29
A la mañana siguiente fue a ver a Nelson, porque le debía una cosa que no sabía cómo decir y que decidió decir mal, que era la única manera que le salía.
Lo encontró en el aparcamiento de la comisaría, saliendo del turno de noche, parpadeando en la luz de las ocho de la mañana como parpadea el que lleva ocho horas bajo los fluorescentes y sale a un sol que no esperaba.
—Tu abuela tenía razón —dijo Rebeca.
Nelson la miró.
—¿En qué?
—En no firmar. —Rebeca se apoyó en el coche, al lado de él—.
He visto lo del fondo. De dónde sale. Sale de que once personas se quemaron vivas porque alguien encadenó una puerta para que no salieran a fumar, y la fábrica pagó para que nadie preguntara, y el pueblo lleva cincuenta años cobrando ese dinero y llamándolo becas.
Tu abuela no quiso ese dinero. Por eso tu familia no cobra. Tenía razón.
Nelson tardó en contestar. Se quedó mirando el aparcamiento, la 2A al fondo, el cartel del Cumberland Farms.
—Ya lo sé —dijo—. Bueno. No lo sabía así. Pero lo sabía.
—¿Lo sabías?
—No lo del candado. Eso no. —Se frotó la cara—.
Sabía que mi abuela dijo que ese dinero estaba sucio y que en esta casa no entraba, y que la llamaron orgullosa y loca y muerta de hambre durante treinta años por decirlo, y que se murió en una residencia de Gardner que pagó mi padre a plazos mientras el resto del pueblo enterraba a los suyos con lo del fondo. Sabía eso.
Y entonces dijo la cosa que Rebeca no esperaba, y que la dejó sin la respuesta que había ido a llevarle.
—¿Y sabe qué es lo peor? Que no sirvió de nada.
—Cómo que no sirvió de nada. Tu abuela tuvo razón toda su...
—Tener razón no es servir de algo. —Nelson lo dijo sin rencor, que era lo que lo hacía peor—.
Los que encadenaron la puerta están muertos.
La fábrica no existe. Lo que hicieron prescribió hace cuarenta años; usted lo sabe mejor que yo, es abogada de esas cosas.
Nadie va a ir a la cárcel por mi abuelo.
Nunca iba a ir nadie. Así que mi abuela se pasó la vida sin cobrar un dinero que se iba a gastar igual, para tener razón sobre una cosa que no se podía arreglar, y lo único que consiguió fue que fuéramos los pobres del pueblo con principios.
Los demás cobraron y enterraron a sus muertos.
Nosotros no cobramos y enterramos al nuestro igual.
—Se encogió de hombros—. Dígame dónde está la diferencia. Yo llevo toda la vida buscándola.
Rebeca no supo qué decir.
Había ido a darle a Nelson la razón de su abuela como quien lleva un regalo, y Nelson le había enseñado que la razón de su abuela no valía nada, que la dignidad no compra nada, que se puede tener toda la razón del mundo durante cincuenta años y morirse igual de pobre y con el mismo muerto que los que agacharon la cabeza, solo que sin el dinero.
—La diferencia —dijo al fin, despacio, porque lo estaba pensando mientras lo decía— es que tu abuela podía mirar el cheque y no cogerlo. Los demás no podían ni mirarlo.
Nelson lo consideró.
—Puede —dijo—. Pero de comer no se come de eso.
Se metió en el coche.
—Váyase a dormir, agente. Está peor que yo.
—Arrancó, y bajó la ventanilla antes de irse, y dijo una última cosa, sin darle importancia, que Rebeca se llevó de vuelta al motel y no se le fue en todo el día—: Mi abuela nunca conoció a su marido de casada más que tres años.
A mi abuelo lo mataron en esa fábrica con ella embarazada de mi padre.
Así que cuando dijo que no al dinero, lo dijo con un crío de meses y sin nada. Por eso pesa. —Y se fue.