Las mejores historias sobre perros
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Prólogo
El perro es, eso creo, uno de los animales que el hombre ha domesticado con mayor éxito.
En realidad hemos superado a la propia naturaleza, ya que mediante nuestra manipulación hemos creado más razas de perros que las que se pueden encontrar en aquella.
Los tenemos de todos los colores, formas y tamaños, desde perros lobo irlandeses y mastines hasta pequineses y chihuahuas.
Tienen papadas y arrugas, orejas caídas o erguidas, colas recortadas o de esas que se balancean de un lado a otro como si fuesen plumas.
Los tenemos de color marrón, negro, dorado o con manchitas por todos los lados como si se tratase de huevos de codorniz, como sucede con los dálmatas.
Sin embargo, lo que tienen todos en común, a pesar de su variedad de aspectos, es una personalidad muy desarrollada, ya que no encontraremos dos perros iguales, como demuestra esta maravillosa colección de cuentos.
Los perros, una vez que entran a formar parte del «servicio doméstico», como se suele decir, nos cuidan de cien formas diferentes.
Nos consuelan y nos proporcionan compañía cuando lo requerimos; nos ayudan a cazar nuestra comida o a reunir y cuidar nuestros rebaños.
También nos ayudan en el hielo y en la nieve tirando de los trineos o, en el caso de que seamos tan tontos como para perdernos en medio de una ventisca, nos rescatan con el (posiblemente falso) barrilete de brandi colgado al cuello.
Actúan como policías husmeando el delito y se convierten en los ojos de quienes no pueden ver.
Protegen nuestras propiedades, desde chalupas hasta casas de campo, desde chozas hasta castillos.
Con ellos, sin duda, hemos creado al amigo de las mil funciones.
Mi último perro fue un bóxer, una raza por la que siento mucho afecto.
Me lo trajeron ya crecido y su nombre era Keeper (Guardián) —el Guardián de las Llaves—, cuyo nombre resultaba de lo más apropiado, ya que se iba a venir a vivir a mi zoo, en la isla de Jersey.
Se trataba de un perro muy grande al que, afortunadamente, no le habían cortado las puntas de las orejas.
Tenía una enorme cola despuntada que no dejaba de mover.
Sus saltones ojos castaños eran más expresivos que los de ningún otro perro que yo haya tenido.
Me sentía un poco preocupado por la llegada al zoo de un perro de dos años que, según sus dueños, nunca había visto otros animales que no fuesen perros, ni siquiera una vaca.
Sin embargo Keeper, lleno de buenos sentimientos, se fue ganando a fuerza de voluntad todos los corazones y tuvo un éxito inmediato.
Comenzaba el día haciendo una visita a sus amigos, intercambiando besos a través de la valla con los tapires y dando los buenos días a los pecarís, que respondían con un entrechocar de colmillos, puesto que estos cerdos no parecían sentir gran afecto por él.
Salía y saludaba a los osos de anteojos, a los gorilas y a los orangutanes y hacía ejercicios de precalentamiento con los chimpancés.
Daba los buenos días y saludaba y lamía con presteza al gato del zoo, Mimí, al igual que lo hacía con Trumpy, nuestro pájaro trompetero, que caminaba por el zoo majestuosamente como si se tratara del dueño de una hacienda.
Acabado todo esto y exultante de júbilo, llegaba la hora de ir a encontrarse con su amigo Dick, su vecino, el imponente labrador.
Tras una exhibición de besos, aquella formidable e inofensiva pareja marchaba hombro con hombro para ver cómo iba el mundo.
Keeper vivió conmigo durante ocho años, y en todo ese tiempo no mostró sino una extrema benevolencia hacia cualquier ejemplar del vasto grupo de animales extraños con los que tenía que relacionarse.
Creo que eso fue bastante extraordinario para un perro que hasta los dos años no había visto una vaca.
Espero que este libro demuestre lo complejo y fascinante que es el mundo de los perros. Lee y disfruta de algunos de los mejores cuentos que se hayan escrito nunca sobre estos animales.
GERALD DURRELL
23 de febrero de 1990