Ladrones de sueños 22 La teoría equivocada #3
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22 La teoría equivocada #3

—¡Hay otra emisión!

Rhea levantó la cabeza, alertada.

—¡Ahora sí!

Desde el camino, más arriba, una segunda lámpara se encendió.

Luego una tercera. No eran amarillas como la del caminante, sino blancas.

Limpias. Amables. Las farolas del sendero respondieron una a una.

Y la nieve empezó a reflejar un brillo demasiado uniforme.

El caminante retrocedió un paso, pero no hacia el valle: hacia un lado, saliéndose del eje de la luz.

—¡No miren las lámparas blancas! —gritó.

Sam obedeció y Christina también. Nared tardó medio segundo más, y bastó para que su rostro cambiara. Sus ojos se llenaron de lágrimas y una sonrisa de niño apareció en su boca.

—Veo la salida —susurró.

Sam le golpeó con la caja de testigos de vigilia en el pecho y Nared cayó de rodillas, sin aire. La sonrisa se rompió en una tos furiosa.

—¡Me has pegado!

—¡Te avisé!

Pero otros no tuvieron esa suerte. Uno de los estériles que los acompañaba miró hacia la segunda lámpara y empezó a caminar cuesta arriba, no deprisa, con una decisión sencilla, doméstica, como quien recuerda que ha dejado algo en el fuego.

Tersen lo agarró, pero el hombre se revolvió con una fuerza brutal.

—Está allí mi hija.

—Su hija está abajo con Solenne —gruñó Tersen.

—No esa. La que no nació.

La frase atravesó al grupo. Livia cerró los ojos. Y Rhea sonrió otra vez.

—Eso es una puerta de deseo —dijo Adrián—. Baja la vista. ¡Todos abajo!

La nieve bajo el primer umbral empezó a humedecerse, no por deshielo, sino por un agua negra filtrándose entre las piedras. Las farolas blancas zumbaban. Y el caminante gritó desde el otro lado:

—¡Si cruzan ahora, no cruzarán a mi camino! ¡Cruzarán al que les muestra!

Christina apuntó a la farola blanca más cercana y disparó.

La lámpara estalló, y la oscuridad volvió en un círculo pequeño.

Tersen disparó a la segunda. Uno de los agentes rompió una tercera con la culata.

Mallas, sorprendentemente, sacó una llave de señales y apagó un tramo desde una caja lateral medio enterrada.

—¡Lámparas! —ordenó Christina.

Sam, Jaro y Livia encendieron las lámparas de gas y las colocaron sobre piedras, formando un semicírculo amarillento, pero lleno de sombras correctas. El agua negra retrocedió un poco. Nared, aún de rodillas, mordía el pan duro que Sam le había metido en la mano.

Rhea aprovechó el caos. No intentó correr hacia el valle ni hacia el camino.

Se lanzó hacia la línea del umbral, no para cruzarla, sino para poner las manos atadas sobre el agua negra.

Livia tiró de la cuerda, pero Rhea ya la había tocado con los dedos.

La piel se le oscureció bajo las uñas y su sonrisa se volvió plena.

—Puerta comercial presente —dijo con voz que no era del todo suya.

Christina disparó junto a su mano. La piedra saltó y Rhea se apartó con un grito, más de rabia que de dolor. Livia la derribó y le puso una rodilla en la espalda.

—He dicho que ni una palabra.

Pero la palabra ya había sido dicha. En las farolas blancas rotas, los fragmentos de vidrio empezaron a reflejar el logotipo de Dulces sueños, formado por la luz: la nube rosa, amable, infantil, prometiendo un descanso seguro en medio de la nieve.

El caminante miró a Christina con urgencia.

—¡Tienen que decidir! ¡Si me dejan fuera, no podré advertir al valle de lo que sube por las otras luces! ¡Si me dejan entrar mal, me usarán como padre, salida y prueba! ¡Necesito un testigo de vigilia y una sala fría! ¡Ahora!

Sam dio un paso hacia la línea, temblando.

—¡Yo soy testigo!

Nared, recuperando el aire, levantó la cabeza.

—¿Lo dejamos entrar?

Christina miró al caminante y a Sam, luego a las farolas blancas rotas formando nubes rosas en los cristales, y finalmente al agua negra retirándose despacio, pero sin desaparecer.

—No. Lo hacemos entrar., que es diferente.

El caminante recogió su lámpara del suelo y esperó a que Sam, con voz rota pero firme, empezara a declarar vigilia desde el lado del valle.

—El suelo está helado. Hay sal en mi mano.

La lámpara huele a gas. Nared tiene barro en la rodilla.

Rhea Plass está sangrando y no me da pena.

Christina apunta mal cuando está cansada, pero dispara bien cuando se enfada.

El hombre del camino lleva un abrigo viejo, pero no es mi padre hasta que el valle lo compruebe.

El umbral está aquí. Y nadie responde desde el lago.

El caminante cruzó la primera línea de piedras. Y no ocurrió nada durante un segundo. Luego, desde muy arriba, las otras lámparas blancas se encendieron todas a la vez y una voz formada por muchas voces de seres queridos llamó a cada miembro de la patrulla por lo que más deseaba oír.

Christina oyó a su propia madre decirle que por fin podía descansar.

No miró. Disparó a la luz más cercana. Y la teoría equivocada de los estériles oníricos terminó de romperse, no porque fuera todo mentira, sino porque la noche acababa de demostrar que un sueño robado, podía ser devuelto como simple carnaza.