LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 39. EN VOZ ALTA
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39. EN VOZ ALTA

La madera crujió bajo un golpe seco, tres toques que resonaron en el silencio del pasillo como una sentencia de muerte o una promesa.

Sìle no se movió de la silla frente al hogar.

Observó cómo las llamas lamían los restos de un leño de abedul, reduciéndolo a cenizas blancas, antes de ponerse en pie.

Se ajustó el chal de lana sobre los hombros, un gesto mecánico para ocultar el temblor que recorría sus dedos, y caminó hacia la puerta.

Al abrirla, el aire frío del corredor la golpeó en el rostro.

Ruaridh MacKenna llenaba el umbral. No llevaba la brigantina de cuero ni el cinturón de la espada; vestía una camisa de lino oscuro desabrochada en el cuello, dejando ver la base de la cicatriz que desaparecía bajo la tela.

Sus ojos, dos pozos de sombra bajo el arco de sus cejas, no se apartaron de los de ella.

—Si vienes a hablar de la gestión del grano o de los suministros de aceite, puedes volver mañana —Sìle mantuvo la mano apoyada en el borde de la madera—. Es tarde, MacKenna. Y no tengo energía para más inventarios.

—No vengo a hablar de la gestión del castillo.

Él dio un paso al frente, obligándola a retroceder de forma instintiva. No era una intrusión violenta, sino una ocupación del espacio que hacía que el aire en la habitación pareciera volverse más denso. Sìle soltó el pomo de la puerta y cruzó los brazos, buscando el refugio de su propia ironía.

—¿Ah, no? —arqueó una ceja—. ¿Vas a decirme que los MacLean han cruzado el río en mitad de la noche? ¿O que Gavin ha aprendido a atravesar paredes de piedra en su celda?

—Me quedo.

La declaración cayó entre ellos con la solidez de una roca desplomándose en un lago helado. Sìle se quedó inmóvil, con la respiración contenida. La luz de las velas proyectaba la sombra de Ruaridh contra la pared, una figura gigantesca que parecía devorar la estancia.

—Ya me lo dijiste en el patio. El ala este está lista para ti. Agnes ha pasado la tarde maldiciendo mientras ventilaba las sábanas.

—No me refiero al ala este —Ruaridh acortó la distancia, deteniéndose a menos de un palmo de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era una provocación física—. Me quedo por ti.

Sìle sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Buscó un rastro de duda en su rostro, una señal de que aquello era una estrategia política o un juego de poder para asegurar su control sobre Drummond, pero solo encontró una honestidad cruda que la dejó desarmada.

—Eso no tiene sentido. Eres un mercenario. Tienes oro, tienes hombres y tienes una reputación que te espera fuera de estas montañas. Aquí solo hay un clan dividido y una viuda con demasiados enemigos.

—Eso no me obliga a nada —él la interrumpió con una voz que vibraba en el pecho de ella—.

Si quieres que sea solo el hombre que gestiona tus tierras, lo seré.

Si quieres que sea el perro de guardia que duerme tras tu puerta para que nadie vuelva a tocarte, también lo seré.

Pero la decisión es tuya. Completamente.

Sìle ladeó la cabeza, observándolo como si fuera la primera vez que lo veía de verdad. El hombre que había llegado semanas atrás para ejecutarla, el guerrero que la había mirado con desprecio y sospecha, le estaba entregando las llaves de su propio destino en una bandeja de plata.

—Es la primera vez que alguien me da una decisión real —murmuró ella, y su voz perdió el filo que había usado como armadura durante dos años—. En diecinueve años, siempre he sido la hija de alguien, la esposa de alguien o la prisionera de alguien. Nadie me había preguntado nunca qué quería yo.

Ruaridh extendió la mano, deteniéndola justo antes de tocarle el rostro. Sus dedos rozaron apenas el aire cerca de su mandíbula.

—Debería haber sido así siempre.

—Sí —Sìle cerró los ojos un instante, dejando que las palabras de él se asentaran en su mente—. Debería.

El silencio que siguió no fue el de la incomodidad, sino el de una frontera que se desmoronaba.

Sìle dio un paso hacia él, eliminando la última barrera de espacio que los separaba.

Apoyó la palma de la mano en el pecho de Ruaridh, sintiendo el latido rítmico y potente de su corazón bajo el lino fino.

No era el latido de un hombre que mentía.

—Quédate.

Lo dijo en un susurro, pero la palabra resonó con más fuerza que cualquier grito de guerra.

—¿Bajo qué condiciones, milady? —Ruaridh bajó la cabeza, su boca rozando casi la sien de ella.

—Sin condiciones —Sìle levantó la vista, clavando sus ojos claros en los de él—. Sin el hilo de sospecha que nos ha mantenido a distancia. Sin el miedo a que te marches cuando el primer problema real llame a la puerta. Solo quédate.

Él no respondió con palabras. Su mano bajó por fin, envolviendo la nuca de Sìle y atrayéndola hacia él.

No hubo suavidad en el contacto, sino una urgencia contenida que hablaba de semanas de deseo asfixiado bajo el deber y la desconfianza.

Cuando sus labios se encontraron, Sìle sintió que el mundo exterior —Gavin, los MacLean, el clan, la muerte de su marido— se reducía a ese punto exacto de fricción y calor.

Ruaridh la levantó en vilo, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura mientras la llevaba hacia la cama.

Sìle enterró los dedos en su cabello oscuro, tirando de él con una ferocidad que lo hizo gruñir.

Ya no había viuda, ni verdugo, ni prisionera.

Solo había dos cuerpos que se reconocían en la penumbra de una habitación que había dejado de ser una celda para convertirse en un refugio.

La noche transcurrió entre susurros y piel contra piel.

No hubo discursos de amor eterno ni promesas imposibles.

Había algo mucho más potente: el reconocimiento de dos supervivientes que habían decidido que el resto del mundo podía arder mientras ellos estuvieran juntos en la oscuridad.

Ruaridh la sostuvo contra su pecho mucho después de que la tormenta física hubiera amainado, observando cómo la luz de las últimas brasas moría en el hogar.

Sìle apoyó la mejilla en el hombro de él, trazando con el dedo el contorno de una de las cicatrices en su brazo.

—Agnes va a tener mucho que decir sobre esto por la mañana —susurró ella, con un rastro de su antiguo humor.

—Agnes ya lo sabe todo —Ruaridh le besó la frente—. Probablemente ha estado apostando con Fergus sobre cuánto tiempo tardaríamos en dejar de fingir que nos odiamos.

—Odio es una palabra muy fuerte, MacKenna. Yo prefería llamarlo "vigilancia extrema".

Él soltó una risotada baja que hizo vibrar el pecho de Sìle.

—Duerme —le ordenó, estrechándola más contra él—. Mañana el castillo seguirá ahí. Y yo también.

Al amanecer, la luz grisácea de las Highlands se filtró por las aspilleras, iluminando el polvo que bailaba en el aire. El castillo Drummond empezaba a desperezarse con el sonido de los baldes de agua golpeando el suelo del patio y el relincho de los caballos en las cuadras.

Fergus caminó por el pasillo del ala este, deteniéndose frente a la puerta de la habitación que se le había asignado a Ruaridh.

La puerta estaba entornada, tal como la habían dejado los criados la noche anterior.

Echó un vistazo al interior. La cama estaba hecha, las mantas estiradas y los cofres de equipo permanecían cerrados en un rincón.

Una sonrisa lenta y cargada de una sabiduría cansada apareció en el rostro del veterano. Se ajustó el cinturón y se dirigió a las cocinas.

El calor de los fogones ya estaba en pleno funcionamiento. Agnes estaba volcada sobre una gran mesa de madera, amasando pan con una fuerza que parecía capaz de pulverizar la piedra. Levantó la vista cuando Fergus entró.

—Parece que Ruaridh no durmió en su habitación del ala este —dijo Fergus, apoyándose en el marco de la puerta.

Agnes no detuvo su tarea. Sus manos cubiertas de harina siguieron golpeando la masa con un ritmo metódico.

—No me digas —replicó ella, sin un ápice de sorpresa en la voz—. ¿Y has necesitado toda la noche para llegar a esa conclusión, o es que el aire de las montañas te ha vuelto más lento de lo habitual?

—Solo decía —Fergus se encogió de hombros, divertido—. Me preguntaba si debería ir a buscarlo para el entrenamiento de la guardia.

—Déjalo en paz, Fergus. Si subes ahora a despertar a la viuda o al laird, lo más probable es que Ruaridh te atraviese con su espada antes de que puedas decir "buenos días".

Agnes se detuvo un momento, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo. Tomó una bandeja con dos cuencos de avena caliente, una jarra de leche y un trozo de pan recién horneado. La puso sobre la mesa con un golpe seco.

—Lleva esto arriba —le ordenó—. Y no llames a la puerta. Déjalo en el suelo del pasillo.

Fergus cogió la bandeja, observando la generosidad de las raciones. Por primera vez en semanas, el rostro del soldado no reflejaba la tensión de la vigilancia constante. Sus ojos brillaban con una tranquilidad que no había tenido desde que cruzaron la frontera del sur.

—Parece que hoy el desayuno es para dos —comentó él.

—El desayuno siempre ha sido para dos en este castillo, Fergus. Solo que algunos han tardado ocho meses en darse cuenta de quién tenía que sentarse a la mesa.

Fergus asintió y salió de la cocina, subiendo las escaleras con paso ligero. Al llegar al pasillo de las habitaciones de Sìle, dejó la bandeja en el suelo, tal como Agnes había ordenado. No se detuvo a escuchar, pero pudo percibir el silencio denso y pacífico que emanaba de tras la madera.

Cuando regresó a la cocina, se encontró a Agnes sirviendo su propio desayuno. Se sentó a la mesa, cogió una cuchara y empezó a comer con apetito.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Agnes? —preguntó Fergus entre bocado y bocado.

—¿Que vas a dejar de quejarte de que el suelo del pasillo está duro?

—No —él negó con la cabeza—. Que por primera vez en doce años, Ruaridh MacKenna tiene la cara de alguien que ha dormido bien porque no tiene miedo de lo que hay al otro lado de la cama.

Agnes volvió a sus fogones, pero antes de girarse, Fergus pudo ver un atisbo de sonrisa genuina en sus labios.

—En las Highlands eso no es felicidad, Fergus —dijo ella, echando más leña al fuego—. Es un milagro. Y en este castillo, ya iba siendo hora de que ocurriera uno.

El sol terminó de salir tras las montañas, iluminando el estandarte de los MacKenna que ondeaba en la torre principal.

El peligro seguía allí afuera, agazapado en las sombras de los valles y en la ambición de los hombres que aún soñaban con el poder, pero dentro de los muros del castillo Drummond, algo se había roto definitivamente.

El miedo ya no era la única ley. Y mientras el humo de las chimeneas ascendía hacia el cielo despejado, el mercenario y la viuda permanecían unidos, ajenos por un instante al mundo que, inevitablemente, volvería a llamar a su puerta antes de que el día terminara.