Chapter 37 #2
—Zarrías... —repitió Luis, como si el nombre tirara de otra cosa—. Santiago tuvo un asunto con él, o con alguien parecido, mucho antes de todo esto. Un caso de drogas en Pasajes que no llevaba a ningún sitio y que, aun así, tardó meses en soltarlo.
—El mismo modo de trabajar —dijo Anido, sin sorpresa—. Antes de tocar a alguien de frente, Zarrías prueba si aguanta un rumor. Pasajes no buscaba una condena: buscaba quietud. Si Santiago se hubiera quedado quieto entonces, quizá ni siquiera habría hecho falta lo de después.
Anido encendió un cigarrillo y dejó el mechero junto a la carpeta.
—Después entran los comisarios Martínez y Marcos —añadió—. Martínez para que el papel encuentre acomodo. Marcos para que la versión respire una sola vez y se quede. Ahí el hueco ya no se discute: se administra.
—Espera —dijo Luis, deteniendo el dedo sobre la página—. Eso ya lo oí antes, de otra boca. Sueskun, en el cobertizo, cuando le preguntamos por Chaos, dijo que esa palabra iba pegada a «uno de los vuestros, de los que conocéis por atrás». En su momento no supe a quién ataba eso.
—Y no se equivocaba —dijo Anido—. Marcos dirigía a Añorga, y Añorga trabajaba codo con codo con Chaos sobre el terreno. La cadena era corta: Marcos abría la puerta; Chaos hacía el resto. Sueskun sólo conocía el tramo que le tocaba ver, no el nombre de arriba. Por eso bastaba con la palabra .
Luis fue encajando los nombres según los oía: el dinero, el dato, el trámite, la versión. Cada eslabón sabía lo justo de su pieza para no tener que responder por las demás.
—O sea que nadie firma la trampa entera —dijo Luis—. Cada uno sólo firma su pedazo.
Luis sostuvo la carpeta sin cerrarla.
—¿Y qué se hace con eso cuando ya sólo te queda llegar tarde? —preguntó Luis—. ¿Los señalas, los esperas o se lo dejas a otro?
Anido no cambió de tono.
—Ahora mismo, nada —dijo Anido—. Primero hay que saber dónde acaba el hilo. Si te precipitas, sólo les das tiempo. A algunos ya no los tocas: los fijas. Los nombras bien y dejas que ya no puedan moverse sin cargar con eso. Pero no seré yo quien decida hasta dónde llevar esto.
Anido se detuvo ahí.
—¿Y tú dónde estabas cuando empezaron a cerrar esas puertas? —se le escapó a Luis—. Porque a nosotros nos las cerraron en la cara.
Anido lo miró un segundo, sin enfado. Sólo con cansancio.
—Yo estaba donde no podía figurar —dijo Anido—.
Si aparecía aquella noche, dejaba rastro.
Con eso bastaba para meterme en la historia que os estaban fabricando.
Y a Santiago no iba a llamarlo yo por esto —añadió—.
Santiago habría intentado moverlo desde allí.
Tú podías llevarlo sin quemarlo por teléfono.
Luis deslizó el vaso hasta el borde de la mesa.
—Todo lo que has contado me cuadra —dijo—. Pero todavía no me dice dónde tocar.
Anido apoyó la mano en la carpeta, sin abrirla más .
—No he llegado a ese nombre por arte de magia —dijo—.
Jarri olió el patrón y yo fui a buscar si alguna vez había visto algo parecido fuera de este caso.
Lo había. Getxo, en el ochenta y cuatro.
Un arquitecto próximo a ETA que dijo no a una bomba con mujeres y niños dentro del cuartel que había diseñado.
Los suyos lo mataron y dejaron al hijo sin sitio, sin duelo y sin nombre útil.
Cuando he visto aquí el mismo modo de corregir bordes, horas y salidas, ese nombre volvió solo.
Luis no apartó la vista de la mesa. Anido siguió hablando con la misma calma.
—No te traigo una prueba para esposarlo —añadió—.
Te traigo una forma de leer. Si juntas a Tazi, a Zarrías, a Martínez, a Marcos y ese modo de dejarlo todo servido para que otros firmen, el hueco apunta a un hombre.
No ejecuta delante: prepara la caja donde luego meten a los demás.
No porque crea en los suyos, sino porque aprendió demasiado bien cómo se cierra una vida desde fuera.
Y, si ha vuelto, no es sólo por el padre: es porque no soporta que los hombres que mataron a su padre sigan administrando nombres ajenos.
Anido dejó que el silencio hiciera sitio al nombre. Luego lo dijo:
—Ander Solaun, alias «Box». Y no lo digas donde te oigan: un nombre así no es una persona, es una llave.
Anido sostuvo la mirada un instante más.
—En Mondragón, cuando montaron la escena de Irati, ya llegué tarde para avisar a Santiago y Alberto —dijo—.
Cuando pude asomarme, la escena estaba servida y sólo quedaba dejarla correr.
Eso hace gente como él: no se ve; prepara para que otros lleguen, firmen y crean que actúan.
Y en Behobia, cuando canjeasteis a Irati por el dinero, los vuestros vieron a un hombre apartado del grupo de Peio que no entraba en el corro: la misma manera de estar sin estar. Ese hombre era él.
—¿Y el primer sobre, el del despacho? —preguntó Luis, con la voz seca—. ¿También fue él?
—También —dijo Anido—. Arkaute, Chaos, Ispáster: tres palabras para que Santiago no pudiera soltarlo.
Encendió la mecha por los dos extremos a la vez, sabiendo que unos y otros acabarían encontrándose sin que ninguno supiera nunca quién había prendido la otra punta.
Eso es lo que hace un tercero oculto: no pelea; arregla el terreno para que peleen otros.
Pero no le regales más de lo que tiene: no lo calculó todo.
A partir de ahí, cada bando remató lo suyo por su cuenta.
Ni él pudo prever San Sebastián, ni cómo acabó lo de Behobia.
Sólo abrió la puerta y confió en que el fuego hiciera el resto.
El nombre quedó en el salón como una pieza que ya estaba allí y, sin embargo, acababa de hacerse visible. Luis no pidió más. Miró la carpeta abierta, los huecos, las fechas cortadas. Ya no vio papeles. Vio un peso.
Por primera vez desde que abrió la carpeta, Luis no pensó en defenderse. Pensó en llevarla.
Anido se levantó despacio. Esta vez sí le tendió la mano.
Luis tardó un segundo en dársela, no por duda, sino por el peso de todo lo que la escena les había devuelto sin nombrarlo.
El apretón fue breve y seco, como entre hombres que ya no necesitan probarse nada.
En la puerta, Anido habló sin volver del todo la cabeza:
—Vas a Baza, ¿no? Tu padre está allí. Y Santiago también.
Cuéntaselo allí. Que sea Santiago quien oiga primero la cadena entera.
Después que decida si quiere seguir tirando o dejarlo aquí.
Y si decide moverse contra ellos, tenme al tanto.
O que me llame él. Tú sólo llévale la cadena entera, sin perder un nombre por el camino.
Luego salió al pasillo y el piso volvió a quedarse con su zumbido, la carpeta abierta y el nombre todavía reciente sobre la mesa.
Ya de madrugada, con la carpeta cerrada y el coche aún sin tocar, llamó a Santiago. Esperó más de la cuenta antes de hablar. Luego dijo sólo esto: que había salido un nombre, que no debía pronunciarlo por teléfono y que saldría hacia Baza en cuanto amaneciera.
Al colgar, siguió un momento con el teléfono en la mano. El zumbido del piso seguía igual. El nombre, no. Tampoco la carga. Cerró la carpeta, apartó la notificación de Daniela sin leerla otra vez y dejó las llaves del coche sobre la mesa. Ya no tenía una noche por delante: tenía una carretera.