La mujer que necesitaba ser la más brillante
Era profesional de las ciencias sociales y humanas, igual que yo.
Cuando la conocí, la encontré sentada detrás de un escritorio desde donde parecía dirigir un universo entero. Su oficina era un lugar de movimiento constante. Entraban llamadas, salían instrucciones, llegaban documentos, se programaban entrevistas, reuniones y eventos.
—Llama al ingeniero.
—Confirma la cita con el doctor.
—Verifica la rueda de prensa.
—Dile a la secretaria que cambie la agenda.
Todo parecía urgente.
Todo parecía importante.
Y ella parecía tener la energía necesaria para atenderlo todo al mismo tiempo.
La observaba con admiración.
Poseía un carisma extraordinario y una capacidad de comunicación que cautivaba a las personas. Era cercana, elocuente y profundamente comprometida con su trabajo. Quienes la veían en espacios públicos encontraban en ella una líder segura, preparada y capaz de conectar con cualquier audiencia.
Durante mucho tiempo pensé que estaba frente a una mujer excepcional.
Y lo era.
Pero también era humana.
Con el paso de los meses fui conociendo aspectos de ella que no eran visibles para la mayoría de las personas.
Descubrí que detrás de aquella imagen impecable existía alguien que observaba cuidadosamente a quienes llegaban a su entorno profesional.
Parecía evaluar a cada persona que ingresaba al equipo. No solamente sus capacidades, sino también el lugar que podrían ocupar dentro de la organización.
Recuerdo perfectamente una de nuestras primeras conversaciones.
Cuando me presentaron ante ella, me dijo:
Al principio dudé cuando vi tu hoja de vida. Venías de una universidad pública y pensé que tendrías una visión muy distinta a la nuestra. Pero luego vi dónde habías realizado tus prácticas profesionales y reconsideré mi impresión.
Lo dijo con naturalidad.
Yo sonreí.
Sin embargo, aquella frase me dejó pensando.
Con el tiempo comprendí que detrás de muchos de sus comentarios existía una forma particular de clasificar a las personas.
Observaba con atención quiénes coincidían con sus ideas, quiénes respaldaban sus decisiones y quiénes cuestionaban sus planteamientos.
Parecía sentirse cómoda entre quienes la validaban.
Mucho menos cómoda entre quienes pensaban diferente.
Aquello me generaba una contradicción difícil de resolver.
Por un lado, seguía admirando su liderazgo, su inteligencia y su enorme capacidad para gestionar procesos complejos.
Por otro, me costaba comprender la dificultad que parecía tener para compartir espacios con otras personas igualmente talentosas.
Era como si la admiración que despertaba en los demás también necesitara permanecer bajo su control.
Con frecuencia observaba cómo celebraba los logros ajenos, pero también cómo le resultaba difícil permitir que otros ocuparan el centro de la escena.
Aquello me hizo reflexionar profundamente.
Porque hasta entonces yo había creído que el liderazgo consistía en destacar.
Ella me enseñó que existe una diferencia importante entre destacar y permitir que otros también lo hagan.
Con los años entendí algo más.
Muchas personas alcanzan posiciones de poder después de grandes esfuerzos, sacrificios y luchas personales. A veces, el miedo a perder aquello que han construido puede convertirse en una carga silenciosa.
Quizás por eso algunas personas terminan protegiendo su espacio con una intensidad que les impide disfrutar plenamente del crecimiento de quienes las rodean.
Nunca dejé de admirar muchas de sus cualidades.
Aprendí de su disciplina, de su capacidad de trabajo y de su compromiso con las comunidades.
Pero también aprendí otra lección, una que con el tiempo se volvió igual de importante.
Comprendí que el verdadero liderazgo no consiste en ser la persona más brillante de la sala.
Consiste en encender la luz de otros sin sentir que la propia se apaga.
Y esa fue, quizás, la enseñanza más valiosa que me dejó aquella mujer que conocí en el camino.