Capítulo 9
Capítulo Nueve
Sky
Me presiono el antebrazo contra el estómago y acerco el teléfono a la oreja.
—Por favor, dime que todo ha salido bien —le ruego a June en inglés.
Por favor, por favor, por favor, repito en mi mente, aunque sé que no va a cambiar nada.
—Ojalá pudiera —responde con una voz que suena como si llevara una tonelada de peso sobre el pecho.
—¿Ha… muerto? —susurro con las últimas fuerzas. Aunque aquí en Milán hace bastante más calor que en Estocolmo, tengo más frío que nunca desde que supe del accidente de mi padre.
—La operación en sí salió bien y éramos optimistas. Sin embargo, los efectos de la anestesia ya se le deberían haber pasado hace media hora y no… —toma aire hondo—. Lo siento, está en coma.
Respiro con dificultad y fijo la vista en la fachada gris del edificio del aeropuerto. El viento me tira del pelo.
—Pero se va a despertar, ¿verdad?
—Bueno, está sufriendo un edema cerebral, probablemente debido a la inflamación provocada por la operación.
¿Por culpa de la operación? ¿De la que yo autoricé? ¡No, por favor!
—¿Qué significa eso? —pregunto, cada vez más angustiada.
Al otro lado del teléfono se hace un silencio que parece eterno.
—Hay demasiada presión en su cerebro.
—¿Eso podría causarle daños permanentes?
¿No dijo algo parecido ayer sobre la hemorragia cerebral?
—Depende de muchos factores —responde con evasivas—. Estamos tratando el edema con medicación. Además…
June enumera más medidas. Parece que están utilizando todos los recursos posibles para combatir lo que sea que suceda en la cabeza de mi padre.
Pero no dice cuánto tiempo va a llevar. ¿Cuándo sabremos si el tratamiento está funcionando y con qué rapidez tiene que hacerlo para que, cuando despierte, mi padre siga siendo él mismo?
Aprieto los dientes para no venirme abajo ahí mismo.
—Entonces, ¿cree que podría despertarse perfectamente la semana que viene, el mes que viene, el año que viene o nunca?
Esto no puede estar pasando.
Se disculpa torpemente, aunque es la que menos culpa tiene.
—Es mejor prepararse para lo peor —añade, para rematarlo todo.
Apenas me sostengo en pie.
—Está bien, gracias —susurro con voz débil al teléfono—. Gracias por llamar.
—Por desgracia, eso no es todo —dice cuando estoy a punto de despedirme.
¿Cómo? ¿Hay algo más? ¿Todavía puede ser peor? Mis piernas amenazan con fallarme.
—¿Sí?
Se aclara la garganta de forma ostentosa.
—Stig Hansen.
Me falta el aire y me aferro a la barandilla de la escalerilla del avión.
—¿Qué le ha pasado?
—Su estado empeoró muy deprisa anoche. Ya no había nada más que pudiéramos hacer.
¿La mano derecha de mi padre ha muerto? ¿El hombre que se suponía que iba a ayudarme con Touch av lyx ya no está?
—Lo siento muchísimo —dice la doctora.
—Ajá, sí, gracias —acierto a decir.
Cuelgo.
Solo quiero salir huyendo.
Quiero que el mundo a mi alrededor desaparezca. Quiero que se afloje la presión que ahora recae sobre mí, que se vayan el dolor y el miedo.
Quiero ser libre. Volar.
Eso es lo que necesito ahora mismo, pero sé que no debo ceder a ese impulso.
Yo controlo mis actos.
Bailar. Tengo que bailar. Lo antes posible.
Con las últimas fuerzas, llamo a Kjell, me encajo los audífonos en los oídos y subo la música tan alto que solo veo cómo se mueven sus labios, pero no oigo lo que dice.
Señalo hacia el edificio del aeropuerto y echo a correr. Cada vez más rápido, salgo disparada hacia la parada de taxis. Kjell me observa con escepticismo, pero no me importa.
Nada me importa salvo esto.
Aguanta, Sky. Aguanta.
Cuando llegamos al hotel, tengo la ropa empapada de sudor. Hago el registro, dejo a Kjell a su suerte y subo a toda prisa al quinto piso, donde Padre ha reservado la suite principal.
Los dedos me tiemblan con tanta violencia que el lector de la puerta tarda una eternidad en reconocer la tarjeta.
Por fin, la cerradura cede.
Con la música que me ha acompañado todo el camino aún retumbando en los oídos, cierro la puerta de un portazo. Luego dejo caer en el suelo la chaqueta, la bufanda y el bolso, me quito los zapatos de una patada y abro los brazos.
Los primeros pasos de baile me dan el alivio que necesito con desesperación. El giro calma el torbellino que llevo dentro. Doy vueltas, me pongo de puntillas para abrazarme a mí misma y me dejo llevar por el vaivén de la música.
Bailo hasta deshacerme de todo el estrés. Poco a poco me libero del impulso compulsivo y del pánico. Las lágrimas de alivio me nublan la vista.
Ya está.
Yo controlo mis actos.
No soy libre y nunca volveré a serlo. Pero estoy vacía, y esa es la única paz que puedo encontrar por ahora.