Las hojas que nos quedan Capítulo 17 — La reunión
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Capítulo 17 — La reunión

La sede del banco en la ciudad más cercana tenía el tipo de frialdad corporativa que contrastaba violentamente con las semanas que Elena acababa de vivir en Robledal: suelos de mármol pulido, sillas ergonómicas que no invitaban a quedarse mucho tiempo, y un gestor, el señor Iglesias, que revisó el documento de Elena con una expresión que no revelaba absolutamente nada.

—Los números del festival son impresionantes —admitió finalmente, después de lo que a Elena le parecieron los minutos más largos de su vida—. Pero necesito entender la sostenibilidad a largo plazo. Un evento puntual no garantiza ingresos constantes.

—Por eso el plan incluye el rincón de café como fuente de ingresos permanente.

—Elena señaló las proyecciones en la página siguiente, con una calma que le costaba un esfuerzo considerable mantener—.

Además del club de lectura mensual, que ya tiene quince inscripciones confirmadas antes incluso de su primer encuentro, y una presencia digital renovada que ha generado un aumento sostenido del tráfico, no solo un pico puntual relacionado con el festival.

Rosario, sentada junto a ella, permanecía en un silencio tenso, con las manos entrelazadas sobre el regazo, mientras el señor Iglesias pasaba las páginas con una lentitud exasperante.

—¿Y el festival se repetirá el año que viene? —preguntó, sin levantar la vista del documento.

—Ya está en las conversaciones con el ayuntamiento.

—Elena había anticipado la pregunta, y tenía preparada una carta de intención del consistorio local, redactada apresuradamente en los últimos dos días con la ayuda entusiasta del alcalde, que había quedado profundamente impresionado con la afluencia de visitantes—.

Con apoyo institucional confirmado y un presupuesto dedicado para el año próximo.

El señor Iglesias finalmente levantó la vista, y algo en su expresión, aunque todavía cauteloso, había perdido parte de su escepticismo inicial.

—Esto es más sólido de lo que suelo ver en estas situaciones. —Cerró el documento, tamborileando los dedos sobre la portada—. Voy a presentarlo al comité esta semana. No puedo prometerles nada, pero les diré que las cifras son convincentes.

—¿Cuánto tiempo tardará la decisión? —preguntó Rosario, hablando por primera vez desde que habían entrado.

—Una semana, quizás menos. —El gestor se levantó, extendiendo la mano en un gesto de cortesía profesional—. Les mantendré informados.

De vuelta en el coche, camino a Robledal, Rosario permaneció en silencio durante los primeros minutos, mirando por la ventana el paisaje de octubre pasar borroso.

—¿Crees que funcionará? —preguntó finalmente.

—No lo sé. —Elena mantuvo la vista en la carretera, sintiendo el peso de la incertidumbre asentarse de nuevo en su pecho después de la breve ilusión de control que había sentido durante la presentación—. Hicimos todo lo que pudimos, abuela. El resto ya no depende de nosotras.

—Tu abuelo solía decir algo parecido cuando las cosas escapaban a su control. —Rosario sonrió, con una nostalgia suave—. Que uno hace lo que puede, y el resto se lo deja al tiempo.

—¿Y funcionaba? Esa filosofía, digo.

—A veces. —Rosario se encogió de hombros, con una honestidad que Elena agradeció—. Y otras veces, no. Pero al menos nunca se quedó con la sensación de no haberlo intentado con todo lo que tenía.

Cuando llegaron a Robledal, encontraron a Mateo esperándolas frente a la librería, con una expresión ansiosa que se relajó ligeramente al ver que ninguna de las dos parecía devastada.

—¿Cómo fue?

—Convincente, según el gestor. —Elena bajó del coche, sintiendo el cansancio nervioso de la reunión finalmente empezar a disiparse—. Pero necesitan hasta una semana para la decisión final.

—Una semana. —Mateo asintió, procesando la noticia con la misma calma que Elena empezaba a valorar como una de sus cualidades más constantes—. Entonces supongo que tenemos una semana para no volvernos locos de la espera.

—O para aprovechar el tiempo con algo productivo. —Rosario, ya recuperando su energía habitual, se dirigió hacia la puerta de la librería—. El rincón de café no se va a terminar solo, y tenemos clientes preguntando cuándo abre desde el festival.

Mientras Rosario desaparecía dentro, organizando ya mentalmente las tareas pendientes, Mateo se acercó a Elena, tomándole la mano con esa naturalidad que ella había llegado a considerar, en apenas unas semanas, como una de las certezas más sólidas de su vida.

—Pase lo que pase con el banco —dijo él—, ya sabes lo que decidiste. Eso no cambia con la respuesta del comité.

—Lo sé. —Elena le apretó la mano, sintiendo la verdad de aquella afirmación asentarse profundamente—. Pero sería mucho más fácil construir una vida aquí si esa vida incluye una librería que siga en pie.

—Entonces esperemos que el señor Iglesias tenga buen gusto para las historias con final feliz.

Elena rio, y por primera vez desde que habían salido rumbo a la reunión esa mañana, sintió que la risa le llegaba sin esfuerzo, ligera, casi despreocupada, a pesar de la incertidumbre que todavía pendía sobre el futuro de la librería de su abuela.

Mientras esperaban a que el señor Iglesias regresara con más documentación durante la reunión en el banco, Elena aprovechó el breve receso para observar a su abuela, notando por primera vez cuánto había envejecido en los últimos años sin que ella lo hubiera notado realmente durante sus visitas esporádicas desde Madrid.

Las manos de Rosario, que Elena recordaba fuertes y capaces de manejar cajas pesadas de libros con facilidad, ahora mostraban un temblor sutil que se intensificaba en momentos de estrés como aquel.

—¿Estás bien, abuela? —susurró, notando la tensión evidente en el rostro de Rosario.

—Estoy pensando en todas las veces que tu abuelo estuvo sentado en sitios como este, luchando por mantener la librería a flote durante alguna crisis u otra. —Rosario sonrió, aunque la sonrisa no alcanzó del todo sus ojos—. Parece que la historia se repite, generación tras generación.

—Esta vez va a funcionar, abuela. Lo presiento.

—Espero que tengas razón. —Rosario le apretó la mano brevemente antes de que el señor Iglesias regresara con más papeles—. Porque no sé cuántas crisis más puede soportar mi corazón a esta edad.

El comentario, dicho medio en broma, se quedó sin embargo resonando en Elena con una preocupación genuina sobre la salud y el bienestar de su abuela, añadiendo una nueva capa de urgencia a su determinación de asegurar el futuro de la librería: no solo por el negocio en sí, sino por la paz mental y la estabilidad emocional de la mujer que había dedicado su vida entera a mantenerlo funcionando.

De vuelta en el coche, mientras Rosario dormitaba en el asiento del copiloto, agotada por la tensión de la reunión, Elena aprovechó para llamar discretamente a su madre en Vigo, poniéndola al día sobre la situación y expresando, por primera vez en voz alta a alguien de la familia, su preocupación sobre la salud de Rosario.

—Deberíamos organizar que un médico la vea pronto, solo para estar seguros de que todo está bien —sugirió su madre, con la preocupación evidente en su voz—. Y gracias, Elena, por estar allí para ella en este momento. No sabes cuánto significa para mí saber que no está pasando por esto sola.

Antes de la reunión con el banco, Elena había dedicado una noche entera a preparar no solo el documento financiero formal sino también una presentación visual que pudiera comunicar de manera más efectiva la transformación que había experimentado la librería.

Incluyó fotografías del antes y después del espacio, capturas de las reseñas positivas que habían empezado a aparecer en plataformas de turismo online, y gráficos que mostraban claramente la tendencia ascendente en las ventas desde su llegada.

—Esto es mucho más profesional de lo que esperaba —comentó Rosario, revisando la presentación la noche anterior a la reunión—. Pareces una consultora de verdad, no solo mi nieta intentando ayudar en un momento de crisis.

—Es literalmente lo que hacía en Madrid, abuela. Solo que ahora aplicado a algo que realmente me importa.

—Se nota la diferencia. —Rosario sonrió con orgullo—. Cuando trabajabas en Madrid, sonabas profesional pero distante en tus llamadas. Ahora, incluso hablando de números y proyecciones, se percibe la pasión detrás de cada palabra.

La observación de su abuela le dio a Elena una confianza adicional de cara a la reunión, la certeza de que no solo estaba presentando números convincentes sino también una historia genuina de transformación que cualquier evaluador financiero con un mínimo de sensibilidad humana podría apreciar más allá de las simples hojas de cálculo.

Durante el trayecto hacia la ciudad para la reunión, Rosario compartió con Elena algunos recuerdos adicionales de reuniones similares que había tenido que enfrentar a lo largo de los años con distintos gestores bancarios, cada vez con el corazón en un puño ante la posibilidad de perder el legado familiar que representaba la librería.

—Esta vez se siente diferente —admitió Rosario, mirando por la ventana el paisaje otoñal que se deslizaba a su alrededor—. Las otras veces, sentía que estaba mendigando una segunda oportunidad. Esta vez, siento que estamos presentando algo que genuinamente merece ser financiado.

Mientras esperaban en la sala de espera del banco antes de que los llamaran para la reunión con el señor Iglesias, Elena aprovechó para revisar mentalmente todos los puntos clave que quería asegurarse de comunicar, repasando las cifras críticas y practicando las respuestas a las objeciones más probables que anticipaba.

—Estás muy concentrada —observó Rosario, notando la intensidad de la preparación de su nieta.

—Necesito que esto salga perfecto, abuela. Demasiado depende de ello.

—Lo sé, pero también recuerda que ya has hecho todo lo que estaba en tu poder. —Rosario le tomó la mano con calidez—. Independientemente del resultado de hoy, deberías estar orgullosa de todo el trabajo que has invertido en esto.

—Gracias, abuela. Necesitaba escuchar eso.

Cuando finalmente los llamaron, Elena entró en la oficina del señor Iglesias con una mezcla de nervios y determinación que se traducía en una postura confiada, resultado de semanas de preparación meticulosa combinadas con una convicción genuina sobre el valor del proyecto que estaba presentando.

La reunión, aunque tensa en varios momentos mientras el gestor cuestionaba diversos aspectos de las proyecciones financieras, transcurrió con una fluidez que sorprendió incluso a Elena, quien encontró que su experiencia profesional previa en comunicación corporativa le proporcionaba exactamente las herramientas necesarias para navegar el escepticismo inicial del banco con respuestas claras y bien fundamentadas.

Al salir de la reunión, aunque todavía sin una respuesta definitiva, Elena sintió una satisfacción particular por haber presentado el caso de la manera más sólida posible, sabiendo que había hecho absolutamente todo lo que estaba en su poder para maximizar las posibilidades de éxito.

Al salir del banco, Elena y Rosario se detuvieron brevemente en una cafetería cercana para recuperarse de la tensión de la reunión antes de emprender el viaje de vuelta a Robledal, compartiendo un momento de calma reflexiva antes de enfrentar nuevamente la incertidumbre de la espera que se avecinaba durante los próximos días.