La vecina es una MILF
Tengo vecinos nuevos. Bueno, qué queréis que os diga.
Al principio uno siente cierta curiosidad.
Sobre todo por las criaturas masculinas, por supuesto.
Pero parece ser otra de esas madres solteras.
En fin, puede que invite a la mujer a un café o algo así.
No puede hacer daño. Ah, sí, por lo que parece vive con su hijo, que a mí la verdad es que ya me parece bastante crecidito.
Bueno, en la medida en que uno es crecidito con poco más de veinte años.
Durante el día la mujer no está, supongo que trabajando.
¿Y el hijo? ¿Trabaja también? ¿Estudia? ¿O a lo mejor está en el paro?
Digo yo que no se pasará el día entero metido en su cuarto jugando al ordenador.
Lo cierto es que no oigo nada en todo el día, ni siquiera cuando está en casa.
Así que tampoco le gusta la música, ¿o quizá solo escucha música con auriculares?
De alguna manera me despierta curiosidad, precisamente porque es completamente invisible. ¿Qué habrá detrás?
El sol ha salido por fin de detrás de las nubes y aprovecho la ocasión para hacer la limpieza de primavera en mi balcón.
Quiero sentirme bien cuando me tumbe aquí al sol más tarde.
Empiezo por las plantas del balcón: después de la última tormenta hay un montón de hojas y flores tiradas por todas partes.
Gracias a Dios que no tengo jardín. No haría más que deslomarme.
Con un balcón ya tienes trabajo de sobra.
Como enseguida empiezo a sudar cuando limpio, me he puesto solo cosas ligeras.
Aparte de las zapatillas, solo llevo un tanga negro y un top que se me ciñe a las tetas.
Ya me siento un poco sexy, pero eso me lo reservo para luego, cuando me tumbe en la tumbona. Entonces me daré un homenaje delicioso.
¿Qué es eso? ¡Pero si el hijo de la vecina se atreve a salir al balcón!
Finjo que estoy barriendo con la escoba la última mota de polvo del rincón, pero con un ojo lo tengo bien controlado.
Se ha sentado y está leyendo un libro. ¿Un ratón de biblioteca?
¿No tiene nada mejor que hacer que sentarse en el balcón a leer mientras mamá trae el dinero a casa?
Algo así. Pero ese no es el problema. Es que ni siquiera mira hacia mí, aunque estoy haciendo todo lo posible por llamar su atención.
Vaya dormilón. Lástima, porque es bastante guapo.
Y alto, además. Seguro que mide uno ochenta y cinco o así.
No está mal, pero está claro que no le interesan las mujeres maduras, ni aunque limpien el balcón ligeras de ropa.
Casi no me lo puedo creer. Hasta ahora me he llevado al huerto a todos los jóvenes que me han interesado.
¿Y él va a ser la excepción? ¡Conmigo no!
Entonces se me ocurre una idea preciosa.
¿Y si monto un buen desfile de moda en mi balcón?
El libro no puede ser tan emocionante como para que el señorito no se fije un poco en mí.
Entro en casa y abro el cajón de arriba de la cómoda, donde guardo mis cosas más bonitas.
¿Qué nos ponemos hoy? Rebusco un poco con la mano y me decido por el bustier negro con liguero y tanga.
Es un conjunto de encaje y tul y me costó un riñón.
John me lo compró una vez y hace mucho que no me lo pongo.
Ya iba siendo hora de darle uso otra vez.
Me pongo unas medias finas que sujeto con las pinzas del liguero.
A eso le añado mis tacones más sexys. No son especialmente cómodos para limpiar, pero como he dicho, ya no se trata de limpiar.
Quiero a ese chico de al lado y lo quiero ya.
Me pongo un momento delante del espejo y me miro con mi nuevo atuendo de limpieza.
Bueno, si esto no funciona, ya no sé qué hacer.
O está ciego o pertenece a esos seres asexuales para los que la palabra *erotismo* es el nombre de una planta.
Saco pecho y salgo al balcón. Mi llegada la anuncia ya el repiqueteo seco de mis tacones sobre las baldosas.
Eso saca de la hibernación hasta al tío más soñador.
Agarro la escoba y finjo que retomo el trabajo que había interrumpido antes.
Empiezo a barrer todo el balcón, aunque ya lo había barrido hace un rato.
Pero eso ahora no importa. Lo importante es que el joven vecino oiga el taconeo y luego me mire alucinado con mi nuevo atuendo de limpieza. ¡Voilà!
De vez en cuando le lanzo una mirada furtiva al balcón de mi vecina, en el que su hijo sigue sentado al sol con un libro. Y sí. Mis esfuerzos han dado fruto. ¡Y de qué manera! Hasta se le ha caído el libro de las manos. ¡Ja, ja! Alégrate de que solo sea un libro, cariño, y no la tarta.
Me mira con la boca abierta y por lo visto no se puede creer que me haya elegido un modelito nuevo para la limpieza de primavera.
Bueno, cielo, es que sudo demasiado barriendo, así que necesito algo fresquito para trabajar.
Eso lo entenderás. Ahora que tienes su atención hay que ser lista, Anna, maja, me digo a mí misma.
No vayas a sorberle el seso de entrada haciéndole gestos o señas para que venga.
Haz como si no te dieras cuenta de que está ahí.
Como si fuera aire para ti (¡que por supuesto no lo es!)
. Finge que lo único que te interesa ahora es tener el balcón limpio.
Así que sigo tan campante y me aseguro de que el taconeo se oiga sin parar, como si fuera la música que me acompaña mientras limpio.
Procuro no mirarlo nunca directamente. Solo le echo una mirada furtiva de vez en cuando, cuando cambio de dirección al barrer.
Y sí. Mi dulce vecino por lo visto ya ha terminado la lectura, aunque finja estar leyendo.
Porque en vez de mirar su libro mira al balcón de al lado.
A mi balcón, en el que estoy montando mi espectáculo. ¿No es genial?
Con la lencería puesta me siento cachonda de verdad.
Y el chico parece ser exactamente de la misma opinión.
Tengo la impresión de que todavía no sabe muy bien cómo manejar la situación.
Esto seguro que es nuevo para él. Pero ¿no es bonito tener *una MILF cachonda* de vecina mientras mamá está fuera de casa?
A cualquier joven que siga viviendo con sus padres le encantaría.
En todo caso lo tengo completamente en mis manos.
Si no veo mal, ya tiene la mano entre las piernas.
Le ha dado fuerte, ¿eh? La única pregunta es: ¿cómo consigo que venga hasta aquí?
No puedo plantarme sin más en la barandilla y decirle: «¿No te apetece venir?»
. Seguro que le parecería raro y quién sabe, puede que incluso lo espantara.
Pero lo más importante ya está hecho. Su cerebro va a toda máquina.
Y de eso se trata. Quiero volverlo loco.
Loco por mí. Loco por mis curvas, por mis tetas y por mi culo caliente.
Ah, hablando de culo caliente, me quito el tanga sin más.
Aquí en el balcón. Dicho y hecho. En un segundo me lo he quitado y lo lanzo a la tumbona.
A ver qué pasa. Ajá, se ha puesto de pie.
Sí, una MILF sin bragas es algo especial.
Casi no se lo puede creer. Pero yo sigo tan tranquila.
Ahora cojo el recogedor y el cepillo de mano y empiezo a sacar la suciedad de cada rincón.
Se ha apoyado en la pared y ya no sabe ni dónde meterse.
Venga, di algo. Llámame. Hazlo ya. Pero no, se sienta otra vez.
¿Pero qué clase de gallina está hecho? Aparte de la señora mamá, seguro que soy la primera mujer de su vida.
Al menos lo parece. Pero da igual. Si hoy no funciona, otro día será.
Si los dos acaban de mudarse aquí, lo más probable es que se queden una buena temporada.
No voy a volverme loca por este chaval que no se atreve.
Si no quiere o no puede, pues no. Entonces ya me lo haré yo misma luego, cuando acabe de limpiar.
Vaya por Dios, ahora encima ha desaparecido del balcón.
Ya no lo aguanta más. Se habrá metido en su cuarto de niño a hacerse una paja.
¿Qué ha sido eso? Están llamando al timbre.
Dios mío, vestida así no puedo recibir a nadie.
¿Qué hago? Entro y corro hasta la puerta del piso.
Miro por la mirilla digital, pero abajo, delante del portal, no hay nadie.
Qué raro. Seguro que son unos críos gastando una broma.
Pero ¿qué es lo que oigo? ¿Hay alguien delante de la puerta de mi piso?
Abro la mirilla y miro hacia el pasillo.
Cielo santo, es él, el chico de al lado, ¡está delante de mi puerta!
Anna, chica, es ahora o nunca. O lo agarras del pescuezo o no lo vas a conseguir nunca. Así que abre ya esa puerta.
—Buenos días.
Está de pie frente a mí y se limita a mirarme.
—Yo… yo…
—Eres el vecino nuevo y vienes a hacerme una visita. ¡Qué atento de tu parte!
—Sí, sí, sí. Exacto.
—Pasa.
Entra, aunque está nerviosísimo. Prácticamente tiembla de los nervios. Me gusta que no pueda quitarle los ojos de encima a mi cuerpo.
—¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un vaso de zumo de naranja o mejor agua con gas?
—Con gas.
No es que le salga precisamente a borbotones. Las palabras con gas le han costado un mundo.
—Ponte cómodo y siéntate en el sofá.
Voy a la cocina a traerle el vaso de agua con gas.
El taconeo de mis tacones en el suelo de la cocina no puede pasarle desapercibido.
Espero que le guste. Justo entonces caigo en que no llevo bragas.
¿No será pasarse un poco? Pero ya es tarde.
Hemos llegado hasta aquí, le he hecho perder la cabeza y ha venido.
Así que le daré lo que busca. Y eso es claramente sexo.
El chico quiere sexo, por fin. Lo noto con toda claridad.
—¿Y qué tal estás en tu casa nueva?
—Bien, bastante bien.
—Eso espero. Y tu madre está trabajando, ¿no?
—Exacto.
—¿Y cómo te llamas?
—Me llamo Tom.
—Pues bienvenido a nuestra casa, Tom. Yo me llamo Anna.
—Hola, Anna.
—¿Y te gusta mi lencería, Tom? Seguro que entiendes que, cuando tengo que limpiar el balcón, tengo que ir un poco más ligera de ropa.
—Sí… sí… sí… claro.
—Por eso también he tenido que quitarme las bragas, ¿comprendes?
—Sí, sí, sí, lo comprendo…
—Y como ahora tengo una visita tan guapa, también me voy a quitar el bustier. ¿Te gustaría, Tom?
—Sí, Anna, eso, eso, eso me gustaría.
Poco a poco se va soltando. Con los dedos suelto los corchetes del bustier y me quito la prenda despacio y con deleite. Mis pechos saltan libres y a Tom se le cae la mandíbula.
—Bueno, Tom, ¿te gustan mis tetas?
Sigue mirándome con la boca abierta y ya no consigue articular palabra. Parece completamente abrumado. Bueno, tengo unos pechos bastante grandes. Estoy de pie frente a él sin decir nada. Está visiblemente impresionado.
—Tom, no me vas a dejar aquí plantada, ¿verdad?
—No… —balbucea, y por fin se levanta.
—Ahora puedes hacer conmigo todo lo que siempre has soñado, Tom. ¿Qué te parece? Siempre que nos dé placer a los dos, claro. ¿Por qué no te acercas y me das un beso?
Se acerca y me besa en la mejilla. Noto lo nervioso que sigue estando. Posiblemente sea su primera vez. Lo tomo de la mano y lo llevo al dormitorio. No pienso seguir mirando esto mucho más.
—Y ahora, Tom, te vas a desnudar.
—Sí, Anna.
Se quita los pantalones y la camisa. Señalo los calzoncillos que todavía lleva puestos.
—Ejem, Tom, no querrás quedarte con eso puesto, ¿no?
—Nnnooo…
—Pues eso.
Con cierta dificultad consigue salir de los calzoncillos y ahora está completamente desnudo frente a mí.
Me quedo bastante asombrada. De los calzoncillos ha salido una polla con unas dimensiones que hasta ahora solo había visto en los hombres negros con los que me he acostado.
Madre mía, qué polla magnífica tiene el chico.
Me acerco y le agarro la maravilla con la mano.
—Vaya, Tom, no me esperaba esto. ¡Menuda cosa tienes ahí!
Con la otra mano lo sujeto firmemente por el mentón. Está visiblemente excitado, porque noto cómo su polla empieza a crecer en mi mano.
—Pues veamos lo grande que puede ponerse si lo trabajo un poco.
Me pongo en cuclillas y empiezo a chuparle la polla.
El asunto me pone a mil, solo por el tamaño que tiene.
Intento imaginarme cómo me la meterá luego en el coño.
Todavía no me puedo creer la suerte que tengo.
¡Y el chico vive al lado! Quién sabe, si lo hacemos bien aquí, puede que visite al vecino más a menudo cuando la señora mamá no esté en casa y yo necesite una polla.
En un instante se alza ante mí una porra gigantesca que ahora flota libre en el aire.
Contemplo la obra maestra otra vez con detenimiento, alzo la vista y le digo en voz baja:
—Sabes cómo hacer feliz a una mujer, ¿verdad, Tom?
—Sí, Anna. Lo sé.
—Pues sé buen chico y hazlo ya, por favor.
Me tumbo en la cama y abro las piernas. Vuelvo a notar cómo mira hacia mi coño.
Ningún problema. Con tanta calentura los jugos fluyen a raudales.
Se acerca con vacilación, se tumba encima de mí y me mete su magnífica polla.
Tengo que coger aire a bocanadas al sentir cómo esa cosa maravillosa me penetra.
Noto casi físicamente cómo mi coño mojado se estira alrededor de su polla.
Mi coño parece dilatarse de un modo excepcional con este ejemplar.
Y hace falta, porque algo así no se encuentra todos los días.
Tom empieza a follarme despacio. Es un auténtico placer sentir algo tan hermoso dentro de mí.
Estoy caliente desde esta mañana y ya me temía que tendría que ocuparme yo misma otra vez.
Pero gracias a Dios Tom apareció en el balcón. Gracias, Tom. Gracias por estar aquí.
—Así, muy bien, Tom. Más, es supercaliente lo que estás haciendo.
Eso lo envalentona y ahora me toma de verdad.
Se incorpora un poco para poder embestir con más fuerza.
De algún modo parece que, después de todo, no soy la primera mujer en su vida.
«Entonces, ¿quién será?», pienso mientras me folla cada vez con más fiereza.
¿No será la señora mamá? Eso casi no me lo puedo imaginar.
Pero quizá reciba algo de dinero para sus gastos y le dejen ir a practicar de vez en cuando a ese establecimiento del cruce de nuestro pueblo.
Folla cada vez más desatado y lo oigo gemir.
«Que no se corra demasiado rápido», pienso.
Como ahora está incorporado, me llevo el índice al clítoris y me lo hago yo misma mientras recibo este polvo magnífico.
Dios, qué caliente. Lo hace realmente bien.
Sigue siendo muy joven, pero su mero tamaño hace que me sienta poseída por un hombre de verdad, y eso me gusta extraordinariamente.
Son auténticos fuegos artificiales los que desata en mi coño.
Madre mía, qué maravilla. Y con el dedo puedo frotarme hasta el clímax al mismo tiempo.
Ay, qué gusto. Empiezo a gritar. ¡Sí! ¡Síiií! ¡Me corro! ¡Me corro!
Me ha arrollado como una tormenta que me pasara por encima.
Pero a Tom ya no hay quien lo pare. Me folla como si no hubiera ayer ni mañana.
Cielo santo, cómo se ha vuelto un salvaje de repente este chaval apático.
Ya no lo reconozco. Es un hombre de verdad el que me está tomando aquí, y eso me gusta.
—Hazlo, Tom, dámelo todo. ¡Demuéstrame que eres un hombre de verdad!
Pronto se correrá. Y sí, su respiración se acelera cada vez más y noto que el clímax está cerca.
Tom se ha corrido dentro de mí con un fuerte grito.
Poco después se ha dejado caer pesadamente sobre mí.
Dentro de mi coño se desata una auténtica inundación.
¡Cómo me gusta eso! Seguro que dejará una mancha enorme en la cama, pero me da igual.
Al fin y al cabo, una buena mancha en la sábana demuestra que aquí se vive la vida.
Cruzo las piernas sobre su culo. Mi coño abierto sigue palpitando de vida. Ha sido un polvo magnífico.
—Eres muy bueno, Tom.
—Gracias, Anna.
Parece visiblemente aliviado. Mi orgasmo tarda un buen rato en apagarse.
Le he ofrecido mi ducha. Que vuelva al piso de al lado por donde ha venido.
Un poco más tarde lo veo de nuevo sentado en el balcón con su libro.
Por mí, que se vacíe media biblioteca municipal.
Mientras el chico me folle de vez en cuando, yo soy feliz.