Capítulo XIII El límite #3
Tardó más de media hora por el tráfico del mediodía.
Aparcó dos calles más allá y recorrió el resto andando.
Era una zona a medio camino entre oficinas recientes y edificios industriales reciclados en locales discretos, con esa estética sin carácter de los lugares que buscan parecer neutros y por eso resultan más opacos.
Reconoció la fachada enseguida.
El ladrillo oscuro. La puerta de metal gris.
Los tres escalones. La foto encontrada en el teléfono de David no había mentido ni embellecido nada.
Era ese tipo de lugar capaz de albergar cualquier cosa o de no albergar nada en absoluto.
No había rótulo visible. Solo una placa pequeña junto al timbre, demasiado discreta para leerse desde la acera.
Clara cruzó la calle.
No entró. No tocó el timbre. Se acercó lo suficiente para leer la placa.
No aparecía Delbran ni ninguno de los nombres del archivador, sino una sociedad instrumental con un nombre vacío, de esos que no significan nada para quien no sabe leerlos y quizá precisamente por eso sirven.
Alzó la vista.
En el primer piso había una ventana sin cortinas.
Durante un instante, el cristal le devolvió su propio reflejo antes de dejar ver el interior: una habitación blanca, un escritorio, luz de fluorescente incluso en pleno día gris.
Nada más. Nada concluyente. Nada que pudiera llevarse en la mano y poner sobre una mesa.
Y, sin embargo, había venido.
Eso importaba.
Sacó el móvil. Hizo una foto de la fachada. Esta vez la imagen no venía del teléfono de David ni de una laguna ajena. La había hecho ella. La guardaba ella. La sostenía su pulso.
No comprobó si alguien miraba desde la ventana. No necesitaba convertir aquel gesto en otra cosa.
Volvió al coche.
Antes de arrancar, escribió a Reyes:
He ido a la dirección de la fotografía.
No añadió cuál. No hizo falta.
Reyes respondió cuando Clara ya estaba de vuelta.
No vuelvas sola.
Clara leyó el mensaje en un semáforo y dejó el móvil boca abajo en el asiento del copiloto.
No era una orden ni una protección. Era otra confirmación.
Al llegar a casa, Leo estaba sentado en el suelo del salón con las manos manchadas de témpera azul y roja. David estaba con él, arremangado hasta los codos, intentando sin éxito que un pulpo de papel tuviera ocho patas que siguieran pareciendo patas y no ramas.
—Mamá —dijo Leo, sin levantar la vista—, he hecho un pulpo, pero también un árbol.
—Es un pulpo con ramas —dijo David.
Al mirarla, su expresión cambió apenas. No sabía dónde había estado ella, pero supo que algo había terminado de moverse.
Clara lo vio entenderlo sin datos, sin preguntas, por esa manera antigua que tienen los cuerpos de las personas que se han amado de reconocer un desplazamiento antes de que haya palabras.
Se quedó en el umbral del salón.
Vio la pintura seca en la muñeca de Leo. Las mangas remangadas de David. La mesa baja con papeles, el vaso de agua turbia por los pinceles, la luz de la tarde entrando casi amarilla. La casa sostenía su escena habitual con una disciplina que ya resultaba irreal.
Pensó en Reyes: lo que venía después.
Pensó en David: a veces no llego a tiempo para saberlo.
Pensó en el sobre, en la placa pequeña junto a la puerta gris, en la foto guardada en su móvil, en el mensaje que decía no vuelvas sola.
Y entendió que no había un instante limpio para cruzar ciertas líneas. Una no cruza cuando está preparada. Cruza cuando descubre que ya ha empezado a vivir del otro lado.
—¿Mamá? —dijo Leo, ahora sí mirándola—. ¿Te gusta?
Clara entró.
Se agachó junto a él. Besó la parte limpia de su frente.
—Mucho —dijo—. Es un árbol muy pulpo.
Leo sonrió, satisfecho con la precisión.
Clara levantó la vista hacia David.
Él la estaba mirando con esa atención completa que era suya, la real, la que seguía siendo capaz de contener amor, aunque debajo hubiera zonas donde ninguno de los dos podía ya entrar sin miedo.
—¿Todo bien? —preguntó.
La vieja Clara habría dicho sí.
La vieja Clara habría protegido la tarde, la témpera, el pulpo con ramas, la luz amarilla, como se protege una cerilla del viento.
—No del todo —dijo.
David bajó la mirada un segundo. Luego asintió.
—Vale.
Nada más.
Clara fue a la cocina. Abrió el cajón, sacó el cuaderno y escribió de pie, sin quitarse el abrigo:
He ido.
Debajo escribió:
Ya no estoy esperando a que algo se revele solo.
Miró hacia el salón. Leo estaba explicando a David por qué los pulpos podían vivir en árboles si el árbol estaba cerca del mar. David escuchaba con el codo apoyado en la mesa baja y la cara vuelta hacia el niño, concentrado de verdad, presente de verdad.
Clara añadió una tercera línea:
Leo ha pintado un pulpo con ramas.
Cerró el cuaderno.
Puso agua al fuego. Escuchó desde la cocina las voces de Leo y David en el salón, el zumbido bajo de la nevera, una motocicleta lejana en la calle, la casa respirando alrededor de ellos con esa obstinación de las cosas construidas para durar más que quienes las habitan.
Lo que venía después no tenía todavía una forma completa. Pero ya no esperaba al otro lado del cristal. Estaba dentro de la casa, en los objetos, en los horarios, en el sobre escondido entre dibujos infantiles, en la foto de la puerta gris, en la manera de mirar a su marido y de escuchar a su hijo.
Cuando el agua empezó a hervir, Clara bajó el fuego.
Y siguió.