La Villa de los Sueños
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Capítulo 1 1930 - Viviendo una pesadilla
El sol de Malta caía sobre la Villa Barrington, encaramada en lo alto de los acantilados de Dingli como una corona de piedra caliza dorada sobre el Mediterráneo.
La residencia, construida a finales del siglo XIX con esa peculiar fusión de ambición británica y sabiduría constructiva maltesa, se alzaba orgullosa frente al mar, sus muros gruesos de piedra local brillando con ese tono miel que solo podía adquirir la caliza de esa isla bajo el sol implacable.
Los balcones cerrados —esos gallariji tan característicos de la arquitectura maltesa— sobresalían de la fachada como jaulas de madera pintada de verde oscuro, sus celosías filtrando la luz en patrones geométricos que danzaban sobre los suelos interiores.
Desde dentro, permitían observar el mundo exterior sin ser visto, guardianes silenciosos de los secretos que se acumulaban en cada habitación.
Las escaleras exteriores de piedra maltesa, desgastadas por décadas de pasos y viento salino, descendían desde la terraza principal hacia los jardines, cada peldaño ligeramente cóncavo en el centro por el roce constante.
En las esquinas de los muros exteriores, pequeños nichos religiosos albergaban imágenes de santos olvidados, sus rostros pintados desvaídos por el sol, pero todavía vigilantes, testigos mudos de las idas y venidas de la familia Barrington.
En el interior, los suelos de baldosas hidráulicas —importadas de Sicilia en tiempos más prósperos— formaban intrincados mosaicos de azules, ocres y blancos, cada habitación con su propio patrón, como capítulos distintos de una misma historia.
Las buganvillas trepaban por las paredes como lenguas de fuego violeta, sus flores cayendo sobre los senderos de grava blanca que serpenteaban entre limoneros centenarios.
El aroma cítrico se mezclaba con el salitre marino que subía desde los acantilados, creando esa fragancia única que solo existe en las villas costeras de Malta, donde la tierra y el mar se encuentran en perpetuo abrazo.
El viento constante del Mediterráneo silbaba entre las contraventanas de madera, haciendo crujir los postigos con un ritmo tan antiguo como la propia isla. Desde la terraza, el mar se extendía infinito, de un azul tan intenso que dolía mirarlo directamente al mediodía.
En su estudio, Edmund Barrington alzó la botella de whisky hacia la luz.
A sus treinta y un años, su rostro aristocrático mostraba las marcas del cansancio y el dolor.
Sus dedos, manchados de tinta, temblaban mientras servía otro vaso.
El líquido ámbar salpicó el mapa desplegado sobre el escritorio.
Su uniforme, impecable esa mañana, mostraba ahora las arrugas de horas de abandono.
El cabello oscuro, casi negro, caía despeinado sobre su frente, y sus ojos grises reflejaban un tormento que el alcohol no conseguía aplacar.
—Por ti, Thomas… —murmuró al aire, su mirada nublada por el alcohol, fija en el reloj de bolsillo que descansaba junto a su mano.
En el salón principal, Violet observaba el retrato de Sir Reginald Barrington, el patriarca de cincuenta y ocho años.
Sus ojos verdes recorrían la pintura sin verla realmente, perdida en pensamientos sobre el giro que había dado su vida.
Hacía solo tres días que sus padres la habían dejado allí, como quien abandona un paquete no deseado.
La ruina familiar pesaba sobre los hombros de la joven de veintidós años como una capa de plomo.
—¿Desea algo más, mi señora? —preguntó una de las criadas, su acento maltés espeso como la miel.
—No, gracias. —Violet tocó su colgante, un gesto involuntario que traicionaba su inquietud—. Aunque… ¿Podrías contarme algo sobre la isla?
La criada bajó la mirada, sus manos retorciéndose en el delantal.
—Lo siento, señora. Tengo que terminar mis tareas.
Violet observó a la mujer alejarse con pasos apresurados. Solo quedaron el tic-tac del reloj de péndulo y el murmullo lejano del mar contra los acantilados.
Violet recorrió los pasillos de la villa, sus pasos resonando en el suelo de mármol. El vestido de muselina se movía con cada paso, recordándole que ahora era la señora Barrington. Un título que sonaba hueco, vacío de significado.
Las palabras de su madre resonaban en su mente: “Es un buen partido, querida. Un oficial respetado, con propiedades. No podemos permitirnos ser quisquillosos en nuestra situación”.
Se detuvo frente a un espejo. Su reflejo le devolvió una mirada confusa.
Las novelas románticas que había escondido bajo su almohada hablaban de pasión, de miradas robadas y corazones acelerados.
Pero Edmund… Edmund apenas la miraba durante las comidas, sus ojos siempre perdidos en algún punto distante, su mano aferrada a ese reloj de bolsillo que nunca soltaba.
Ni siquiera la había acariciado ni una sola vez desde el día de la ceremonia.
El sonido de una botella rompiéndose la sobresaltó. Venía del estudio. Se acercó con cautela hasta la puerta entreabierta.
—¡Maldita sea! —La voz de Edmund resonó desde dentro, seguida por el sonido de papeles cayendo.
Violet se alejó con el corazón latiendo con fuerza.
No era así como había imaginado el matrimonio.
No era así como había soñado su vida de casada.
La villa, con sus jardines y sus vistas al mar, se sentía como una jaula dorada.
Las criadas apenas le hablaban, los vecinos más cercanos vivían a kilómetros de distancia, y su nuevo esposo era poco más que un fantasma que vagaba por los pasillos.
Se apoyó contra una pared, sus dedos buscando instintivamente el colgante de su madre. La brisa marina entraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el aroma a sal y limones. Un recordatorio más de lo lejos que estaba de todo lo que conocía en Londres.
La puerta del estudio se abrió de golpe. Edmund apareció en el umbral, tambaleándose. Su mano derecha chorreaba sangre que goteaba sobre el mármol del suelo. Los fragmentos de cristal verde brillaban entre sus dedos como escamas de pescado.
Sus ojos grises, inyectados en sangre, se clavaron en Violet.
—¿Qué haces aquí parada como una idiota? —El aliento a whisky llegó hasta ella antes que sus palabras.
—Edmund, tu mano… Déjame ayudarte.
—¡No necesito tu ayuda! —Edmund avanzó hacia ella, sus pasos erráticos dejando un rastro escarlata—. ¡Ni tu lástima!
Violet retrocedió, pero no lo suficientemente rápido. Edmund la empujó al pasar, su mano ensangrentada manchando la muselina blanca de su vestido. Violet cayó contra la pared, el golpe sacándole el aire de los pulmones.
Una de las criadas más antiguas apareció al final del pasillo. Sus ojos oscuros se movieron de Edmund a Violet, y luego a las manchas de sangre en el suelo. Se acercó a Violet con pasos cautelosos.
—Señora, permítame ayudarla —susurró, con una mirada que decía más que sus palabras. Una mirada que hablaba de otras caídas, otros gritos, otras noches de whisky y cristales rotos.
—Estoy bien. —Violet se incorporó, rechazando la mano tendida. Su orgullo era lo único que le quedaba intacto—. Solo ha sido un accidente.
Pero mientras se alejaba hacia su habitación, las lágrimas que contenía le quemaban los ojos. El vestido manchado de sangre se pegaba a su piel como una segunda capa de vergüenza.
Unas horas más tarde, la luz de las velas danzaba sobre la porcelana fina mientras los criados retiraban los platos del segundo servicio.
Violet observaba a Edmund desde el otro extremo de la mesa.
La sangre seca manchaba el vendaje improvisado en su mano, pero al menos había recuperado algo de compostura.
—El pescado estaba delicioso —Violet cortó un trozo de tarta de limón—. Me recuerda a los veranos en Brighton, cuando…
Edmund removió su postre sin probar bocado, la mirada perdida más allá de las ventanas, donde el Mediterráneo se fundía con la noche.
—Edmund —Violet dejó el tenedor sobre el plato—. Sé que nuestro matrimonio fue arreglado, pero pensé que podríamos… —Sus dedos juguetearon con el colgante— que esta noche podríamos compartir aposentos por primera vez, si queréis.
El tenedor de Edmund cayó contra la porcelana con un tintineo metálico.
—No me encuentro con ánimo —apartó su silla—. Me retiro al estudio.
—Pero Edmund, apenas hemos hablado desde la ceremonia. Si me dieras la oportunidad…
Edmund se giró, sus ojos grises brillando con una furia repentina.
—¡Eres mi esposa! —golpeó la mesa con el puño vendado—. ¡Harás lo que yo diga, cuando yo lo diga!
Violet se encogió en su silla. Las velas temblaron.
—¡Roberts! —Edmund gritó hacia el pasillo—. ¡Estoy seco! ¡Tráeme más vino al estudio!
Sus pasos resonaron por el comedor mientras se alejaba, dejando a Violet sola con el postre sin terminar y el eco de sus gritos.
Unos minutos después, los criados rodeaban la mesa retirando platos y copas con la eficiencia de años de práctica. El tintineo de la porcelana contra la plata parecía lejano para Violet, que permanecía inmóvil en su silla, la mirada perdida en el mantel de encaje.
Su mente vagaba por los acontecimientos de la última semana.
Edmund Barrington. Un nombre que ahora compartía, pero que pertenecía a un extraño.
Las pocas veces que lo había visto sobrio, su rostro mostraba una máscara de cortesía fría, como si ella fuera un mueble más en la villa.
El resto del tiempo… Violet se estremeció al recordar el incidente de esa tarde.
Sus dedos rozaron una mancha de vino en el mantel.
Roja como la sangre que había manchado su vestido.
¿Qué sabía realmente de él? Las cartas que habían precedido al matrimonio hablaban de un distinguido oficial británico, temporalmente retirado del servicio.
Pero nadie había mencionado las botellas vacías, los gritos en la noche, la forma en que sus ojos parecían buscar algo —o alguien— que no estaba allí.
—¿Se encuentra bien, señora? —Roberts, el mayordomo de cincuenta y cinco años, se detuvo junto a ella con una preocupación genuina en el rostro.
Violet parpadeó, saliendo de su ensimismamiento. La mesa estaba ya despejada, las velas casi consumidas.
—No es nada —se llevó una mano a la sien—. Solo me siento un poco indispuesta. Creo que me retiraré a mi habitación.
Se levantó con la gracia que le habían enseñado, aunque por dentro sentía que cada paso la acercaba más a una jaula. Una jaula con vistas al Mediterráneo, pero una jaula, al fin y al cabo.
Violet cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella. La luz de la luna creciente se filtraba por los ventanales, formando sombras sobre la alfombra. Su cama, con sus sábanas de lino blanco y almohadones de plumas, parecía fría y vacía.
Se acercó al tocador donde sus acuarelas descansaban sin tocar desde que había llegado.
Los pinceles, ordenados por tamaño, acumulaban una fina capa de polvo.
Antes en Inglaterra, cada mañana era una promesa de nuevos colores, de paisajes por capturar.
Ahora, el simple pensamiento de pintar le resultaba agotador.
Se asomó a la ventana. La oscuridad del Mediterráneo se fundía con el cielo nocturno, creando un abismo negro que reflejaba su propio vacío interior. Ni siquiera las estrellas y la luna ofrecían consuelo esa noche.
Sus dedos rozaron el cristal frío. En su tierra, a esta hora estaría tomando el té con alguna visita, compartiendo risas y secretos. Aquí, solo tenía el eco de sus propios pensamientos y el murmullo distante de las olas.
—Una prisión —susurró, su aliento empañando el cristal—. Una prisión con un carcelero borracho.
El sonido de cristal rompiéndose llegó de nuevo desde el estudio, seguido por un grito ahogado. Violet se estremeció. ¿Cuántas noches más tendría que soportar los arrebatos de Edmund? ¿Cuánto tiempo hasta que su ira se dirigiera directamente hacia ella?
Se sentó en el borde de la cama, mirando el techo.
Las lágrimas no acudieron en esta ocasión; las había agotado todas en los días anteriores a su partida, cuando sus padres la informaron del acuerdo al que habían llegado sin su consentimiento.
Además, ¿de qué servirían esas lágrimas ahora?
Su destino estaba sellado, tan inmutable como los muros de piedra que la rodeaban.
Tomó un camisón del armario y se preparó para otra noche de insomnio. El reloj de la mesilla marcaba las horas con una lentitud cruel, cada tictac un recordatorio más de su soledad.