Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 28
54%

Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

Kjell

Dios mío, ¿qué he hecho?

Sky sigue escrutándome.

—¿Estás seguro? Tienes cara de haber comido pescado en mal estado.

Asiento y reprimo las náuseas que me suben por dentro.

—Vale, yo empiezo a hacer la maleta. ¿Tú friegas la cocina? —pregunta, radiante.

Abrumado, me giro y entro en la cocina mientras Sky se va bailando hacia las escaleras que suben al primer piso. Espero a oír el arrastre de la puerta de su dormitorio antes de dejarme caer contra la encimera.

Maldita sea.

«Si me atrapan, se acaba todo», dijo Sky con pánico en la voz.

Y ahora empiezo a caer en la cuenta, en este mismo instante, de lo que he estado haciendo estas últimas semanas.

He estado mintiéndole a esta mujer, la persona más maravillosa que he conocido en mi vida. Y al mismo tiempo me repetía que no debía confiar en ella.

Fue una estupidez absoluta.

He sido un completo estúpido.

A toda prisa, dejo la taza de café en el fregadero y abro el grifo. La restriego como si intentara quitarle restos quemados, pero por mucho que me esfuerce, la mancha incrustada dentro de mí no desaparece.

Soy un hipócrita. Un mentiroso.

Un fraude.

Con un movimiento brusco, estrello la taza contra el fregadero y la hago añicos. Apoyado en la encimera, contemplo los fragmentos con la sensación de estar mirando mi propia vida.

Los pensamientos me cruzan la cabeza a tal velocidad que siento que en cualquier momento me va a estallar.

Tengo que confesarle a Sky quién soy y qué soy. Le diré que nunca tuve la intención de enamorarme de ella. Pero su forma de ser, arrolladora, hizo que me olvidara de por qué había venido aquí.

Y, por supuesto, que jamás publicaría ni un solo detalle sobre ella. Su secreto está a salvo conmigo. También le dejaré claro a Jakob lo que he estado evitando decirle hasta ahora: la historia está muerta.

—¿Estás listo?

Alzo la vista y veo a Sky en el pasillo, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. A su lado están las bolsas de viaje ya hechas.

—Sí. Tus cosas también están ahí —dice, sonriendo—. Espero que no te importe.

—Escucha... —Delante de mí, en el fregadero, hay un montón de pedazos y, junto a la puerta, está Sky con una expresión llena de esperanza. El pánico empieza a subir dentro de mí, pero tengo que hacerlo ahora mismo, antes de que todo se ponga aún peor de lo que ya está—. Necesito decirte algo...

—¿Podemos hablar por el camino? —pregunta con despreocupación, dando una vuelta sobre sí misma y empezando a bajar las persianas—. Total, tenemos cinco horas hasta llegar a Estocolmo.

No , pienso.

—Claro —digo, como el cobarde patético que soy, y en el acto me detesto por ello.

La habitación se va oscureciendo. Recojo los trozos, limpio la encimera con el corazón desbocado y, por último, guardo los paños sucios.

Unos minutos después, Sky saca el automóvil de la finca.

—Otra vez con lo de la prensa —dice, mordiéndose el labio inferior.

Me empiezan a perlar la frente gotas de sudor y la respiración se me vuelve superficial.

—Sí, bueno, de eso también quería hablar contigo —empiezo, porque no va a haber un momento mejor.

¿Cómo va a reaccionar? ¿Entenderá mi dilema?

Acelera por la carretera principal de la isla.

—No pueden enterarse de que he vuelto. Podría llevar peluca. Como es invierno, no se notará si me tapo la mitad inferior de la cara con una bufanda gruesa y me bajo el gorro hasta las cejas.

Habla sin parar y no consigo decir ni una palabra. Con fervor, describe cristales tintados, entradas traseras y cómo Lil podría encargarse de todas las compras para que ella no tuviera que salir de casa en absoluto.

Con cada una de sus ideas, algo dentro de mí se resiste más y más.

Quiere encerrarse por completo. Sin libertad. ¡Sin vida!

—¿Así va a ser para siempre? —pregunto con escepticismo.

—No pueden verme nunca —responde, casi paranoica.

Ahí está otra vez, ese miedo absoluto a mostrarse. Parece no tener fin, y aun así no es nada comparado con el miedo que crece ahora en mí. Porque en este instante sé la respuesta que antes andaba buscando. Sé cómo va a reaccionar ante mi verdad.

Va a odiarme. Va a expulsarme de su vida. Y nadie puede entenderlo mejor que yo. Pero eso no es todo.

Además, se castigará a sí misma porque creerá que volvió a confiar en el hombre equivocado. Pensará que lo que le pasó con Levi ha vuelto a ocurrir.

Le afectará profundamente.

La destrozará y la hundirá en un pozo tan profundo que no podrá salir ni cumplir su gran sueño.

Y se esconderá del mundo para siempre.

Con la mirada fija en la carretera, aprieta la mandíbula. —No hay otra salida. Tengo que esconderme.

Algo se hace añicos dentro de mí. Quizá sea el corazón. Me invade un dolor que nunca había sentido.

Pasamos la cabina del peaje y subimos al puente que une Öland con el continente mientras intento en vano entender qué me está pasando.

—Si él... —traga saliva—. Si despierta y consigo lograr algo para Touch av lyx , entonces...

¿Entonces qué? ¿Le permitirá mostrarse? ¿Es eso lo que espera? ¿Que el hombre que la presionó tanto cuando era adolescente, el hombre que tuvo parte de culpa en que se involucrara con Levi, le permita volver a respirar en libertad?

—No tienes que demostrarle nada a nadie —digo con firmeza.

Aprieta aún más el volante.

—Oh, claro que sí —dice entre dientes.

La manera en que imita al fantasma de su padre está mal. Porque ella es mucho más que eso. Sí, cometió un error. Pero no debería condicionar su vida más de lo que lo hicieron sus padres.

Eso es lo que me gustaría decirle, pero no soy capaz de pronunciar ni una sola palabra. ¿Con qué derecho podría yo, precisamente yo, hablarle de lo que está bien o mal? Yo, que le mentí durante semanas.

Exhala con fuerza. Dejamos atrás el puente y echo una última mirada a la inmensidad del mar Báltico.

—Es complicado. Ahora mismo hay otras cosas que tienen prioridad. Solo cuando haya demostrado de lo que soy capaz podré pensar en eso —dice mientras nos dirigimos hacia la E22 en dirección norte.

A nuestro lado se alzan árboles desnudos, y el sol se cuela entre las ramas, bañando el rostro de Sky con una luz casi mágica.

Sin darme cuenta, alargo la mano hacia ella. Es increíble tal como es. ¿Quién le hará ver eso si no lo hago yo? ¿Quién estará a su lado cuando necesite apoyo? ¿Quién bailará con ella cuando esté a punto de perder el control?

Si ahora le digo que soy periodista y me aleja, quizá se quede atrapada para siempre en su propio entramado de ideas. No tendrá vida. La idea es insoportable.

—¿Y si pones fin a la farsa y concedes una entrevista? —pregunto, porque es exactamente lo que debería hacer. Me da igual qué periodista se siente frente a ella. No se trata de mí. Se trata de que Sky viva la vida que merece: una vida de libertad y felicidad.

Responde con un vehemente movimiento de cabeza, y se le tensa la mandíbula.

—Ni pensarlo.

Todo su cuerpo se tensa, como si fuera un conejo paralizado frente a una serpiente que ni siquiera existe.

Su padre sigue teniendo demasiado poder sobre ella.

—Piénsalo. Tendrías control sobre cada palabra que se publique, a diferencia de lo que se inventen los periodistas si te quedas callada.

Con los labios apretados, parpadea con rapidez.

—Si hablo con la prensa, mi padre nunca me va a perdonar. Así que no lo haré. Y punto —responde con firmeza.

La observo fijamente y me fijo en las puntas del cabello que le tiemblan, en los párpados que aletean, en el labio inferior enrojecido que no deja de morderse.

Está claro que la idea de decepcionar a su padre lo eclipsa todo, y nadie puede cambiar eso. Ella misma tiene que darse cuenta de que solo será libre cuando tome las riendas de su propia vida.

—Solo quiero tener una oportunidad de volver a formar parte de la familia —susurra en el silencio que se abre entre nosotros.

Me gustaría preguntarle de qué familia habla, porque en realidad ya no existe. Su madre ha desaparecido. Que su padre despierte otra vez está en manos del destino. Y que se recupere por completo, también.

—Te entiendo —digo en voz suave, aunque se me cierra la garganta.

Miro por la ventana, hacia el cielo, donde millones de estrellas parecen arder con fuerza a plena luz del día. Ella solo ha anhelado una durante toda su vida, aunque ya las lleve todas dentro de sí.

No, los dos podemos lograrlo en cuanto ella deje por fin de esconderse. En medio de este torbellino de emociones, eso está claro. Su única oportunidad es enfrentarse a la realidad, y no puedo dejarla sola en ese proceso.

Le dolerá más de lo que ahora imagina, pero después verá el mundo con otros ojos.

Solo cuando haga eso, y no antes, será capaz de soportar mi verdad.

Deslizo la mano por su brazo y entrelazo mis dedos con los suyos.

—Déjame ayudarte —digo, porque es lo que más deseo en este momento. Estaré ahí para ella, la acompañaré en su camino y me aseguraré de que llegue hasta el final.

Por muy difícil que se vuelva, tengo que guardar mi secreto un poco más. Por ella.

Parte de su rigidez se atenúa, y una sombra de sonrisa le roza los labios.

—Está bien —dice, tan aliviada que el corazón se me encoge con un dolor agudo.

Podemos hacerlo juntos. Seré cuidadoso y la ayudaré a sacar su verdad poco a poco. Entonces ya no me tendrá miedo. Y creerá que yo nunca podría hacerle daño.

Eso espero.

Perderla sería lo peor que me podría pasar.