CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
Carmen
Hay llamadas que no suenan.
Cortan.
El teléfono vibra sobre la mesa de Ethan, corto, limpio, casi educado, como si las tragedias hubieran aprendido modales.
Yo todavía tengo la carpeta abierta en el regazo, con la frase que me llamó activo emocional quemándome detrás de los ojos, y por eso tardo medio segundo de más en mirar la pantalla.
Saint Brigid.
Dos palabras. Blancas. Crueles. Ese tipo de blanco que usan los hospitales para fingir que el miedo pega con la limpieza.
Todo lo que hay dentro de mí, esparcido en pedazos desde lo de la carpeta, se junta en una sola dirección.
Sloane.
Ethan lo ve. El color abandona su cara tan rápido que casi me da pena. Casi.
—Pon el manos libres —dice.
Casi me río. Cinco minutos antes yo sostenía la prueba de que él sabía convertir a mi hermana en informe, en riesgo, en estrategia, en una de esas palabras frías que los hombres poderosos usan para no decir personas. Y ahora quería la voz de ella abierta en su despacho. El miedo de ella en su aire.
Pero es Sloane.
Y Sloane siempre le gana a cualquier orgullo mío.
Contesto.
—¿Diga?
—¿Señorita Pembroke? —Una voz femenina, rápida, demasiado profesional—. Le llamo de la planta de pediatría del Saint Brigid. Su hermana ha tenido una incidencia durante la medicación. Está estable, pero pregunta por usted.
Estable.
Llevo catorce meses odiando esa palabra. Estable puede significar respirando bien o respirando de momento.
Apoyo la mano en la mesa porque el suelo ha decidido volverse inestable.
—¿Qué incidencia?
—Una reacción febril con bajada de tensión. El equipo está con ella ahora mismo. El doctor Adeyemi ha pedido que venga usted en cuanto pueda.
Y es aquí donde la noticia me alcanza, porque ya he vivido exactamente esto.
Hace tres semanas vi cómo le arrancaban a Sloane de mis manos por un síndrome de nombre larguísimo, vi cómo su corazón se paraba una vez, pasé cuatro horas en un pasillo aprendiendo que existe un tipo de espera que te envejece por dentro.
—Voy para allá.
—La entrada principal está cerrada por obras —sigue la voz, en el mismo tono de quien lee una lista—. Use el acceso del aparcamiento este, nivel dos. Seguridad ya estará avisada.
Ethan ya tiene su móvil en la oreja, y algo cambia en su cara. No sé ponerle nombre. Solo sé que me mira y dice:
—Carmen, espera.
Cuelgo.
No porque no lo haya oído. Lo he oído: obras, acceso este, seguridad avisada, el kit completo de palabras que le encienden todas las luces rojas a un hombre como Ethan.
Cuelgo porque mi hermana está en un hospital y he aprendido, por repetición traumática, que los segundos se convierten en sentencia.
—Voy —digo.
—Vamos.
—No.
Se para como si le hubiera tirado un vaso.
—Carmen.
—No puedo meterme en un coche contigo ahora mismo.
—Esto es por Sloane. No es por lo nuestro.
—Todo pasó a ser por lo nuestro en cuanto encontré esa carpeta en tu cajón.
—Me sale la voz baja. Menos mal. La voz baja asusta más cuando da en el blanco—.
Voy a ver a Sloane. Puedes llamar, comprobar, mandar a medio Chicago detrás de mí.
Pero no puedo pasarme todo el camino contigo en el coche. Ahora no.
Se le tensa la mandíbula. Veo cómo se libra la pelea dentro de él, en tiempo real.
El hombre que quiere cerrar la mano en torno a mi muñeca e impedírmelo.
Y el hombre que, contra todos los hábitos de una crianza de multimillonario, ha entendido que el amor de mano cerrada se convierte en otra cosa.
Una cosa fea. Una cosa a la que no sobrevivo dos veces.
Abre la mano.
—Entonces ve con el chófer del equipo. Dos de seguridad irán en el coche de atrás. No hace falta que hables conmigo, ni que me mires. Solo acepta esto.
Debería negarme por orgullo. Debería aceptar por inteligencia.
Sloane desempata.
—Vale.
Coge un abrigo del armario y me lo tiende. El gesto es demasiado automático, demasiado íntimo, exactamente el tipo de cosa que llega tarde y aun así encuentra una puerta abierta en algún rincón ridículo de una.
—En el hospital hace frío —dice.
No es una orden. Es solo un dato.
Cojo el abrigo.
En la puerta, dice mi nombre.
—Carmen.
Me paro, pero no me giro del todo. No estoy tan generosa como para eso.
—Voy a llamar a Adeyemi y voy detrás de ti en diez minutos —dice—. No uses el acceso este antes de que yo lo confirme con él. Por favor.
El por favor le sale menos oxidado que el primer día. Odio fijarme en eso justo ahora.
—Llama rápido —respondo, y salgo.
En la planta baja, un hombre de traje oscuro espera junto al coche.
Le conozco la cara de vista. Mark. Entró en el equipo hace poco más de un mes, en el paquete de refuerzos que Ethan contrató después de la gala, junto con los coches nuevos y los hombres que fingen leer el periódico en el vestíbulo.
Educado, eficiente, con ese aire de mueble caro que tiene todo el equipo de Ethan.
—Señorita Pembroke. El señor Van Alen me ha pedido que la lleve al Saint Brigid.
Abre la puerta de atrás. Detrás de nosotros, el segundo coche enciende los faros.
Subo.
No estoy huyendo de Ethan, me digo mientras el edificio desaparece en el cristal. Estoy yendo hacia Sloane. Hay una diferencia.
El camino tiene un silencio de cristal, de esos que cortan si alguien respira mal. Mark habla solo lo justo. El coche de atrás se queda en el retrovisor.
Ethan llama tres veces. Las dos primeras, giro la pantalla hacia abajo. La tercera, miro su nombre hasta que se apaga. No es cobardía. Es autoprotección en estado puro. Si oigo su voz antes de ver a Sloane, a lo mejor me desmorono, y desmoronarme no está en el menú de hoy.
El móvil vibra con un mensaje.
Ethan: He hablado con centralita del hospital. Me están pasando con Adeyemi. Espérame en la entrada principal.
Diez segundos después, otro.
Ethan: Carmen, NO uses el acceso este antes de que yo lo confirme.
El estómago se me cierra como la puerta de una caja fuerte.
Miro por la ventanilla y me doy cuenta de que ya hemos pasado la calle que lleva a la entrada principal.
—La entrada principal está al otro lado —digo.
Los ojos de Mark me buscan por el retrovisor. Tranquilos.
—Centralita ha informado de un cierre temporal, señorita. Vamos por el este, según las indicaciones del hospital.
El coche de atrás gira con nosotros. Eso debería tranquilizarme.
No me tranquiliza, porque me fijo en una cosa pequeña: Mark no ha mirado el coche de atrás ni una sola vez.
Un chófer de seguridad mira la escolta en cada manzana, eso lo aprendí en semanas de coches negros.
Quien no mira es porque no cuenta con ella.
Escribo rápido.
Voy por el este. Dos coches. Mark conduciendo.
El mensaje se queda con el relojito girando.
Sin cobertura.
Cómo no. Porque el universo, además de sádico, tiene sentido de la oportunidad.
El aparcamiento este parece el de siempre y, al mismo tiempo, una copia hecha por alguien que vio el original de refilón. Luz fluorescente. Hormigón gris. Flechas azules. Olor a garaje de hospital. Mark baja la rampa del nivel dos y para cerca del montacargas.
—El acceso es por ahí. La acompaño hasta triaje.
Miro por la luna de atrás.
La rampa está vacía.
—¿Dónde está el otro coche?
Consulta el retrovisor con una calma ensayada.
—Se habrán quedado en la barrera. Pasa.
—No pasa. —Me sale la voz firme, y se lo agradezco—. No se quedan en la barrera. Nunca se quedan en la barrera.
Y entonces empiezo a contar, porque es lo que hago cuando el miedo me sube por la garganta. Una cámara en la esquina, con la luz roja apagada. Un cono naranja bloqueando media zona de peatones. Un cartel de ObrAS colgado torcido, con el logo del hospital impreso ligeramente descentrado.
Tres cosas mal.
Mi padre me enseñó a mirar las cosas torcidas. Su voz, que ha sobrevivido en mí a un entierro, a una deuda y a un pinchazo en plena noche, me susurra con toda la claridad del mundo: no bajes, hija.
—He cambiado de idea —digo—. Lléveme a la entrada principal.
—El equipo médico está esperando en el este, señorita.
—Sobreviven cinco minutos más.
La comisura de su boca se mueve. Casi una sonrisa. Casi una confesión.
Y el montacargas se abre.
Salen de dentro dos hombres con chaquetas del Saint Brigid, tarjetas colgando, guantes azules, caras demasiado corrientes. Uno de ellos empuja una camilla vacía.
Una camilla no baja a recoger a una visita.
Mi cuerpo lo entiende antes que mi cabeza. Abro la puerta del coche y echo a correr.
No llego lejos. Mark me alcanza en cuatro pasos y cierra la mano sobre mi brazo, y la educación se evapora de golpe, solo queda fuerza.
Giro con el codo, como me enseñó mi padre, le doy en alguna parte útil de la cara, oigo un taco y siento cómo el dolor me sube por todo el antebrazo.
El hombre de la camilla avanza. Le doy una patada a la rueda, la camilla vuelca de lado, el metal estalla contra el hormigón con un estruendo que llena el garaje.
—¡Carmen!
No es Ethan. Es uno de los de seguridad del segundo coche, que viene por la rampa a pie, corriendo, con la mano metiéndose dentro de la americana.
Un disparo revienta el aire.
El hombre gira con el impacto en el hombro y cae contra la pared.
Meto la mano en el bolsillo del abrigo y encuentro el móvil.
No tengo tiempo de mirar la pantalla. Pulso el botón lateral, la pantalla se enciende en emergencia, última llamada, Ethan, y mi pulgar acierta su nombre en el mismo segundo en que una mano se cierra sobre mi boca por detrás.
El olor a medicamento podrido lo invade todo.
Muerdo. Con ganas. El hombre gruñe y aprieta más, y el móvil se me escurre de la mano, pero no cae al suelo. Cae dentro del abrigo, por la abertura del bolsillo interior, y se desliza hasta el forro, entre la tela y la costura. Invisible. Encendido.
Llamada en curso.
Aún la oigo, pequeña y metálica contra mi pecho, su voz:
—¿Carmen? Carmen, háblame.
Lo intento.
Juro que lo intento.
Pero el garaje se vuelve negro antes de que consiga pronunciar mi nombre.