CAPÍTULO 3 — Tañidos prohibidos durante la peste
BLOQUE 1
El golpe grave todavía se extendía por las bóvedas cuando varias personas volvieron la cabeza buscando su procedencia.
BUMMMMMMMMMMMMMMMMM…
Adrián Salvatierra permaneció inmóvil junto a la entrada del corredor lateral.
Algunas miradas coincidieron durante unos segundos con la suya.
Una anciana comenzó a persignarse.
Un niño soltó la mano de su madre para mirar hacia las galerías superiores.
Cerca de una capilla, varias personas continuaban respondiendo a la oración que alguien había iniciado minutos antes.
—Protege la ciudad…
La frase volvió a escucharse desde otro sector.
—Protege la ciudad…
Adrián miró hacia el lugar donde había visto al hombre de negro.
Ya no estaba.
Lucía Orive le sujetó el brazo.
—No deberíamos quedarnos aquí.
—Acabo de verlo accionar una cuerda.
—Lo sé.
—Entonces alguien está provocando esto deliberadamente.
Lucía no respondió.
La mayoría de los visitantes retomaba sus actividades. Algunos comentaban el ruido y otros miraban hacia las torres intentando averiguar qué había ocurrido.
Adrián sacó la grabadora.
La señal estaba allí.
La componente grave coincidía con la registrada anteriormente.
—Ya no estamos buscando una anomalía espontánea —dijo—. Alguien conoce este lugar y sabe cómo producirla.
Lucía comenzó a caminar rápidamente hacia una galería lateral.
—Necesita ver algo.
Adrián la siguió.
Llegaron finalmente a una pequeña sala rectangular situada detrás de antiguas dependencias litúrgicas. Sobre una mesa había documentos, reproducciones de planos históricos, crónicas y registros relacionados con epidemias sufridas por Burgos.
Lucía abrió cuidadosamente uno de los volúmenes.
—Esto apareció durante la investigación universitaria.
Las páginas contenían anotaciones en latín y castellano antiguo. Junto al libro había transcripciones modernas preparadas por historiadores.
Lucía señaló una.
Adrián comenzó a leer.
“Año del Señor de 1599. Cuando la enfermedad volvió a extenderse por Burgos, el Cabildo autorizó el toque profundo para convocar a los vecinos y contener el desorden de las calles.”
Adrián levantó la mirada.
—Esto es diferente.
—¿A qué se refiere?
—A que las campanas calmaran físicamente a la población. Aquí dice que las utilizaron para convocar y ordenar.
Continuó leyendo.
Había referencias a calles que quedaban silenciosas después de determinados toques, procesiones convocadas mediante señales concretas y vecinos que regresaban a sus casas cuando escuchaban secuencias reservadas para situaciones de peligro.
Nada de aquello demostraba manipulación acústica.
Demostraba algo históricamente mucho más sencillo.
Las campanas habían funcionado como un sistema de comunicación.
—En una ciudad donde no había teléfonos, radio ni sirenas —dijo Adrián—, una secuencia conocida podía transmitir una orden a miles de personas.
Lucía pasó varias páginas.
—Mire estas.
Aparecían referencias a guerras, incendios, enfermedades, celebraciones religiosas y disturbios. Diferentes combinaciones de campanas anunciaban acontecimientos distintos y algunas estaban reservadas para emergencias.
—¿Ve por qué nos llamó la atención?
Adrián asintió lentamente.
Empezaba a comprender.
—No controlaban a las personas mediante frecuencias. Las condicionaban mediante códigos aprendidos.
—¿Qué diferencia hay?
—Toda.
Adrián señaló los documentos.
—Si durante generaciones una población aprende que determinado toque significa peligro, al escucharlo la gente puede reaccionar inmediatamente.
No porque el sonido controle el cerebro, sino porque conoce su significado.
Incluso generaciones posteriores podrían conservar parte de esas asociaciones a través de tradiciones, ceremonias y relatos.
Lucía permaneció pensativa.
—Entonces el miedo no estaba dentro del sonido.
—Estaba en lo que el sonido significaba.
Aquella posibilidad resultaba mucho más interesante de lo que Adrián esperaba.
Alguien podía haber recuperado antiguas secuencias de señales.
Y si conocía suficientemente bien la historia local, podía utilizarlas para generar confusión entre quienes todavía las asociaran con determinados rituales o para reforzar una puesta en escena cuidadosamente preparada.
BUMMMMMMMMM…
El sonido volvió a escucharse.
Adrián miró inmediatamente la grabadora.
La señal reapareció.
Esta vez no pensó en una campana que se activaba sola.
Pensó en el hombre de negro.
—Está probando el sistema —murmuró.
Lucía lo miró.
—¿Qué sistema?
Adrián cerró lentamente el manuscrito.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
BLOQUE 2
BUMMMMMMMMMMMMMMMMM…
La vibración atravesó el suelo.
Los documentos más próximos al borde de la mesa temblaron ligeramente.
Adrián Salvatierra observó inmediatamente la pantalla de la grabadora.
La componente grave había aumentado.
No necesitaba ninguna explicación extraordinaria. Una vibración estructural suficientemente intensa podía transmitirse a través de muros y forjados, especialmente en un edificio formado por grandes masas de piedra conectadas entre sí.
—Otra vez —dijo.
Lucía Orive miró hacia la puerta.
—¿La campana inferior?
—No necesariamente.
Adrián colocó el sensor de contacto sobre el muro.
La señal apareció.
—Podría estar recibiendo energía desde arriba. Ya vimos una cuerda y un mecanismo.
Lucía permaneció en silencio.
—¿Quién tiene acceso a esas galerías?
—Muy poca gente.
—Pues alguien de esa lista acaba de convertirse en una persona bastante interesante.
Otro sonido llegó desde la nave.
No era un nuevo tañido.
Eran pasos.
Voces.
Movimiento de visitantes.
Adrián abrió la puerta.
La catedral continuaba funcionando con relativa normalidad, aunque algunas personas seguían mirando hacia las torres y varios responsables del templo intentaban averiguar qué había producido el ruido.
Un niño lloraba.
Una mujer discutía con su acompañante.
Dos turistas preguntaban a un empleado si el sonido formaba parte de alguna ceremonia.
Nada de aquello constituía un comportamiento colectivo inexplicable.
Era exactamente lo que podía esperarse después de un ruido inesperado dentro de un espacio monumental.
Lucía señaló una pared.
—Mire.
En torno a una antigua marca tallada sobre uno de los sillares había caído una pequeña cantidad de polvo.
Adrián se acercó.
Pasó cuidadosamente un dedo por la superficie sin tocar directamente la inscripción.
—La junta está degradada.
—Siempre cae polvo cuando suenan.
—Entonces tenemos una zona sensible a la vibración.
Colocó el sensor.
Esperó.
La lectura era mayor que en otros puntos del corredor.
Aquello sí era interesante.
—Esta parte de la estructura transmite mejor determinadas vibraciones.
Lucía observó las marcas.
—Hay símbolos parecidos en otros sectores.
—Entonces habrá que cartografiarlos.
—El equipo anterior ya lo hizo.
Adrián se volvió.
—¿Y?
Lucía abrió una carpeta y extrajo un plano.
Había decenas de puntos señalados.
Adrián lo estudió.
Algunas marcas coincidían con pilares, pasos entre capillas y elementos estructurales importantes.
—Esto no demuestra que las marcas sean acústicas —dijo—. Los canteros marcaban piezas por muchas razones. Necesitamos comparar todas las señales conservadas, no solamente las que coinciden con nuestras mediciones.
—Eso dijeron ellos.
—¿Y llegaron a hacerlo?
Una voz respondió detrás de ambos.
—No tuvieron tiempo.
Adrián giró.
Un sacerdote anciano permanecía junto a la entrada de la galería.
Se apoyaba sobre un bastón de madera oscura y observaba el plano que Lucía sostenía.
Ella palideció.
—Padre Esteban.
El anciano avanzó lentamente.
—Pensé que este asunto había terminado.
Adrián lo estudió.
—¿Conoce la investigación?
Padre Esteban Valcárcel dirigió la mirada hacia la grabadora.
—Demasiado.
—Entonces quizá pueda decirnos quién estaba en la galería superior.
El sacerdote permaneció callado.
—Vi a un hombre accionando una cuerda —continuó Adrián—. Y poco después recibimos la misma frecuencia aquí abajo.
La expresión del anciano cambió.
—¿Está seguro?
—Completamente.
Padre Esteban miró hacia las torres.
—Entonces alguien encontró los documentos.
Lucía dio un paso hacia él.
—¿Qué documentos?
El sacerdote tardó unos segundos en responder.
—Los que explican los antiguos toques de emergencia.
BLOQUE 3
Padre Esteban Valcárcel cerró cuidadosamente la puerta de la pequeña sala.
Después dejó sobre la mesa una carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Durante siglos las campanas no fueron solamente instrumentos religiosos —dijo—. Eran la voz pública de la ciudad.
Adrián Salvatierra asintió.
—Eso ya lo hemos comprobado.
—Pero no todas las señales eran conocidas por todos.
El anciano abrió la carpeta.
Había reproducciones de documentos antiguos, registros de campaneros y una ilustración histórica de diferentes sectores de la catedral.
—Existían toques reservados para situaciones excepcionales. Incendios. Ataques. Epidemias. Disturbios. Muerte de determinadas autoridades. Cada secuencia tenía una función.
Lucía observó las páginas.
—¿Por qué no estaban en el archivo?
—Porque parte de esta documentación se separó del fondo general hace mucho tiempo.
—¿Quién lo decidió?
—No lo sé.
Adrián examinó una de las láminas.
No mostraba una gigantesca máquina imposible enterrada bajo Burgos. Era algo más creíble y, precisamente por eso, más interesante.
El dibujo representaba las torres, cámaras interiores, escaleras, espacios de servicio y distintos niveles arquitectónicos. Algunas zonas estaban acompañadas por anotaciones sobre campanas y puntos desde los cuales determinados toques podían escucharse con mayor claridad.
—Esto parece un estudio de cobertura sonora —dijo Adrián.
Padre Esteban negó lentamente.
—No utilizaban esas palabras.
—Por supuesto que no. Pero podían aprenderlo empíricamente.
Adrián recorrió el plano con el dedo.
Generaciones de campaneros podían haber observado desde qué lugares se escuchaban mejor determinadas campanas, cómo influían el viento y la disposición urbana, o qué combinaciones permitían distinguir una señal de otra.
No necesitaban conocer ecuaciones de propagación acústica.
Necesitaban experiencia.
Siglos de experiencia.
—¿Qué tiene que ver esto con la peste? —preguntó.
Padre Esteban abrió otro documento.
—Mucho.
Se trataba de una transcripción de registros correspondientes a epidemias que habían afectado a Burgos. Las campanas habían sido utilizadas para anunciar fallecimientos, convocar actos religiosos, comunicar restricciones y señalar situaciones de emergencia.
—Durante las epidemias —explicó el sacerdote—, el sonido de una campana podía cambiar el comportamiento de una calle entera.
—Porque la población conocía el código —respondió Adrián.
—Exactamente.
El anciano parecía satisfecho de que hubiera comprendido.
—Imagine vivir en una ciudad donde determinada secuencia solamente se escucha cuando existe peligro.
La oye desde niño. Sus padres reaccionan cuando suena.
Los comerciantes cierran. Las familias regresan a sus casas.
Los religiosos se preparan. Con el tiempo, basta escuchar los primeros golpes para saber que algo ocurre.
Adrián volvió a mirar los documentos.
Ahí estaba la verdadera fuerza de aquellas campanas.
No controlaban cerebros.
Controlaban información.
Y durante siglos, controlar la información había significado en buena medida controlar la reacción de una ciudad.
—Entonces alguien está reproduciendo ahora esos códigos —dijo.
Padre Esteban guardó silencio.
—¿Para qué?
—Eso es lo que me preocupa.
El sacerdote extrajo finalmente una hoja protegida dentro de una funda de conservación.
No era medieval.
Era una reproducción moderna de un documento mucho más antiguo.
Contenía una secuencia de anotaciones.
Número de golpes.
Intervalos.
Campanas utilizadas.
Duración de las pausas.
Adrián comprendió inmediatamente.
—Una partitura.
—Un protocolo —corrigió Esteban—. Uno de los utilizados durante una epidemia.
Lucía se inclinó sobre la hoja.
—¿1599?
El sacerdote asintió.
—Uno de ellos.
Adrián estudió los intervalos.
—¿Y esto es lo que encontró el hombre de la torre?
—No lo sé. Pero existe otro documento mucho más completo.
—¿Dónde?
Padre Esteban levantó lentamente la mirada.
—Desapareció del archivo hace años.
Adrián sintió que las piezas comenzaban a encajar.
La investigación universitaria.
Las Campanas Negras.
Las antiguas secuencias.
El desconocido de la torre.
Alguien no estaba descubriendo un poder sobrenatural enterrado bajo la catedral.
Estaba reconstruyendo un antiguo sistema de comunicación.
—¿Qué contenía el documento desaparecido?
Padre Esteban tardó en responder.
—Todos los toques extraordinarios que hemos podido documentar desde finales de la Edad Media.
Lucía palideció.
—¿También los prohibidos?
El anciano asintió.
—Especialmente esos.
Adrián observó nuevamente la secuencia de 1599.
—¿Por qué prohibir un toque si solamente servía para comunicar una emergencia?
Padre Esteban permaneció callado durante unos segundos.
—Porque una señal deja de ser solamente una señal cuando alguien aprende a utilizar el miedo que provoca.
Adrián comprendió.
No necesitaban una frecuencia capaz de controlar emociones.
Necesitaban algo mucho más antiguo.
Una población.
Una tradición.
Un sonido asociado durante generaciones al peligro.
Y alguien dispuesto a explotarlo.
Desde algún lugar elevado de la catedral llegó entonces un golpe seco.
No fue una campana.
Pareció el cierre de una puerta.
Adrián salió inmediatamente al corredor y miró hacia las galerías superiores.
No vio a nadie.
Cuando regresó, Padre Esteban seguía observando el documento.
—Si ese hombre tiene el protocolo completo —dijo Adrián—, tenemos que encontrarlo antes de que vuelva a utilizarlo.
El anciano levantó lentamente la mirada.
—No me preocupa que vuelva a utilizarlo aquí.
—¿Entonces?
Padre Esteban señaló un antiguo mapa de Burgos extendido sobre la mesa.
—Me preocupa saber por qué alguien quiere recuperar un sistema creado para hacerse escuchar por toda la ciudad.