Ladrones de sueños 4 La Ruptura #2
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4 La Ruptura #2

Los paneles antiguos se habían colocado bajo un cobertizo, junto a una mesa con fotografías históricas protegidas por láminas de plástico.

La mayoría mostraba escenas conocidas: la plaza cubierta de nieve, hombres con palas, mujeres repartiendo sopa, una fila de ataúdes sin barnizar, niños durmiendo en el mercado de grano, la carretera oriental cortada por un derrumbe de piedra y troncos.

Había también mapas plastificados del valle antes de la Ruptura, versiones muy simplificadas que se enseñaban cada año a los escolares.

Christina fingió mirar una fotografía de los primeros almacenes mientras acercaba la vista al mapa central.

En él aparecía la carretera principal entrando por el este, el río bajo, la escuela vieja, el cementerio original y las primeras casas de la calle del Lavadero.

Nada sorprendente. Pero los bordes decían otra cosa.

El mapa había sido recortado. No mucho. Apenas medio centímetro en el lateral norte y algo más en el extremo inferior.

En la esquina izquierda, bajo la cinta adhesiva envejecida, se veía una letra incompleta: una D o una O, impresa en tinta azul descolorida.

Christina no podía saber qué palabra faltaba, pero sí que el mapa original contenía información fuera del marco autorizado.

—Ese no es el de siempre.

La voz llegó a su lado. Olin se había acercado sin hacer ruido, cosa notable en un hombre que bebía desde antes de desayunar.

—¿Qué has dicho?

Olin miraba el mapa con los ojos entornados. De cerca olía a aguardiente, humo y ropa mojada, pero su voz sonaba menos torpe que en la cafetería.

—El de siempre tenía una mancha en forma de pez junto al río. Ese no la tiene.

—Quizá lo cambiaron.

—Claro que lo cambiaron. Aquí cambian las cosas antiguas para que sigan diciendo lo mismo que ellos.

Christina lo observó. Olin sonreía, pero le temblaba la mano izquierda.

—¿Qué recuerdas del mapa viejo?

—Recuerdo que mi padre decía que la carretera no era la única lengua.

—¿Lengua?

—Así llamaban antes a los caminos que salían del valle.

Lenguas. Como si el pueblo tuviera boca y pudiera lamer el mundo.

La carretera era la lengua grande. Había dos pequeñas.

Una por los pastos altos y otra por el barranco del molino.

Luego dijeron que eran senderos de cabras.

Después que nunca habían existido. Mi padre bebía menos que yo y se callaba más.

Eso significa que seguramente sabía algo.

—¿Dónde está tu padre?

Olin miró el monumento.

—En una placa sin nombre.

Antes de que Christina pudiera preguntarle más, un funcionario joven se acercó a la mesa.

—No se permite manipular material conmemorativo.

—Estoy mirando —dijo Christina.

—Debe volver a la zona de asistentes.

—¿Por qué?

—Por respeto.

Olin soltó una carcajada suave.

—El respeto es la manta que ponen encima cuando algo huele mal.

El funcionario se puso rojo.

—Señor Vark, si ha consumido alcohol, puede ser retirado.

—He consumido historia alterada, que es peor para el estómago.

Christina se apartó antes de que aquello escalara.

Olin también, aunque lo hizo con un tambaleo calculado que devolvió al funcionario una falsa victoria.

De regreso a la explanada, Christina vio a Adrián arrodillado junto al poste de luz.

Él no la miró, pero dejó caer al suelo una arandela metálica que rodó hasta casi tocar la bota de Christina.

Cuando ella se agachó para recogerla, encontró debajo un trozo de papel doblado.

Lo tomó sin cambiar de expresión y siguió caminando.

No lo abrió hasta situarse detrás de una columna de piedra, donde el viento movía las cintas del monumento y los altavoces deformaban la voz de la anciana.

El papel contenía solo una frase escrita con lápiz: “El mapa de 1941 tenía tres accesos. Pregunta por la sala inferior.”

Christina cerró el puño alrededor del papel.

1941. La fecha no coincidía con la versión popular de la Ruptura tal como se enseñaba en la escuela.

Según los manuales actuales, la avalancha había ocurrido en el invierno del 41 al 42, durante una tormenta de treinta y dos días.

Pero en los discursos antiguos, según recordaba de oír a su abuela, se hablaba del invierno del 42, sin mencionar el año anterior.

Las fechas podían bailar en la memoria colectiva. También podían ser empujadas.

La anciana tomó la palabra con la ayuda de dos jóvenes. Era muy vieja, tan pequeña dentro de su abrigo que parecía hecha de huesos disecados, lana y voluntad. Su voz salió débil al principio, pero los micrófonos la agrandaron hasta llenar la explanada.

—Mi madre me contaba que la montaña no cayó de golpe —dijo—. Primero habló.

La multitud se removió apenas. La alcaldesa mantuvo la sonrisa ceremonial, pero Torven giró la cabeza hacia la anciana con rapidez.

—No habló con palabras —continuó Oda—. No como hablamos nosotros.

Habló de noche, en los techos, en los pozos, en las vigas.

Los animales no querían entrar en los establos.

Las madres ponían cuchillos bajo las cunas y sal en los alféizares.

Los hombres subían a mirar la nieve y bajaban sin decir lo que habían visto.

Después vino la niebla. Luego los días sin amanecer y más tarde la carretera se cerró.

Eso decía mi madre, que la Ruptura no empezó en la montaña, sino en las casas, cuando la gente dejó de despertar con su propio rostro.

Un murmullo recorrió la explanada. Christina permaneció inmóvil. Aquello no pertenecía al discurso oficial. Así no. La anciana respiró con dificultad, ajena o resistente a la incomodidad de los funcionarios.

—Mi madre decía también que los nombres de los muertos deben decirse al completo, porque un nombre mutilado no descansa. Por eso hoy quiero nombrar a mi abuelo, a mis dos tíos y a mi hermana mayor, que no está en la pared porque entonces dijeron que no había cuerpo y después que no había hermana.

El micrófono se apagó de pronto.

No hizo un chasquido fuerte. Solo dejó de amplificar.

La voz de Oda siguió moviéndose en sus labios, frágil, mínima y tragada por el viento.

Dos jóvenes se miraron sin saber qué hacer.

La alcaldesa se acercó deprisa, tomó las manos de la anciana y sonrió hacia el público con esa expresión que se usa para domesticar una vergüenza.

—La emoción del recuerdo —dijo Nara, ahora con otro micrófono— nos recuerda que la memoria también envejece, se mezcla, se duele y necesita cuidado. Agradecemos a Oda Renn su testimonio familiar y su fidelidad a los que nos precedieron.

Christina reconoció el mecanismo de sus palabras.

No negaban a la anciana; la envolvían hasta que sus palabras dejaran de importar.

La multitud aceptó la corrección con alivio.

Muchos querían volver a la versión donde la montaña caía, el pueblo sufría, los fundadores resistían y todo lo demás quedaba fuera del marco.

Sam, en cambio, estaba llorando.

No de forma abierta. Solo tenía las mejillas mojadas y los ojos fijos en Oda. Christina se acercó a él mientras la ceremonia continuaba con la lectura de nombres.

—¿La conoces?

Sam tardó en darse cuenta de que le hablaba.

—Todos la conocen.

—No he preguntado eso.

Él se secó la cara con la manga.

—Mi padre decía que Oda tenía una hermana. De niños la llamaban Liria. Vivía en la calle del Pozo. Una noche desapareció con otros cuatro. Eso fue antes de la avalancha, según él. Antes de que cerraran la carretera.

—¿Por qué no está en la pared?

Sam miró a su alrededor antes de responder.

—Porque los desaparecidos antes de la Ruptura estropeaban el relato.

La lectura de nombres empezó. Cada apellido llegaba desde los altavoces con una cadencia solemne, seguido por la respuesta colectiva: presente en la mañana.

Christina escuchó los primeros diez, luego dejó que la música de la repetición se convirtiera en fondo.

Observó entonces a Evan. El funerario no miraba el monumento, sino una hoja dentro de su carpeta.

Iba comparando nombres, y eso le interesó.

Se movió hacia él cuando la gente inclinó la cabeza en una pausa ritual. Evan no pareció sorprendido al verla.

—¿Estás trabajando?

—Siempre, cuando nombran muertos.

—¿Qué comparas?

Evan dudó. No por desconfianza, sino por cálculo de consecuencias. Al final inclinó la carpeta apenas para que Christina pudiera ver. Había dos listas. Una impresa, oficial, con los nombres del monumento. Otra manuscrita y más larga y en tinta negra.

—¿De dónde sale la segunda?

—Archivo funerario antiguo. Copia familiar. Mi abuelo la guardó detrás de un fondo falso en la sala de preparación.

—¿Cuántos nombres tiene?

—Ciento sesenta y ocho.

Christina miró el monumento.

—Faltan veintiséis.

—Veintisiete si cuentas a Liria Renn.

—¿Por qué no estaba?

—Porque no figura como muerta, sino como retirada.

La palabra le desagradó de inmediato.

—¿Retirada de dónde?

—Del registro del sueño.

Christina sintió que varias piezas intentaban encajar antes de tiempo y se obligó a no empujarlas. El lector debía ir por detrás; ella también, si quería seguir viva dentro de la historia que el valle contaba sobre sí mismo a sus habitantes.

—¿Hay fecha?

Evan pasó el dedo por la lista.

—Varias. No todas coinciden con la avalancha. Algunas son de semanas anteriores. Otras, de meses después.

—Entonces la Ruptura no explica todos esos muertos.

—Nunca he dicho que los explicase.

El altavoz pronunció un apellido y Evan, de forma involuntaria, respondió con la multitud: presente en la mañana.

Su oficio le había metido la fórmula en los huesos, aunque su inteligencia la rechazara.

Christina reconoció en ese gesto una verdad humana incómoda: nadie se libra del todo del lugar que lo ha criado.

—¿Puedes conseguirme una copia?

—Puedo enseñártela esta noche.

—¿En la funeraria?

—Donde los muertos tengan menos oídos.

Christina habría sonreído en otro contexto.

—¿Has visto el cuerpo del chico de esta mañana?