Ladrones de sueños 32 Consecuencia #5
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32 Consecuencia #5

La niña apareció cuando el reloj de la cafetería marcaba las siete y diecisiete, agarrada a la mano de su madre, con una mochila escolar demasiado grande y el pelo rubio pegado a la frente por la llovizna.

Se llamaba Nara Veld, tenía seis años y había nacido mucho después de que soñar dejara de ser una palabra útil.

La madre pidió leche caliente, pan tostado y una silla junto a la pared.

Tenía ojeras recientes, de esas que no nacen de una mala noche sino de varias noches vigilando la respiración de alguien pequeño.

Christina la reconoció del punto de control del sector bajo.

La había visto dos mañanas antes discutiendo en voz baja con una técnico mientras la niña miraba las luces del techo y movía los labios como si repitiera una canción sin sonido.

Ahora Nara se sentó frente a la taza, hundió las manos en las mangas del abrigo y miró por la ventana con una tranquilidad que no pertenecía a ningún adulto del valle.

El camarero le dejó un azucarillo envuelto en papel azul.

La niña no lo abrió. “He visto una ciudad”, dijo de pronto, no muy alto, pero lo suficiente para que la mesa de Sam, la barra y la respiración de su madre se quedaran quietas.

Christina no levantó la cabeza enseguida.

Esperó, porque había aprendido que interrumpir a un niño asustado era la manera más rápida de convertir un recuerdo en mentira.

La madre le apretó la mano con demasiada fuerza.

“Nara”, susurró. La niña siguió mirando hacia el cielo, hacia los drones que cruzaban la niebla con sus luces enfermas.

“Estaba al otro lado de un lago negro. No era como aquí. Las casas eran muy altas, pero estaban torcidas. Había ventanas sin cristal. Y alguien decía mi nombre desde debajo del agua.” El camarero dejó de secar una taza.

Sam cerró los ojos un instante, como si hubiese recibido una mala noticia que ya esperaba.

La madre rodeó a la niña con los brazos y le besó el pelo.

“No lo repitas”, murmuró. No lo dijo con dureza.

Lo dijo con amor, con pánico, con esa ternura rota de quienes protegen a sus hijos incluso de las palabras.

Christina miró el cielo. El tercer dron volvió a desviarse, apenas unos metros, y luego corrigió la ruta con un temblor casi imperceptible.

La luz automática de la calle parpadeó una sola vez.

En la superficie oscura de su café, Christina creyó ver durante menos de un segundo algo que no era el reflejo del techo: una línea negra, inmóvil, semejante a una orilla lejana.

Después la imagen desapareció, la campanilla de la puerta sonó con la entrada de dos vecinos y el valle siguió funcionando, obstinado, húmedo, remendado y vivo.

Christina dejó unas monedas sobre la mesa, se abrochó el abrigo y salió sin terminar el café.

Afuera, la niebla olía a nieve rancia y a metal oxidado.

Los drones continuaban su ronda sobre Ðawn’s Falł, no como guardianes invencibles, sino como velas encendidas en una casa enorme donde algo, al otro lado de la noche, aún buscaba una rendija por la que entrar.

Nota del autor

Ladrones de sueños nace de una pregunta sencilla y perturbadora: qué ocurriría si dejar de soñar no fuera una pérdida, sino una medida de protección.

A partir de esa idea surgió Ðawn’s Falł, un valle aislado por la nieve, la memoria, la vigilancia y el miedo heredado, donde la ausencia de sueños ha terminado confundiéndose con normalidad.

Quería escribir una novela en la que el sueño no fuera un refugio amable ni una metáfora cómoda, sino un territorio vulnerable: una zona íntima donde bajamos la guardia y nos volvemos permeables, donde lo que amamos, tememos o deseamos puede encontrar una forma de entrar.

La historia está construida alrededor de una contradicción moral: los habitantes del valle han sido protegidos mediante una mentira monstruosa, pero también han sido privados de una parte esencial de su humanidad.

Los drones, los puntos de control, los protocolos, las supersticiones domésticas y la empresa Dulces sueños forman un sistema de defensa que, con el paso de los años, se ha corrompido, se ha vuelto opaco y ha empezado a parecerse demasiado a aquello que pretendía combatir.

En ese espacio incómodo se mueven Christina, Adrián, Sam, Evan, los estériles oníricos y todos los habitantes de Ðawn’s Falł: entre la necesidad de seguir vivos y el derecho a recordar, a saber y a soñar.

No he querido plantear una lucha simple entre libertad y control ni entre verdad y mentira, porque en esta novela casi nada permanece trasparente.

Hay mentiras que salvan durante un tiempo y verdades que pueden matar si se revelan sin cuidado alguno.

Hay sistemas nacidos para proteger que acaban explotando a quienes protegen.

Hay rebeldías justas que, al no conocer toda la historia, abren puertas peligrosas.

Y hay sueños que pertenecen de verdad a las personas, pero que también pueden ser usados como cebo por algo que no entiende la ternura, la nostalgia ni el duelo, aunque sepa imitarlos.

Las supersticiones del valle —la sal en los alféizares, los espejos cubiertos, las lámparas bajas, las frases repetidas antes de dormir, el miedo a contar drones o responder a voces en la noche— no están pensadas como adornos folclóricos, sino como restos deformados de antiguos protocolos de supervivencia.

Me interesaba esa frontera entre costumbre y tecnología, entre rito doméstico y defensa práctica, entre lo que una comunidad recuerda con palabras sencillas y lo que sus archivos han ocultado con lenguaje técnico.

En Ðawn’s Falł, muchas creencias parecen absurdas hasta que se descubre que alguna vez fueron instrucciones de supervivencia.

Christina no es una elegida ni una salvadora en sí.

Es una mujer práctica, imperfecta, obligada a tomar decisiones dentro de una verdad que cambia de forma cada vez que cree haberla entendido.

Adrián tampoco es un villano simple: es la clase de persona inteligente que, al descubrir una mentira real, cree haber encontrado toda la verdad.

Esa diferencia —entre descubrir una mentira y comprender toda la verdad— es uno de los motores de la novela.

Si algo quería que quedara después de cerrar el libro es una inquietud concreta: quizá no todo lo que nos priva de algo es maldad, pero tampoco todo lo que nos protege tiene derecho a poseernos.

Soñar nos pertenece, aunque soñar nos abra.

La memoria nos pertenece, aunque duela. La verdad nos pertenece, aunque haya que aprender a sostenerla sin convertirla en otra forma de destrucción.

Ladrones de sueños es, en el fondo, una historia sobre puertas: las que se cierran para sobrevivir, las que se abren por deseo, las que otros venden como descanso y las que nunca deberían cruzarse sin testigos despiertos.

César Rai