Las mujeres que encontré en mi camino La mujer que le ganó una batalla a la muerte
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La mujer que le ganó una batalla a la muerte

Cuando la conocí ya llevaba años levantándose antes del amanecer.

A las cuatro de la mañana comenzaba su jornada. Mientras la mayoría de las personas aún dormía, ella ya había preparado el desayuno y el almuerzo de su hijo menor, organizado parte de la casa y dispuesto todo lo necesario para que el día pudiera avanzar sin tropiezos.

Después salía rumbo a la plaza de mercado.

Allí transcurría buena parte de su vida.

Entre el ruido de los comerciantes, las voces que se mezclaban en los pasillos y el afán constante de los clientes, atendía un puesto de venta de pollos. Había dedicado más de veinte años a ese oficio y la experiencia había convertido sus manos en herramientas precisas.

La observaba trabajar y parecía una artista.

Mientras los clientes hacían sus pedidos, ella cortaba, separaba y organizaba cada pieza con una rapidez asombrosa. Sus manos se movían con tal agilidad que por momentos parecía estar haciendo magia.

Pero aquella mujer era mucho más que una comerciante.

Era el corazón de su hogar.

De contextura delgada, estatura media, piel trigueña y cabello negro, escondía detrás de una apariencia frágil una fuerza extraordinaria.

Junto a su esposo compartía un sueño: construir una casa propia sobre un lote que habían adquirido con años de esfuerzo.

Mientras él trabajaba extensas jornadas nocturnas en una fábrica, ella sostenía el funcionamiento diario de la familia.

Cuidaba a sus hijos, atendía la casa, administraba los recursos y procuraba que nada perturbara el descanso de su esposo cuando regresaba agotado de trabajar.

Su vida era una carrera permanente.

A las responsabilidades del hogar se sumaban las preocupaciones por sus hijos.

El menor ocupaba gran parte de su atención.

El del medio había terminado privado de la libertad y ella encontraba tiempo para visitarlo y apoyarlo.

El mayor, inteligente y capaz, parecía vivir emocionalmente distante de ella.

Aun así, seguía adelante.

Siempre adelante.

Hasta que un día la vida le presentó un enemigo diferente.

Le diagnosticaron cáncer de estómago.

Recuerdo el impacto de aquella noticia.

Sin embargo, durante mucho tiempo la vi enfrentarlo con una serenidad que me sorprendía. Continuó luchando, intentando mantener la normalidad dentro de lo posible.

Pero hubo un momento en que la enfermedad logró atravesar sus defensas.

Fue cuando comenzó a perder el cabello.

La vi llorar.

Y entendí que no estaba llorando solamente por el cabello.

Lloraba por el miedo.

Por la incertidumbre.

Por la posibilidad real de dejar inconclusa la vida que tanto esfuerzo le había costado construir.

Poco a poco su cuerpo comenzó a debilitarse.

La energía que siempre la había caracterizado fue desapareciendo. Aquella mujer que corría de un lado a otro terminó postrada en una cama.

Durante ese tiempo tuve la oportunidad de acompañarla.

La ayudé en algunos momentos difíciles, observé su sufrimiento y escuché sus temores.

Su esposo vivía consumido por la angustia, pero seguía trabajando porque la vida no se detenía. Sus hijos continuaban enfrentando sus propias realidades. Su hermana y otros familiares permanecían cerca, intentando sostenerla cuando las fuerzas parecían abandonarla.

Yo observaba el deterioro de su cuerpo y pensaba que sería muy difícil verla recuperarse.

Había días en los que parecía que su alma quería desprenderse de aquel cuerpo agotado.

Sin embargo, ella seguía aferrándose a la vida.

—No me quiero morir todavía —decía—. Aún tengo a mi hijo pequeño.

Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

Muy lentamente comenzó a regresar.

Primero quiso incorporarse sobre las almohadas.

Después se sentó al borde de la cama.

Más tarde permaneció algunos minutos en una silla.

Y un día logró ponerse de pie.

Luego dio unos pasos.

Después caminó.

Y con el tiempo volvió a la plaza de mercado.

No con la misma fuerza de antes.

No con la misma velocidad.

Pero volvió.

La vi derrotar pronósticos, superar límites y conquistar nuevamente espacios que muchos creían perdidos para siempre.

Fue una de las demostraciones más impresionantes de voluntad que he presenciado.

Hoy los años han pasado.

Ya no tiene la energía de aquella mujer que parecía capaz de sostener el mundo entero sobre sus hombros. También ha tenido que despedir a personas importantes, entre ellas a su esposo y a su madre.

Pero sigue aquí.

Rodeada por sus hijos, sus nietos y la vida que tanto luchó por conservar.

Cuando pienso en ella no recuerdo el cáncer.

Recuerdo su determinación.

Porque algunas personas sobreviven gracias a los tratamientos.

Otras sobreviven gracias al amor de quienes las rodean.

Y algunas, como ella, sobreviven además porque poseen una fuerza interior tan poderosa que ni siquiera la muerte logra convencerlas de rendirse.

“No recuerdo el cáncer. Recuerdo la fuerza con la que decidió seguir viviendo.”