CAPÍTULO 18 — El Primer Saqueador
BLOQUE 1
Pasada la medianoche, con la propia excavación oficial suspendida temporalmente hasta el amanecer siguiente pero con vigilancia nocturna reforzada tras los incidentes de la propia tarde, uno de los agentes apostados detectó movimiento sospechoso cerca del propio perímetro de la torre, donde alguien,
aparentemente decidido a aprovechar la oscuridad para evitar la vigilancia diurna considerablemente más numerosa, intentaba forzar el acceso al yacimiento todavía en proceso de excavación.
---Individuo detectado, intentando acceder a la zona restringida ---informó el agente por radio, avanzando con cautela hacia el propio punto de actividad sospechosa---. Parece llevar herramienta de excavación básica, posiblemente una simple pala de jardín.
Gabriel, alertado de inmediato junto al resto del equipo todavía presente en el propio sitio a aquella hora avanzada, sintió una mezcla de frustración y cierta comprensión resignada ante lo que aquel incidente representaba.
BLOQUE 2
El hombre, interceptado apenas minutos después sin ninguna resistencia considerable dado lo improvisado evidente de su propio intento, resultó ser un joven de veintitrés años, procedente de una ciudad considerablemente distante, que había viajado,
según explicó con evidente vergüenza ante su propia captura, específicamente atraído por el propio vídeo viral, convencido de que existía un tesoro real esperando a ser encontrado por cualquiera lo bastante decidido a buscarlo.
---No quería hacer daño a nadie, se lo juro ---dijo, durante el interrogatorio inicial conducido por Otero---. Solo pensé que, si de verdad había algo valioso ahí, tenía tanto derecho como cualquiera de intentar encontrarlo primero.
Padre Esteban, presente durante aquel intercambio con la misma perspectiva comprensiva que había demostrado repetidamente a lo largo de toda la saga, ofreció una reflexión que ayudaba a contextualizar aquel incidente dentro de un fenómeno considerablemente más amplio.
BLOQUE 3
---Este muchacho no es ningún criminal organizado, ni ningún fanático ideológico ---observó, mientras el joven era procesado formalmente por las autoridades correspondientes---.
Es, simplemente, alguien que vio un vídeo viral y se dejó llevar por una fantasía de tesoro fácil, sin considerar seriamente ninguna de las consecuencias reales de sus propias acciones.
Gabriel, procesando aquella reflexión con la misma comprensión considerable, sintió que aquel incidente, aunque relativamente menor en su propia gravedad, confirmaba con claridad la magnitud del desafío logístico que enfrentaban mientras la propia viralidad del fenómeno continuara sin control.
---Esto es solo el primero ---predijo, con una certeza considerable---.
Si un joven llegó hasta aquí solo, convencido de que valía la pena arriesgarse por un tesoro imaginario, no va a ser el último.
Necesitamos terminar la propia excavación con la máxima urgencia posible, antes de que alguien considerablemente menos cuidadoso que este muchacho termine dañando, sin ninguna mala intención pero con considerable descuido, algo verdaderamente irremplazable.
Sotelo, coincidiendo plenamente con aquella evaluación, confirmó su disposición a acelerar todavía más el propio ritmo de trabajo arqueológico, aunque sin comprometer el rigor mínimo indispensable para cualquier documentación seria.
---Vamos a trabajar en turnos rotativos, de día y de noche, con toda la seguridad reforzada que Otero pueda proporcionarnos ---propuso---. Cuanto antes completemos esto, antes podemos, finalmente, dejar de preocuparnos por cada nuevo curioso decidido a intentar su propia suerte.