Las hojas que nos quedan Capítulo 15 — Lo que Fernando quería decir
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Capítulo 15 — Lo que Fernando quería decir

Fernando esperó a que la multitud se dispersara casi por completo antes de acercarse, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y una expresión considerablemente menos segura que la que había mostrado durante su visita a la librería días atrás.

—Fernando. —Rosario lo saludó desde la puerta de la librería, donde estaba cerrando la caja registradora con una sonrisa de agotamiento satisfecho—. No esperaba verte por aquí esta noche.

—Quería ver el festival con mis propios ojos.

—Fernando miró a su alrededor, hacia los restos de la hoguera todavía humeante, hacia el arco iluminado, hacia la plaza que apenas unas semanas atrás había estado prácticamente vacía la mayoría de las noches—.

Ha sido... más de lo que esperaba, la verdad.

—¿Viniste a retirar la oferta? —preguntó Elena directamente, cansada después de la larga noche para andarse con rodeos.

—Vine a decir que quizás me equivoqué. —Las palabras parecieron costarle un esfuerzo considerable, como si admitir un error no fuera algo que Fernando Ordóñez hiciera con frecuencia—.

Sobre el potencial de este lugar, quiero decir.

No sobre la oferta en sí, que sigue siendo válida hasta que expire el plazo.

—¿Por qué nos cuentas esto? —Mateo se cruzó de brazos, con una desconfianza que Elena compartía plenamente.

—Porque mi padre todavía cree que la oferta es la mejor opción para todos.

—Fernando dudó, mirando hacia la librería iluminada detrás de ellos—.

Pero yo empiezo a pensar que quizás estábamos viendo esto de la manera equivocada.

Un pueblo con algo así, con esta capacidad de reinventarse, vale más a largo plazo que un apartamento turístico más en la lista.

—¿Estás diciendo que retirarías la oferta? —La pregunta de Rosario contenía una esperanza cautelosa que Elena reconocía en su propio pecho.

—Estoy diciendo que hablaré con mi padre.

—Fernando no prometió nada más concreto que eso, pero incluso esa pequeña grieta en lo que había parecido una posición inamovible se sentía como una victoria—.

No puedo garantizar nada, pero creo que merece la pena reconsiderarlo, especialmente si el banco decide refinanciar de todas formas.

Cuando se marchó, dejando tras de sí una plaza casi vacía salvo por los últimos rezagados del festival, Rosario soltó un suspiro que parecía llevar conteniendo toda la noche.

—Bueno —dijo, con una media sonrisa—. Eso no me lo esperaba.

—Yo tampoco. —Elena se sentó en los escalones de la librería, sintiendo el cansancio acumulado de semanas de trabajo constante finalmente empezar a pesarle—. Pero no cambia lo que necesitamos hacer. El banco sigue necesitando el plan de negocio, con o sin la oferta de los Ordóñez sobre la mesa.

—Cierto. —Mateo se sentó junto a ella, pasándole un brazo por los hombros con una familiaridad que ya no sorprendía a ninguno de los presentes—. Pero al menos ahora sabemos que incluso la gente que apostaba contra vosotras está empezando a ver lo que nosotros ya sabíamos.

Carmen se unió a ellos unos minutos después, cargando los últimos restos de su puesto y con una sonrisa de oreja a oreja que no había abandonado en toda la noche.

—He vendido todo. Absolutamente todo. —Se sentó en el escalón restante, exhausta pero radiante—. Ya estoy pensando en cuánto necesito preparar para el año que viene, si esto se convierte en una tradición anual.

—¿El año que viene? —Elena la miró, sorprendida por la naturalidad con la que Carmen ya daba por hecho la continuidad del festival.

—Por supuesto que el año que viene. —Carmen la miró como si la pregunta fuera absurda—. ¿Pensabas que esto era un evento único? Niña, acabas de crear una tradición nueva para Robledal. La gente ya está preguntando cuándo será el próximo.

La idea, presentada con tanta naturalidad, se asentó en Elena con un peso inesperado: no solo habían organizado un festival para salvar la librería a corto plazo, sino que, sin planearlo del todo, habían creado algo que el pueblo parecía dispuesto a adoptar como parte permanente de su identidad.

—Eso significaría planear con un año de antelación —dijo, ya pensando en las implicaciones—. Contratos con proveedores, coordinación con el ayuntamiento, quizás incluso un presupuesto dedicado.

—Suena a que alguien ya tiene trabajo para el año que viene —comentó Mateo, con una sonrisa que sugería que la idea le gustaba más de lo que probablemente debería admitir en voz alta.

Elena no respondió inmediatamente, pero algo en la pregunta se quedó flotando entre ellos, una posibilidad que, apenas un mes atrás, habría parecido completamente ajena a la vida que había estado construyendo en Madrid, y que ahora, sentada en los escalones de una librería en un pueblo gallego con la mano de Mateo entrelazada con la suya, empezaba a sentirse como la pregunta más natural del mundo.

Después de que Fernando se marchara y la conversación sobre el futuro del festival se disolviera en planes concretos para el año siguiente, Mateo aprovechó un momento a solas con Elena para compartir algo que llevaba pensando desde hacía días.

—Mi padre me preguntó el otro día si estaba pensando en quedarme trabajando con él en la carpintería de manera permanente —dijo, con una vacilación poco característica en él—. O si tenía otros planes.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no estaba seguro. —Mateo se sentó junto a ella en los escalones de la librería, buscando las palabras correctas—.

Llevo trabajando con él desde que teníamos diecinueve años, Elena.

Es un buen oficio, me gusta trabajar con las manos, crear cosas que duran.

Pero últimamente, con todo esto del rincón de café y el diseño del espacio, he descubierto que también me interesa el diseño de espacios, la arquitectura de interiores a pequeña escala.

Algo más creativo que solo hacer estanterías por encargo.

—Eso sería un cambio importante.

—Lo sería. —Mateo asintió, considerando sus propias palabras—. Pero viéndote a ti reinventar completamente tu vida en las últimas semanas, me ha hecho pensar que quizás yo también merezco explorar otras posibilidades, en vez de simplemente seguir el camino que siempre di por sentado.

La confesión abrió una nueva dimensión en la relación entre ambos, revelando que el cambio y la reinvención no eran exclusivos de Elena, sino algo que ambos estaban experimentando de maneras distintas pero paralelas, cada uno encontrando en el otro el valor necesario para cuestionar caminos que habían dado por sentados durante demasiado tiempo.

—Podrías diseñar espacios para otras librerías, otros negocios pequeños de la zona —sugirió Elena, ya viendo las posibilidades—. El rincón de café podría ser tu carta de presentación.

—¿Estás intentando darme trabajo, Castillo?

—Estoy intentando animarte a considerar todas tus opciones, Vidal. —Elena sonrió, apoyando la cabeza en su hombro—. Como tú hiciste conmigo.

A la mañana siguiente del festival, mientras el pueblo entero todavía se recuperaba de la energía de la noche anterior, Elena recibió una llamada inesperada de una periodista de un periódico nacional que había visto el reportaje de Marina compartido en redes sociales y quería hacer un seguimiento más amplio sobre el fenómeno de "regeneración rural" que representaba Robledal.

—Nos interesa mucho la historia desde una perspectiva más amplia —explicó la periodista, cuyo nombre era Beatriz—. No solo el caso específico de vuestra librería, sino lo que representa como modelo replicable para otros pueblos en situación similar de despoblación y declive comercial.

—Estaríamos encantados de compartir nuestra experiencia —respondió Elena, sintiendo el peso de una responsabilidad añadida ante la perspectiva de que su historia pudiera inspirar iniciativas similares en otros lugares.

La conversación con Beatriz se extendió durante casi una hora, cubriendo no solo los detalles prácticos de cómo habían organizado el festival sino también las lecciones más generales que Elena había aprendido sobre la importancia de conectar el pasado y el futuro de un lugar, sobre cómo la tecnología y las redes sociales podían amplificar historias auténticas de comunidad sin necesidad de grandes presupuestos publicitarios, y sobre el papel crucial que jugaban las relaciones personales y la confianza mutua en el éxito de cualquier iniciativa comunitaria.

—Creo que vais a inspirar a mucha gente con esta historia —concluyó Beatriz, antes de despedirse—. Espero poder visitar Robledal en persona pronto para ver todo esto con mis propios ojos.

Cuando colgó, Elena compartió la conversación con Mateo y Rosario, quienes recibieron la noticia con una mezcla de orgullo y ligero asombro ante la magnitud que estaba alcanzando lo que había comenzado como un esfuerzo desesperado por salvar un pequeño negocio familiar.

Antes de que la conversación sobre el futuro del festival como tradición anual continuara, Rosario compartió con Elena y Mateo una reflexión más profunda sobre lo que había significado para ella personalmente presenciar el éxito de la noche.

—Cuando tu abuelo murió, pensé que una parte importante del alma de esta librería había muerto con él —confesó, con una vulnerabilidad poco característica en su habitual fortaleza—.

Durante años, simplemente la mantuve funcionando por inercia, por obligación familiar, sin realmente creer que pudiera volver a tener el tipo de vitalidad que tenía cuando él estaba vivo.

—¿Y esta noche cambió eso? —preguntó Elena, conmovida por la honestidad de su abuela.

—Esta noche me demostró que el alma de un lugar no depende de una sola persona, por importante que haya sido.

—Rosario sonrió, con lágrimas contenidas brillando en sus ojos—.

Depende de la comunidad que lo rodea, de las personas dispuestas a invertir su tiempo y pasión en mantenerlo vivo.

Esta noche, viendo a todo el pueblo reunido aquí, sentí que tu abuelo estaría orgulloso no solo de que la librería sobreviviera, sino de la manera en que ha vuelto a conectar con todo Robledal.

La confesión de Rosario añadió una capa emocional profunda a la satisfacción práctica que Elena sentía por el éxito del festival, recordándole que más allá de las estrategias de marketing y las proyecciones financieras, estaban participando en algo que tocaba fibras mucho más profundas sobre memoria, comunidad, y la capacidad humana de encontrar renovación incluso en medio de la pérdida y el declive aparente.

Mientras el pueblo se preparaba para volver a la normalidad después del festival, Elena sintió una satisfacción particular al comprobar que las conversaciones en la panadería de Carmen a la mañana siguiente giraban exclusivamente en torno a lo maravillosa que había sido la noche anterior, sin ninguna mención a las dudas o escepticismo que habían precedido al evento.