Capítulo 3 — El adiós que nunca se dijo
El plan, tal como Elena lo esbozó esa misma tarde en el cuaderno de tapas gastadas que su abuela usaba para las listas de la compra, tenía tres partes: convertir el festival de otoño en un evento con identidad propia, conseguir que la prensa regional —o al menos algún blog de viajes con suficientes seguidores— hablara de ello, y usar esas tres semanas para renovar la imagen de la librería sin gastar dinero que no tenían.
—Necesitamos un nombre para el evento —dijo Elena, mordisqueando el capuchón de un bolígrafo—. Algo que la gente pueda buscar en internet.
—¿Qué tal "Feria del Libro de Robledal"? —sugirió Mateo desde la escalera, donde llevaba media hora reforzando una estantería que amenazaba con desplomarse desde hacía, según sus propias palabras, "al menos tres gobiernos municipales".
—Aburrido. —Elena tachó algo en su cuaderno—. Necesitamos algo con gancho. Algo que suene a experiencia, no a evento de ayuntamiento.
—"Noche de Hogueras y Letras" —dijo Rosario desde la trastienda, sin siquiera asomar la cabeza—. Combina la hoguera de siempre con los libros. Y suena bonito.
Elena lo escribió, lo miró, y sonrió.
—Eso es. Eso es bueno.
Trabajaron así toda la tarde, cayendo poco a poco en un ritmo que a Elena le resultaba a la vez extraño y reconfortante: ella escribiendo listas y calculando presupuestos improvisados, Mateo reparando cada rincón de la librería que llevaba años pidiendo atención, y Rosario supervisando ambas cosas con comentarios que oscilaban entre lo útil y lo completamente innecesario.
Fue pasadas las siete, cuando Rosario se había retirado ya al piso de arriba alegando cansancio —aunque Elena sospechaba que había algo de estrategia deliberada en dejarlos solos—, que el silencio entre ella y Mateo se volvió distinto. Más cargado.
Mateo bajó de la escalera, guardó el destornillador en su cinturón de herramientas, y se quedó de pie junto al mostrador, como si algo lo hubiera estado carcomiendo toda la tarde y por fin hubiera decidido soltarlo.
—Elena.
—¿Sí?
—¿Vamos a hablar de ello, o vamos a pasar dos meses fingiendo que no pasó nada?
Elena dejó el bolígrafo sobre el cuaderno con más cuidado del necesario, ganando tiempo.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes. —La voz de Mateo no tenía reproche, solo un cansancio antiguo, el de alguien que ha cargado una pregunta durante mucho tiempo—. De la estación de Ourense. De hace siete años.
El recuerdo llegó de golpe, como siempre lo hacía cuando Elena bajaba la guardia lo suficiente para dejarlo entrar: los dos en el andén, ella con la aceptación de la universidad en Madrid en la mano, él con las palabras atascadas en la garganta, y un autobús que no esperaba a nadie.
—Te fuiste sin decir nada —dijo Mateo—. Un día estábamos... lo que fuéramos. Y al siguiente, tu madre me dijo que ya estabas instalada en Madrid y que no sabía cuándo volverías.
—No sabía cómo decírtelo. —La confesión le salió a Elena más cruda de lo que pretendía—. Teníamos diecinueve años, Mateo. Tú ibas a quedarte aquí, a trabajar con tu padre en la carpintería. Yo tenía la universidad, la carrera, todo un plan que no incluía... —Se detuvo.
—¿Que no me incluía a mí?
—Que no incluía quedarme.
El silencio que siguió no fue tan denso como el del día anterior. Era más bien el silencio de dos personas que finalmente han dicho algo verdadero, aunque incómodo, después de años de evitarlo.
—Durante mucho tiempo pensé que había hecho algo mal —dijo Mateo, apoyándose contra el mostrador—. Que había dicho algo, o no había dicho lo suficiente.
—No fue por ti. —Elena lo miró entonces, de verdad, dejando que él viera algo que llevaba guardado desde el andén de aquella estación—. Fue porque, si me quedaba a despedirme como debía, no sé si hubiera tenido el valor de subirme a ese autobús.
Mateo se quedó callado un momento, procesando aquello con la misma atención cuidadosa con la que lijaba una tabla de madera hasta dejarla lisa.
—Eso —dijo finalmente— hubiera sido bueno saberlo hace siete años.
—Lo sé. —Elena sonrió, con una tristeza suave que no pretendía ocultar—. Lo siento.
—No pasa nada. —Mateo se apartó del mostrador, y algo en su postura pareció, por primera vez desde la llegada de Elena, aflojarse—. O sea, sí que pasó algo. Pero ya no soy el mismo idiota de diecinueve años que se quedó parado en un andén sin decir lo que tenía que decir.
—¿Y qué tenías que decir?
La pregunta escapó antes de que Elena pudiera pensarla dos veces, y por la forma en que Mateo la miró, supo que él tampoco esperaba que se la hiciera.
—Eso —dijo él, con una media sonrisa que le recordó dolorosamente al chico que subía a los manzanos— es una conversación para otro día. Cuando hayamos salvado esta librería y no tengamos tres semanas de plazo respirándonos en la nuca.
Elena rio, agradecida por la salida que él le ofrecía, aunque una parte de ella —una parte que llevaba siete años dormida y que empezaba, incómodamente, a desperezarse— hubiera querido insistir.
—Trato hecho —dijo—. Primero la librería.
—Primero la librería —repitió Mateo, y algo en cómo lo dijo sonó menos a acuerdo de negocios y más a promesa.
Afuera, la noche había caído sobre Robledal con esa rapidez propia de octubre, y en la plaza, alguien había encendido ya las primeras luces del alumbrado navideño, adelantándose, como cada año, a una temporada que en aquel pueblo parecía competir directamente con el otoño por su lugar en el calendario.
Después de que Mateo se marchara esa noche, Elena se quedó sola en la librería, rodeada del silencio particular que solo existe en los espacios donde ha ocurrido, momentos antes, una conversación importante.
Se sentó en el taburete detrás del mostrador, el mismo lugar donde su abuela pasaba tantas horas, y dejó que los recuerdos de aquellos últimos meses antes de irse a Madrid regresaran con una claridad que llevaba años evitando.
Recordó las tardes de verano en el huerto de Mateo, cuando ambos hablaban de futuros que parecían, en aquel momento, perfectamente compatibles: ella estudiaría en Madrid, pero volvería los veranos; él aprendería el oficio de su padre, pero quizás algún día viajarían juntos, verían mundo, regresarían siempre a Robledal porque, decían entonces con la certeza absoluta de los diecinueve años, ningún otro lugar les haría sentir igual.
Recordó también el momento exacto en que aquella certeza empezó a resquebrajarse: una conversación telefónica con su madre, ya en Madrid, en la que mencionó de pasada sus planes de hacer prácticas en una editorial en vez de volver aquel verano como había prometido.
El silencio de su madre al otro lado de la línea, la pregunta indirecta sobre si Mateo lo sabía ya, y la respuesta evasiva de Elena que, en retrospectiva, marcó el principio del fin de una relación que nunca había llegado siquiera a nombrarse oficialmente.
No había sido una decisión consciente, se dijo a sí misma esa noche en la librería vacía, sino una acumulación lenta de pequeñas evasiones, de llamadas cada vez más espaciadas, de excusas cada vez menos convincentes, hasta que un día se dio cuenta de que llevaba meses sin hablar con Mateo de verdad, y que la distancia entre ellos se había vuelto demasiado grande para cruzarla con una simple llamada.
La culpa que sintió entonces, y que había cargado en silencio durante siete años, no era por haberse ido a Madrid, ni siquiera por haber elegido una vida distinta a la que habían imaginado juntos.
Era por la cobardía de no haber tenido nunca la conversación que ahora, finalmente, empezaban a tener: la de admitir que se había asustado, que la intensidad de lo que sentía por Mateo a los diecinueve años le había resultado más aterradora que emocionante, y que había preferido la distancia segura de Madrid antes que enfrentar la posibilidad de un amor que la atara a un pueblo del que, en aquel entonces, solo quería escapar.
Apagó las luces de la librería con esos pensamientos todavía dándole vueltas, y subió a su habitación preguntándose si algún día encontraría el valor de compartir con Mateo la versión completa de aquella historia, no solo la parte que ya le había contado, sino la culpa y el miedo que se escondían detrás.
A la mañana siguiente de su conversación con Mateo, Elena se despertó con una sensación de ligereza que no había experimentado en años, como si finalmente hubiera soltado un peso que llevaba cargando sin darse cuenta de lo pesado que realmente era.
Bajó a desayunar encontrando a Rosario ya en plena actividad, organizando pedidos de libros para reponer el inventario que, según había descubierto Elena durante su revisión de las cuentas, llevaba meses sin actualizarse adecuadamente.
—Pareces distinta esta mañana —observó Rosario, con esa perspicacia particular que Elena empezaba a atribuir a décadas de experiencia leyendo a la gente que entraba y salía de la librería—. Más ligera.
—Tuve una conversación pendiente con Mateo anoche.
—¿Y? —Rosario dejó a un lado los catálogos de pedidos, dándole toda su atención.
—Y todavía no hemos resuelto nada del todo, pero al menos ya no estamos fingiendo que el pasado no existe.
—Elena se sirvió café, considerando cómo explicar la complejidad de sentimientos que la conversación había desatado—.
Es extraño, abuela. Llevaba siete años convencida de que había hecho lo correcto al irme, y ahora no estoy tan segura.
—A veces las decisiones correctas en su momento dejan de serlo con el tiempo.
—Rosario habló con la sabiduría de quien ha vivido lo suficiente para presenciar múltiples versiones de sí misma tomando decisiones distintas—.
Eso no significa que te equivocaras entonces.
Solo significa que has cambiado, y que las circunstancias también.
La conversación con su abuela, aunque breve, le dio a Elena una perspectiva reconfortante sobre la complejidad de sus propios sentimientos, permitiéndole avanzar en su día sin la carga adicional de sentir que debía tener todas las respuestas resueltas de inmediato.
Esa misma tarde, mientras Mateo continuaba trabajando en las reparaciones de la librería, Elena decidió llamar a su madre en Vigo para ponerla al día de la situación, una conversación que había estado posponiendo desde su llegada por razones que ni ella misma comprendía del todo.
—Así que finalmente decidiste ir a ayudar a tu abuela —comentó su madre, con un tono que combinaba alivio y una leve reprimenda por la tardanza—. Ya era hora, Elena. Llevo meses diciéndote que la situación era grave.
—Lo sé, mamá. Debería haber venido antes.
—Bueno, lo importante es que estás ahí ahora. —Su madre suavizó el tono—. ¿Cómo está mi madre, realmente? Por teléfono siempre me dice que todo está bien, pero sospecho que minimiza los problemas para no preocuparme.
—Está preocupada, pero fuerte como siempre. —Elena consideró cuánto detalle compartir sobre la gravedad real de la situación financiera—. Estamos trabajando en un plan para salvar la librería, pero va a requerir mucho esfuerzo y quizás algo de suerte.
—¿Necesitáis ayuda económica? Tu padre y yo podríamos...
—No, mamá. Esto es algo que necesitamos resolver de manera sostenible, no con un parche temporal de dinero familiar.
—Elena había considerado ya esa opción y la había descartado, consciente de que un préstamo familiar solo pospondría el problema fundamental sin resolverlo—.
Además, creo que Rosario preferiría encontrar una solución por sus propios medios, aunque aprecie la oferta.
La conversación continuó, tocando también temas más personales sobre cómo se sentía Elena respecto a haber pedido la excedencia en el trabajo, sobre si extrañaba Madrid, y —con una sutileza que Elena reconoció como típica de su madre— sobre si había visto a algún "antiguo conocido" durante su estancia en el pueblo.
—¿Te refieres a Mateo? —preguntó Elena directamente, cansada de los rodeos evidentes.
—Bueno, ya que lo mencionas... —Su madre no pudo disimular del todo su curiosidad—. Siempre pensé que erais buenos el uno para el otro, aunque erais demasiado jóvenes en aquel entonces para verlo con claridad.
La observación, viniendo de su propia madre, le dio a Elena una perspectiva adicional sobre cómo su relación con Mateo había sido percibida por quienes los rodeaban, incluso cuando ellos mismos no habían tenido el valor de nombrarla apropiadamente.
Esa noche, después de la conversación con Mateo sobre el pasado no resuelto entre ambos, Elena tuvo dificultades para conciliar el sueño, su mente repasando constantemente los detalles de aquella conversación pendiente y preguntándose qué más quedaría por decir en el futuro.
Decidió, finalmente, escribir sus pensamientos en el diario que había empezado, un ejercicio que encontraba cada vez más valioso para procesar la complejidad emocional de su situación actual.
"Hay algo aterrador en descubrir que la persona que crees haber dejado atrás hace siete años en realidad nunca se fue completamente de tu corazón", escribió, considerando cuidadosamente cada palabra.
"Mateo sigue siendo, en muchos aspectos fundamentales, la misma persona íntegra y generosa que conocí de adolescente, solo que ahora con la madurez y la profundidad emocional que solo el tiempo y la experiencia pueden proporcionar. "
Continuó escribiendo sobre sus propios miedos e inseguridades respecto a la posibilidad de una relación renovada: el temor de repetir los mismos errores del pasado, la incertidumbre sobre si realmente podría adaptarse a la vida en un pueblo pequeño después de años acostumbrada al ritmo urbano de Madrid, y una pregunta más profunda sobre si merecía una segunda oportunidad después de haber causado tanto dolor con su partida original.
Cerró el diario finalmente, sintiendo que el ejercicio de escritura, aunque no había resuelto ninguna de sus preguntas fundamentales, al menos le había proporcionado una claridad valiosa sobre la complejidad genuina de la situación que estaba navegando, permitiéndole enfrentar el día siguiente con una comprensión más honesta de sus propios sentimientos contradictorios.