Ladrones de sueños 28 Cambios #2
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28 Cambios #2

Fuera, el doble de Adrián se dobló sobre sí mismo al perder la luz del dron, como si parte de su estructura dependiera de aquella compensación.

No gritó. Se agarró al borde de la lápida rota y respiró tierra.

Adrián salió hacia él antes de que Christina pudiera detenerlo.

No cruzó la línea de sal, pero se acercó lo suficiente para que los dos rostros, el vivo y el enterrado, quedaran bajo la misma lámpara baja.

Era una visión insoportable por su falta de espectacularidad: dos hombres iguales y distintos, uno con culpa, otro con función, los dos cansados.

—Si no quieres entrar —dijo Adrián—, ¿por qué sales por Cementerio?

—Porque ahí me guardaron.

—Quién.

El doble miró hacia la funeraria, luego hacia la ruta occidental, luego hacia el suelo.

—Todos. Nadie. Los puntos. Tu firma. La negación. Harrow lo habría llamado residuo de defensa. Volkar lo llama oportunidad. La cosa del lago lo llama hueco.

Christina se tensó.

—Ha dicho lago.

El doble levantó los ojos hacia ella.

—El lago no habla con agua. Habla con lo que falta.

Nola gimió dentro.

—No lo dejen decir más si no preguntan concreto.

Christina obedeció. Se acercó al umbral.

—Pregunta concreta: ¿cómo se detiene la cascada?

El doble tardó.

—No se detiene solo cerrando.

—Eso ya lo sabemos.

—No se detiene solo abriendo.

—También.

—Hay que devolverle a cada cosa su sueño correcto.

Marek soltó desde dentro:

—Estupendo. Otro que desayunó metáforas.

Christina mantuvo la mirada sobre el doble.

—Explíquelo con herramientas.

—Los niños no son puerta si se les da patio real.

Los muertos no son puerta si se cierra despedida real.

Los drones no son puerta si recuerdan ruta real.

Los estériles no son puerta si saben qué rompieron.

Los de fuera no son puerta si entran despiertos.

Tú no eres puerta si no aceptas descansar cuando te lo pidan.

Esta vez Christina no contestó rápido. La última frase era demasiado precisa.

Algo en la cascada ya había probado su herida y la había encontrado fértil: el cansancio de decidir, el deseo de dormir sin vigilancia, la promesa de no ser fuerte.

No era distinto a lo de los demás, solo mejor disimulado bajo disciplina.

Tersen habló por radio con Brida.

—Cementerio contenido parcial. Dron apartado. Estado de red.

La respuesta llegó entre ruido de baterías.

—Lavadero entra en amarillo... Asilo también...

Dulces sueños apagado en planta baja, pero cabinas privadas emiten residuos...

Escuela estable... Mercado golpea menos...

espera... tenemos cambio en puntos de control...

los implantes empiezan a dar lectura de sueño posible en gente despierta por todo el valle...

no fase de imagen, solo aviso... Bequer, esto ya no va sector por sector.

Adrián consultó su lector y se quedó quieto.

—Tiene razón.

Christina se volvió.

—Qué.

—Las cápsulas están recalibrándose. No como fallo aislado. Como si el sistema aceptara que soñar es una posibilidad normal.

—Eso no era lo que querían los estériles.

Nared, que acababa de llegar al cementerio con Solenne, jadeando y con una ceja abierta, respondió desde la verja:

—Sí era. Antes de entender el resto.

Solenne traía a dos vecinos sujetos por los brazos, uno llorando y otro riendo bajo.

Detrás de ellos, varias personas se habían detenido ante las tumbas no para entrar en cabinas ni seguir farolas, sino para contar sueños.

Primeros sueños. Sueños pequeños, rotos, sucios, humanos.

Una mujer decía que había visto a su hermano muerto sentado en una silla sin rostro.

Un hombre juraba que soñó con la plaza de su infancia, pero todos los relojes marcaban horas distintas.

Una adolescente afirmaba haber corrido por una carretera sin drones y haberse sentido feliz hasta ver que sus pies no dejaban huellas.

Un anciano había soñado con pan caliente y despertado con la boca llena de sal.

No todos estaban contaminados. No todos estaban limpios.

Esa era la dificultad nueva: el sueño ya no podía tratarse solo como ataque.

Algunos fragmentos parecían pertenecerles de verdad.

Recuperaban algo humano, sí, pero ese algo venía mezclado con barro, interferencia, deseo ajeno y agujeros.

Christina miró la cuenta de Adrián: 46:52:17. Menos de una hora desde la activación, y el valle ya estaba cambiando de categoría.

—Hay que establecer refugios de vigilia —dijo.

Tersen asintió.

—Escuela, funeraria, edificio de luz, Mercado, El Deshielo.

—No. El Deshielo solo para café, comida y anclas. Nada de gente durmiendo allí. La cafetería es demasiado simbólica desde el primer ataque.

Marek abrió la boca para protestar y la cerró. Sabía que tenía razón.

—¿Y las casas? —preguntó Solenne.

—Puertas abiertas entre vecinos, nadie solo, espejos cubiertos, nada de palanganas, nada de pantallas de Dulces sueños, pan, sal, objetos reales, lámparas bajas. Quien sueñe debe declararlo al despertar sin que nadie le diga qué significa. Prohibido interpretar sueños en grupo.

Nared soltó una risa amarga.

—Eso va a doler a la mitad de mis antiguos compañeros.

—Que les duela despiertos.

Rhea se acercó, aún vigilada, y habló con un tono más bajo.

—Si prohíbe interpretar sueños, la gente irá a quien les ofrezca sentido.

—Entonces no lo prohibimos como decreto. Lo convertimos en costumbre de emergencia. El sueño se cuenta, no se sigue. El sueño se describe, no se obedece. El sueño se enfría antes de tocarlo.

Nola levantó la vista, agotada.

—Eso es de Harrow.

—Pues Harrow vuelve a trabajar sin cobrar.

Brida entró por radio otra vez, ahora con otra voz superpuesta de fondo, quizá Volkar desde la escuela o quizá una interferencia imitando su serenidad.

—Cambio en Asilo... residentes dormidos a pesar de sedación inversa... ven luces bajo las camas... necesitamos apoyo... y Lavadero informa agua negra en pilas... las mujeres están cubriendo desagües con sal, pero no basta...

Tersen miró a Christina.

—No podemos estar en todos lados.

—Por fin una verdad estable.

Adrián miró al doble.

—Él puede ayudar.

—No —dijo Christina.

—Sí —respondió el doble, al mismo tiempo.

Nola se puso en pie con dificultad.

—No puede entrar en refugios. Pero puede ir donde el sistema ya esté roto. Si quiere soñar fuera, quizá puede arrastrar parte de la cascada hacia rutas exteriores en lugar de interiores.

—Eso suena exactamente a abrir —dijo Tersen.

—Lo es —dijo Nola—. Pero no puerta grande. Drenaje.

Evan maldijo en voz baja.

—En mi oficio, cuando algo quiere salir por donde no debe, se refuerza, no se le abre canal.

Idena Sull, que había llegado con dificultad detrás de Nared y escuchaba desde la verja, habló:

—En estación exterior hacemos ambas cosas. Si no das salida a presión de sueño, revienta dormitorio. Pero la salida debe tener campana, testigo y punto de retorno. Nunca se abre hacia gente dormida.

Christina empezó a ver el mapa no como defensa cerrada, sino como hidráulica de pesadillas: sueño, deseo, duelo, ausencia, salida, presión.

Los drones bloqueaban. Dulces sueños endulzaba.

Supervisión negaba. Harrow había intentado compuertas.

La cascada de Volkar había roto la separación.

Quizá contener ya no significaba sellar todo, sino dirigir aquello que inevitablemente empezaba a circular.

—Necesitamos el libro —dijo Adrián.

Christina lo miró.

—Lo tenemos.

—No aquí. El libro entero. Harrow dejó protocolos de drenaje, no solo tarjetas.

En el desván había referencias a rutas de salida para presión onírica: Lavadero, Asilo, Cementerio, Aguas Frías.

Leí una línea y no la entendí. “Cuando el sueño cambie de estado, no lo encarceles en la casa. Llévalo donde el agua sepa volver.”

—Lavadero —dijo Marek.

—O drenajes bajo Aguas Frías —añadió Idena.

Rhea intervino:

—O cabinas privadas. Dulces sueños diseñó drenajes emocionales sin llamarlos así.

Christina le lanzó una mirada.

—Sus drenajes son trampas con ambientador.

—Y aun así tienen tuberías.

Era insoportable, pero cierto. La cascada había convertido cada infraestructura del valle en arma o salvavidas según el uso. El problema ya no era encontrar el único lugar malo. Todo podía ser malo. Todo podía servir.

El doble de Adrián se apoyó en la lápida rota, más débil.

—El dron volverá si no me muevo.

—A dónde quiere ir —preguntó Christina.

—Ruta Cementerio hasta Carretera Sepultada. Luego Aguas Frías. Si la ausencia que soy sale por una ruta de salida, los puntos dejarán de usarme como ancla interior.

Adrián tragó saliva.

—Eso podría reducir la cascada en mi patrón.

—O reforzar el exterior con mi forma —dijo el doble—. No soy solución limpia.

—Nada lo es —dijo Christina.

Tersen bajó la voz.

—No podemos escoltar a una copia de Ross por medio valle con vecinos soñando y drones desviados.

—No por medio valle —dijo Nared—. Hay túneles de repetidores desde Cementerio hasta Cerca Norte. Kael los usaba.

Adrián cerró los ojos.

—Claro que los usaba.

Christina tomó una decisión más de las que empezaban a acumularse como piedras en los bolsillos.

—Evan, Nola, se quedan cerrando despedidas activas.

Tersen, organice refugios de vigilia con Brida, Solenne y Jaro.

Idena, si puede caminar, irá con Sam y Veyr a preparar protocolo exterior en Depósitos.

Adrián, Nared y yo llevaremos al Ross enterrado hasta el túnel de repetidores, no más allá, y comprobaremos si funciona como drenaje. Rhea...

—Voy con ustedes —dijo Rhea.

—No.

—Si su copia empieza a comportarse como firma, necesitarán a alguien que sepa cortar patrón comercial.

—También puedo dispararle.

—A él quizá. Al patrón no.

Christina miró a Adrián. Él no quería que Rhea fuera. Eso casi bastó para llevarla.

—Vendrá con cuerda.

Rhea aceptó.