27 Los primeros sueños #3
El segundo caso fue peor: “Despedida infantil / cliente múltiple / sujeto: niños de La Ruptura no recuperados”.
No había un nombre, sino muchos. Dulces sueños había vendido durante años una experiencia colectiva suavizada para descendientes de familias que perdieron niños en la avalancha.
Un patio soleado, risas, promesa de que no sufrieron.
La plantilla estaba contaminada desde su origen porque nadie sabía qué niños habían muerto, cuáles habían sido retirados y cuáles habían regresado mal.
Al abrir el archivo, la funeraria se llenó de risas infantiles.
No risas monstruosas. Risas normales. Eso fue lo insoportable.
Tersen bajó la vista. Evan se apoyó en la mesa. Nola empezó a sangrar por la nariz.
Christina tocó una vez la campanilla.
Las risas se cortaron. Quedó una respiración colectiva.
—No vamos a decir que no sufrieron —dijo Christina, antes de que alguien pudiera buscar una frase bonita—. No lo sabemos.
La sala entera pareció tensarse.
—No vamos a decir que están jugando. No lo sabemos. No vamos a decir que volvieron a casa. No volvieron. Hay sal. Hay frío. Hay adultos que mintieron mal y tarde. Hay nombres incompletos. Si alguno sueña, que no use una risa para abrir una puerta.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego una voz infantil, distinta de la anterior, preguntó:
—¿Entonces qué hay?
Evan respondió con una tristeza seca:
—Un registro pendiente y gente despierta.
La lámpara baja parpadeó. Las risas no volvieron. La plantilla quedó cerrada a medias, no por consuelo, sino por falta de mentira.
El tercer caso activo no procedía de un cliente de duelo. Procedía de Adrián Ross.
El lector lo mostró antes de que pudieran impedirlo: “Reencuentro doméstico / sujeto emocional no declarado / molde secundario Ross / estado: abierto por culpa”. Adrián se quedó inmóvil. Christina lo miró.
—Usted compró una sesión.
—No.
Rhea habló desde la puerta.
—Tal vez no tuvo que comprarla. Algunas sesiones se generaban a partir de empleados, técnicos o perfiles de alta compatibilidad.
Adrián tragó saliva.
—Yo no autoricé esto.
En el lector apareció una imagen breve: una cocina pequeña, una luz sin drones, una mesa con dos tazas, una ventana abierta a una carretera que no existía.
El sueño pequeño de Kael. El cuarto con luz sin drones.
La imagen que debía ser voluntaria, adulta, mínima.
La plantilla se había construido alrededor de Adrián porque él quería soñar y se sentía culpable.
La bomba lo había olido mucho antes que él.
Una voz, idéntica a la del duplicado del edificio de luz, dijo desde el aparato:
—Podemos descansar si dejas de corregirnos.
Adrián cerró los ojos.
Christina le agarró la nuca con una mano y lo obligó a mirarla.
—Cosas reales.
—La mesa no existe.
—Más.
—La ventana está mal. Mi cocina no da a carretera.
—Más.
—Kael no estaba conmigo cuando soñé eso. No recuerdo haberlo soñado. Quería hacerlo. Eso sí. Quería una noche sin zumbidos. Quería tener razón. Quería que todo el valle estuviera equivocado para no sentirme cobarde.
—Bien.
—No es bien.
—Es real.
Adrián respiró con dificultad y se volvió hacia el lector.
—Adrián Ross no autoriza reencuentro. No autoriza descanso mediante copia. No autoriza molde secundario. Si hay otro Ross, que diga qué soñó sin usar mi culpa.
El aparato emitió un ruido seco. La voz del duplicado respondió:
—Soñé que eras suficiente para abrir.
Adrián palideció. Christina levantó la campanilla, pero él la detuvo.
—No. Déjelo.
—Adrián.
—Déjelo terminar.
La voz añadió:
—Y desperté siendo herramienta.
Adrián cerró los ojos un segundo. Luego dijo:
—Entonces no eres descanso. Eres daño. Cierro.
Puso su propia mano sobre el lector, no para conectarse, sino para cortar el circuito con una orden de mantenimiento que Brida le dictó por radio entre interferencias.
La plantilla se apagó. En el mismo instante, su muñeca izquierda se abrió en una línea de sangre fina.
No profunda, pero negra en los bordes. Nola gimió.
—El enterrado lo ha oído.
—¿Qué enterrado? —preguntó Tersen.
Nola miró a Christina.
—El Ross que no salió del punto de control. La parte que quedó en Cementerio cuando usaron su ausencia como forma.
La radio de Brida crepitó:
—Cementerio baja... pero algo se mueve bajo ruta Cementerio... no es cadáver común... Bequer, si han cerrado el molde Ross, lo que quede buscará cuerpo.
La cámara fría del fondo dejó de golpear.
Durante tres segundos, la funeraria quedó en silencio.
Después, en el cementerio viejo, una lápida sin nombre se quebró desde dentro.
Evan agarró la barra de hierro. Tersen levantó el arma.
Christina salió al umbral antes de que nadie pudiera detenerla.
La niebla entre las tumbas se había vuelto baja y espesa.
La grieta en la lápida no mostraba ataúd ni huesos, sino una oscuridad vertical, demasiado estrecha para un cuerpo y demasiado profunda para una tumba. Desde dentro salió una mano.
No podrida. No viva del todo. Una mano de adulto, con tres puntos negros en la muñeca.
Adrián apareció detrás de Christina, lívido.
—No puede ser.
La mano se apoyó en la piedra rota. Luego apareció un rostro. El rostro de Adrián Ross, pero mal terminado, sin la estabilidad luminosa del duplicado anterior, con tierra en la boca, ojos abiertos sin parpadeo y una expresión de cansancio insoportable.
Christina apuntó.
La cosa levantó la mirada hacia ella y habló con una voz seca, sin dulzura, sin anuncio, sin promesa.
—No dispare. Ya no quiero entrar.
Adrián dio un paso atrás.
—Qué quiere.
El Ross enterrado sonrió apenas, como si hubiera aprendido el gesto por observación y le saliera tarde.
—Soñar fuera.
En el cielo, sobre Cementerio, dos drones corrigieron ruta y chocaron suavemente entre sí, no lo bastante para caer, sí lo bastante para que uno perdiera altura y empezara a girar sobre las tumbas con una luz irregular.
Los primeros sueños habían sido contenidos en la escuela, cerrados a golpes de vigilia en la funeraria y rechazados a medias por los muertos.
Pero ahora una parte de la propia defensa quería abandonar el valle.