.
El vestíbulo olía a humedad, yeso y madera quemada.
La luz de los focos convertía las paredes en superficies planas, sin la profundidad de los recuerdos.
Isara caminó detrás de la teniente, con Duna a su izquierda.
La puerta exterior permaneció abierta y dos agentes sujetaban las hojas para impedir que el viento las cerrara.
Duna lo vio.
—Gracias —dijo.
Lobo no respondió, pero miró hacia el agente que sostenía la puerta y este separó un poco más los pies.
El corredor norte estaba protegido por tablones. Habían retirado cascotes, asegurado el techo con puntales y marcado una senda estrecha con cinta amarilla. Al fondo, junto a la pared que dividía la antigua enfermería, se encontraba la puerta de la habitación seis.
No tenía número.
Solo cuatro agujeros pequeños alrededor de una zona rectangular más clara.
La placa que Aldara había entregado había ocupado aquel lugar antes de que Tomás la retirara.
Isara había imaginado la puerta de tantas maneras que la real le produjo una decepción inmediata. Era de madera ordinaria, repintada varias veces, con una manilla metálica y una mirilla anulada por una chapa. No parecía capaz de separar una vida de otra.
La teniente abrió.
Duna no entró.
Las demás se detuvieron con ella.
La habitación aparecía iluminada por dos focos apoyados en el suelo. Estaba vacía. La reforma había cubierto parte de las paredes con paneles de madera clara, pero el techo conservaba manchas del incendio y una línea negra avanzaba desde la esquina de la escalera de servicio.
—Podemos esperar —dijo Isara.
Duna observó el marco.
—No. Quiero saber si mi cuerpo recuerda algo antes que yo.
Cruzó el umbral.
No ocurrió nada.
No recuperó una voz ni una imagen. No se llevó la mano a la cabeza. Dio dos pasos, se apartó para permitir que entraran las demás y miró hacia la puerta abierta.
—No la cerréis.
—No se cerrará —dijo Lobo.
Isara entró la última.
La habitación medía menos de cuatro metros de ancho. En el suelo se distinguían cinco rectángulos paralelos donde habían estado fijadas las camas originales. Eran estrechos, casi iguales y dejaban un pasillo central por el que apenas habría podido caminar un adulto.
El sexto rectángulo estaba colocado de través, cerca de la puerta de servicio. Interrumpía el paso y obligaba a rodearlo para alcanzar la escalera.
—La añadieron después —dijo Leire.
—Los anclajes son distintos —confirmó la técnica que dirigía la retirada—. Cinco pertenecen a la primera división de la enfermería. El sexto se hizo semanas más tarde.
La cronología de los anclajes y la factura del 8 de noviembre hacían que aquel sexto espacio fuera compatible con la cama preparada para Mara.
No necesitaban convertir la compatibilidad en una certeza mayor.
Nélida se acercó hasta la línea que marcaba el límite permitido. Miró el espacio del sexto colchón y después la puerta de servicio.
—Estaba aquí —dijo.
—¿Lo recuerdas? —preguntó Cora.
—Recuerdo tropezar con una cama al intentar salir. Siempre pensé que se había movido con el humo.
La posición demostraba que no hacía falta que se hubiera movido. Habían añadido a Mara en el único lugar libre, bloqueando parte de la ruta que después utilizarían para escapar.
Salma observó la puerta del pasillo.
El pasador interior seguía sujeto a la madera, aunque la barra había desaparecido. Debajo se veía una marca más reciente donde alguien había instalado un cierre posterior.
—Eché el pasador desde aquí —dijo.
No tocó el metal.
Duna se colocó al otro lado de la línea imaginaria.
—Y yo estaba fuera.
Durante un instante quedaron enfrentadas en las posiciones que el registro había descrito. Salma dentro. Lía en el pasillo. Entre ambas, una puerta que ahora permanecía completamente abierta.
Salma dio un paso hacia Duna.
No repitieron la escena.
No necesitaban que una cerrara y la otra abriera para demostrar que había ocurrido.
Se apartaron juntas.
El panel señalado por la placa número seis ocupaba la pared opuesta.
A simple vista era idéntico a los otros: madera clara, tornillos embutidos y una junta vertical casi invisible.
La técnica colocó la placa sobre una plantilla transparente.
Los cuatro agujeros coincidían con pequeñas perforaciones ocultas bajo masilla.
—Tomás no señaló una puerta —dijo Isara—. Señaló el panel que la tapaba.
—Eso parece —respondió Lobo.
El equipo fotografió cada tornillo. Después los retiró uno por uno.
El primer panel se separó con facilidad.
Detrás había aislante, polvo y ladrillos modernos.
El segundo dejó al descubierto una franja de madera oscura.
Duna aspiró con fuerza.
La técnica continuó hasta retirar tres piezas. La antigua puerta de la enfermería apareció encajada dentro del tabique. Era más ancha que la entrada actual y tenía la pintura verde casi completamente levantada. En la parte superior permanecían dos letras blancas:
EN
El resto de la palabra había desaparecido bajo una quemadura.
La placa número seis encajaba sobre aquellas letras.
Ofelia no había creado una habitación nueva desde el principio. Había obligado a la antigua enfermería a fingir que siempre había sido otra cosa.
Isara pensó en las niñas.
No las habían trasladado únicamente de un nombre a otro.
Habían hecho lo mismo con el espacio.
La técnica iluminó el borde interior.
—Aquí hay hilo.
La puerta no podía abrirse. Tomás la había fijado con tornillos largos al entramado del tabique. Para alcanzar la cara posterior, el equipo retiró una moldura lateral y separó una tabla estrecha.
Apareció una tela doblada y cosida directamente a la madera con hilo encerado.
No era un libro escondido dentro de un compartimento.
Era un conjunto de páginas sujeto a la puerta como si alguien hubiera querido impedir que se extrajera sin dejar daños visibles.
La especialista documental se acercó. Fotografió el hilo, la posición de cada puntada y dos sellos de cera colocados sobre los nudos.
Uno llevaba las iniciales de la Fundación Santa Lucía.
El otro conservaba una V rodeada por un círculo.
—Ofelia —dijo la voz de Elena por el altavoz del equipo.
La sobrina nieta observaba la transmisión desde el vehículo técnico situado fuera del primer perímetro. Había acudido para identificar elementos de la propiedad, pero la teniente no le había permitido entrar en el edificio.
—Ese sello estaba en su escritorio —añadió—. Mi padre lo guardó después de su muerte.
Lobo pidió que constara la observación y ordenó que Elena continuara esperando fuera del edificio.
No hubo discusión.
La especialista cortó únicamente los hilos necesarios para liberar la tela. Los sellos quedaron adheridos a la madera. Dentro había un cuaderno de tapas negras, deformado por la humedad, y un sobre sin cerrar.
La cubierta del cuaderno llevaba una etiqueta mecanografiada:
ASIGNACIONES PROVISIONALES. NOVIEMbrE 1989.
Leire respiró por la nariz.
—No es un registro de salidas.
—No —dijo Isara—. Es el plan anterior.
La copia de Emilia explicaba cómo habían salido.
El cuaderno podía explicar cómo pretendían repartirlas antes de que el fuego alterara las rutas.
La especialista introdujo ambos objetos en cajas separadas. No los abrirían dentro de Fuente Fría. El polvo, la humedad y la falta de una superficie estable podían destruir las páginas.
—¿Hay algo más detrás? —preguntó Cora.
La técnica examinó la puerta con luz rasante.
No encontró otro compartimento.
Solo marcas.
En la parte inferior, por debajo de la tela, alguien había realizado siete líneas verticales con un objeto fino. Seis medían casi lo mismo. La séptima era más corta y estaba separada de las otras.
Nélida se acercó todo lo permitido.
—¿Las hicieron las niñas?
—No podemos saberlo —respondió Lobo.
Isara agradeció la respuesta.
Las líneas podían ser un recuento, una medida, una prueba del carpintero o una marca realizada años después. No necesitaban convertir cada arañazo en un mensaje.