CAPÍTULO 8 #2
Inés lo miró.
—Gracias.
—Estoy tratando de no convertirme en alguien que te cuide contra tu voluntad.
La frase le dolió de una manera limpia.
Inés quiso decir que no hacía falta, que él nunca había sido eso, que a veces sí, que a veces ella lo había dejado serlo porque era más fácil que decidir. No dijo nada. Algunas verdades, cuando llegaban tarde, ya no servían para reparar; apenas servían para no seguir rompiendo.
—Eso importa —dijo.
Juan abrió la puerta.
Salió.
Inés cerró detrás de él.
No lloró.
Se quedó un rato con la frente apoyada en la madera, escuchando los pasos de Juan alejarse por el pasillo. El ascensor tardó. Siempre tardaba. Después la puerta metálica se abrió, se cerró, y el edificio recuperó su respiración habitual.
Inés volvió al living.
La caja seguía sobre la mesa.
La taza rajada.
La foto.
Las llaves inútiles.
El portal médico en la computadora, abierto otra vez sin que recordara haberlo abierto.
Resultado pendiente.
Inés se rió.
No de gracia.
De agotamiento.
El cuerpo era una casa llena de puertas que se abrían solas.
A las doce y veinte, Lety llamó.
Inés atendió.
—No entré cada tres minutos —dijo, antes de que Lety hablara.
—No te llamaba por eso.
Había ruido detrás. Voces, un motor, una puerta automática, alguien diciendo un apellido. Lety estaba trabajando. O en tránsito. O en uno de esos lugares intermedios donde parecía vivir la gente que no sabía quedarse demasiado tiempo en ninguna parte.
—¿Dónde estás? —preguntó Inés.
—En la mutualista de mi madre.
La frase cambió el aire.
Inés se enderezó.
—¿Pasó algo?
—No. Control. Lo de siempre.
Lo de siempre.
Otra frase peligrosa.
—No me dijiste que tu madre estaba en tratamiento.
—No me preguntaste.
Inés abrió la boca.
La cerró.
Lety tenía razón.
Eso molestaba.
—¿Querés que vaya? —preguntó.
Lety se quedó en silencio.
No mucho.
Lo suficiente.
—No.
—Está bien.
—No por vos.
—Ya sé.
—No, no sabés. No quiero que vengas porque si venís tengo que explicar quién sos. Y todavía no tengo una respuesta que no sea ridícula.
Inés miró la taza rajada.
—Podés decir que soy una amiga.
Lety soltó una risa seca.
—Mi madre sobrevivió a demasiadas cosas como para creer esa estupidez.
Inés sonrió.
La sonrisa le salió triste.
—Entonces no digas nada.
—Eso hago casi siempre.
—¿Y funciona?
—Casi nunca.
Desde el otro lado se oyó una voz femenina, mayor, llamando a Leticia.
Leticia.
El nombre completo entró en el apartamento como una persona desconocida.
Inés sintió que acababa de descubrir una habitación cerrada.
—Te tengo que cortar —dijo Lety.
—Sí.
—No entres al portal.
—No me des órdenes desde una mutualista.
—Te doy órdenes desde donde puedo.
—¿Y tu madre?
—Peor que yo.
—Entonces debe ser interesante.
Lety no respondió enseguida.
Cuando habló, la voz había cambiado apenas.
—Es peligrosa si le gustás.
—¿Y si no?
—También.
Inés quiso decir algo ligero.
No pudo.
—Avisame cómo sale.
—Vos también.
La llamada terminó.
Inés se quedó con el teléfono en la mano.
Lety tenía una madre.
Claro que tenía una madre.
También tendría una infancia, una cocina, una cama de adolescente, una primera mentira, una enfermedad familiar, una manera antigua de cerrar una puerta. Inés sintió vergüenza de haberla reducido, incluso sin querer, a campera de cuero, boca oscura, sótano, frase certera y mano en la espalda.
Lety tenía mundo.
Y ese mundo no empezaba en Inés.
Eso la tranquilizó.
Y la hirió.
Abrió el portal.
Resultado pendiente.
—Idiota —se dijo.
No supo si se hablaba a sí misma o a la página.
A la tarde salió.
No por valentía.
Porque ya no soportaba el apartamento.
La ciudad tenía una luz gris, espesa, de día que no termina de decidirse.
Inés caminó sin rumbo preciso hasta una farmacia.
Compró agua, galletas saladas y un analgésico que la farmacéutica le ofreció con una explicación larga que ella fingió escuchar.
Después entró a un almacén y compró mandarinas aunque no quería mandarinas.
Al salir, vio su reflejo en el vidrio.
Una mujer con una bolsa en cada mano.
Nada extraordinario.
Eso la golpeó.
Había algo obsceno en parecer normal mientras una parte de la cabeza esperaba ser nombrada por un informe.
La gente pasaba a su lado sin saber. Una adolescente discutía por teléfono.
Un hombre cargaba bidones de agua. Una anciana elegía tomates con una concentración absoluta.
Un repartidor comía sentado en la moto, mirando videos.
Nadie veía que Inés estaba parada en el borde de algo.
O quizá todos estaban.
Quizá la ciudad era eso: gente haciendo compras al borde de una noticia.
Volvió caminando despacio.
En la esquina de su edificio, la cabeza le dio una punzada breve.
No intensa.
Pero distinta.
Se detuvo.
Esperó.
Una, dos, tres respiraciones.
La calle no se inclinó.
La luz no se partió.
No hubo náusea.
Solo esa aguja mínima, entrando y saliendo, como si alguien desde adentro tocara una puerta para recordar que seguía ahí.
Inés siguió.
En el ascensor, una vecina del sexto le habló del clima. Inés contestó algo. No supo qué. La vecina se bajó primero y le deseó buena tarde. Esa cortesía casi la quebró. A veces el mundo era brutal por indiferencia. Otras, por amabilidad.
Al entrar al apartamento, dejó las bolsas sobre la mesa.
La computadora estaba dormida.
La despertó.
Resultado pendiente.
Esta vez no cerró la página.
Se sentó en el piso, frente a la pared incompleta.
Comió una mandarina.
La peló mal. La cáscara se rompió en pedazos chicos. El olor le llenó las manos. Le recordó algo que no pudo ubicar: una escuela, una sala de espera, una tarde de invierno, una mujer que ya no estaba. No insistió. Algunas memorias se acercaban solo para comprobar que una seguía siendo vulnerable.
Tomó otra foto de la pared.
No la arrancó.
La miró.
Era una captura de una cámara exterior. Lluvia. Vereda. Un hombre cubriéndose con un diario. Una mujer cruzando rápido. Nada.
Nada.
Durante meses había escrito historias alrededor de imágenes así. Les había dado intención, culpa, deseo, miedo, destino. Había convertido el mundo en una sala de edición. Había creído que, si miraba lo suficiente, la verdad terminaría mostrando un gesto involuntario.
Ahora su propio cuerpo era la imagen granulada.
Y nadie podía ampliarla sin dañarla.
El celular vibró a las dieciocho y cuatro.
Lety.
Mi madre dice que si sos la de las cámaras, seguro sos insoportable.
Inés leyó dos veces.
Después escribió:
Decile que ella parece inteligente.
Lety respondió:
No la estimules.
Inés sonrió.
La sonrisa le duró poco.
A las diecinueve y once, el portal cambió.
No hizo ruido.
No hubo aviso.
No hubo campana.
Solo una línea nueva debajo del estudio.
Informe disponible.
Inés dejó de respirar.
Durante unos segundos no entendió las palabras.
Las vio como formas. Informe. Disponible.
Dos objetos negros sobre una pantalla blanca.
La frase que había estado esperando se presentó sin solemnidad, sin preparación, sin música.
Había llegado mientras ella estaba sentada en el piso con olor a mandarina en las manos.
El cuerpo se le enfrió.
No abrió el archivo.
El cursor quedó sobre el botón.
Descargar.
Inés pensó en hacerlo.
Pensó en no hacerlo.
Pensó en llamar a Lety.
Pensó en llamar a Juan.
Pensó, absurdamente, en Martín.
Pensó en el médico diciendo no adelantarse.
En la administrativa diciendo neurología el martes.
En la lista de síntomas. En el túnel. En el sonido de la máquina.
En la pared. En la taza rajada. En la foto de la playa.
En la madre de Lety, que todavía no tenía rostro pero ya existía.
En todas las personas que estaban, de una forma u otra, alrededor de esa pantalla sin poder leer por ella.
El dedo le tembló sobre el mouse.
No por debilidad.
Por vida.
El teléfono vibró.
No lo miró.
La pantalla seguía ahí.
Informe disponible.
Inés apoyó la espalda contra la pared incompleta.
Cerró los ojos.
Por primera vez desde que había empezado todo, no quiso mirar primero.
Abrió el celular.
Lety había escrito:
¿Seguís ahí?
Inés miró el mensaje.
Después miró el informe.
Escribió:
Sí.
Agregó:
Llegó.
No envió nada más.
No abrió el archivo.
Todavía.
El apartamento quedó en silencio.
La ciudad siguió debajo.
Y en ese silencio, con el informe disponible y la mano quieta, Inés entendió que había llegado al borde.
No al final.
Al borde.
Que era peor.
Porque todavía había que cruzar.