Capítulo XVI La mirada #2
Una información concreta.
Una información inútil para ella.
No podía saber de quién era el coche. No podía entrar en ninguna base de datos.
No podía convertir una placa de matrícula en explicación.
Podía guardarla, fotografiarla, escribirla dos veces, meterla en un sobre, y aun así seguiría siendo una pieza sin cerradura.
Solo tendría sentido en manos de alguien con acceso a otras cosas.
La palabra acceso le pareció entonces más importante que la palabra prueba.
Delbran tenía acceso. Reyes tenía, al menos, parte de acceso. El hospital, los comités, los registros, las personas que podían ver franjas de datos que Clara solo intuía cuando David desaparecía o volvía con sangre en la ropa. Ella tenía restos. Ellos tenían sistemas. Esa era la asimetría.
Clara arrancó el coche.
Antes de incorporarse al tráfico miró por el retrovisor.
No vio nada que no pudiera estar allí un martes cualquiera: dos coches aparcados, una furgoneta de reparto, una mujer con un paraguas cerrado.
La posibilidad de que nadie la siguiera no la tranquilizó.
La posibilidad de que la hubieran visto bastaba.
Aparcó en la calle de siempre. Antes de cruzar hacia el portal se quedó un segundo parada en la acera: un coche que no reconoció, el vecino del cuarto que cerraba el buzón, nada en particular. Se odió un poco por haber mirado. Entró.
De vuelta a casa, David ya estaba en la cocina.
Había regresado de la sesión con Lucía antes de lo previsto. Tenía el abrigo colgado en el respaldo de una silla y estaba cortando verduras para la cena con una lentitud cuidadosa. Al oír la puerta, dejó el cuchillo sobre la tabla.
—Has salido.
Clara cerró detrás de sí.
—Sí. Necesitaba aire.
David la miró. La frase era aceptable. También era insuficiente, y ambos lo supieron sin necesidad de ponerle peso.
—Hace frío.
—Sí.
—¿Leo bien?
—Le he escrito a Irene. Está haciendo pan con Tomás.
David sonrió apenas.
—Entonces no querrá volver.
—Volverá.
La respuesta salió más firme de lo necesario. David lo notó. Bajó la vista hacia la tabla de cortar, donde había zanahoria, cebolla y un calabacín a medio partir.
—Hoy Lucía me preguntó si había tenido más episodios de ausencia.
Clara dejó el bolso sobre una silla.
—¿Qué le dijiste?
—Que no lo sabía.
La contestación tenía una sencillez devastadora. David tomó de nuevo el cuchillo, pero no siguió cortando.
—Eso parece una respuesta absurda cuando la dices en voz alta. Aunque sea la más exacta.
Clara se acercó a la encimera. Vio sus manos. La derecha sujetando el mango. La izquierda apoyada cerca de la verdura, con el vendaje ya ausente, la piel del antebrazo cerrada pero todavía marcada.
—Quizá deberías descansar.
—Estoy cortando verduras, Clara.
No hubo dureza en su voz, solo un cansancio que rozaba la herida.
—Ya lo sé.
—Puedo cortar verduras.
—Ya lo sé —repitió ella.
David apoyó el cuchillo en la tabla, esta vez con más cuidado aún.
—Pero necesitas comprobarlo.
Clara no contestó.
Él asintió, como si la falta de respuesta también cupiera dentro de lo que ya entendía.
—Vale.
La palabra se quedó en la cocina sin convertirse en pelea.
David volvió a cortar, más despacio que antes.
Clara sacó una olla del armario. Durante unos minutos cocinaron juntos en una normalidad hecha de gestos pequeños: abrir el grifo, lavar arroz, buscar sal, mover una silla que estorbaba.
La ausencia de Leo era visible en cada cosa que no había que apartar de la mesa.
Después de cenar fregaron.
—¿Cómo estuvo la tarde? —preguntó David.
—Rara.
La palabra salió antes de que Clara pudiera elegir otra.
David le pasó un plato mojado.
—¿Rara por Leo?
—También.
Él esperó.
Clara secó el plato con el paño. Podía contarle parte.
Podía decir que había vuelto a aquella dirección, que había visto una cámara, que una mujer la había mirado.
Pero decirlo lo convertiría en algo compartido con David, y había una crueldad en eso: pedirle que recibiera la información sobre la red que quizá lo usaba como si fuera un marido capaz de estar fuera de ella.
—Fui a caminar —dijo.
David no la corrigió.
—¿Te ayudó?
Clara dejó el plato en el escurridor.
—No mucho.
—Entonces fue una caminata honesta.
La frase habría sido casi ligera en otro tiempo.
Clara sintió una ternura brusca, mezclada con culpa.
Quiso apoyarse en él, en su manera de hacer sitio a las cosas difíciles con una frase pequeña.
Pero había estado frente al edificio, había visto la cámara, había apuntado una matrícula que no sabía usar. La ternura no retiraba nada de eso.
Terminaron de fregar sin hablar más.
Esa noche, cuando David se durmió, Clara fue al estudio.
Encendió la lámpara pequeña del escritorio.
La luz cayó sobre el cuaderno azul, la carpeta de la comunidad de vecinos y el sobre marrón.
El estudio tenía un orden frágil, de papeles colocados para simular que la vida todavía admitía categorías: facturas, informes, dibujos de Leo, garantías de electrodomésticos, documentos médicos.
Abrió el ordenador y buscó la matrícula.
Ya sabía que no encontraría una base pública fiable. Lo hizo de todos modos. El resultado fue una sucesión de páginas inútiles, servicios dudosos, foros, explicaciones legales, promesas de datos que no iba a comprar y que probablemente no existían. Cerró el navegador.
La matrícula era una pieza concreta y cerrada. Para ella, un muro.
Anotó en una hoja:
Martes, 16:35 aprox. Coche gris. Matrícula anotada en el cuaderno negro.
Debajo añadió la dirección, la hora de salida del hombre, la descripción mínima. Guardó la hoja en el sobre. Luego abrió el cuaderno azul.
Escribió:
El teléfono no basta.
La matrícula no basta.
La foto no basta.
Miró esas tres líneas y sintió una especie de vergüenza. Parecían la confesión de una niña que hubiera ido recogiendo piedras creyendo que estaba construyendo una pared.
Siguió escribiendo: