Lámeme por dentro 3
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Aquella noche, al volver a casa, Amanda se encerró en su habitación sin siquiera encender la luz. Se acostó en la cama, aún vestida. Las manos sobre los muslos, la mirada fija en la oscuridad. No era sueño, no era calma. Era hambre.

Le bastó meter una mano bajo el elástico de los vaqueros, sentir el calor, la piel húmeda. No era solo excitación — era urgencia. La imagen de Rachel, de esa sonrisa lenta y segura, de la forma en que se movía en la pista, se proyectaba como una película privada detrás de sus párpados.

Empezó a acariciarse suavemente, con movimientos pequeños, contenidos, pero el deseo le quemaba por dentro. La mente corría hacia esa lengua, a ese cuerpo, a las manos que deseaba sentir sobre ella.

Un dedo se hundió, inmediatamente mojado. El otro rozaba su clítoris, que palpitaba contra la yema del dedo.

La respiración se aceleraba, la pelvis se movía sola, empujando contra la mano.

Un gemido ahogado en la almohada. La mano se mojaba más, resbaladiza, brillante.

Otro gemido. Luego un espasmo. El cuerpo tenso, el aliento roto.

Se venía con la imagen de Rachel en los ojos. De esa boca. De esa lengua.

Se dejó llevar, sin gracia, sin poesía, solo necesidad.

Luego se quedó allí, inmóvil, el pecho subiendo y bajando, la mano todavía dentro.

En la oscuridad, le pareció sentir todavía el olor de la pista. Pero era el suyo. Almizclado, cálido, suyo.