CAPÍTULO 22
Después de recuperarme de la última visión, he sentido un extraño nudo apretándome el corazón. Quizás el universo quiera decirme algo, pero ni Zeca ni yo conseguimos descubrir qué es.
Algo me dice que se nos está acabando el tiempo.
— Iris, algo va mal —me llama Zeca, apareciendo a mi lado.
Leonardo, vestido como el día que lo conocí, con un traje bien cortado y caro, me mira con una expresión extraña, con la mano cerrada sobre el corazón.
—¿Estás bien? —le pregunto, pasando por mi mesa de centro y sentándome a su lado en el sofá.
— Una sensación extraña —responde, y yo entro en estado de alerta.
—Zeca dijo lo mismo.
— ¿Habrá pasado algo?
Ana entra sin llamar, viene muy agitada y su mirada me dice que realmente está pasando algo muy malo.
— ¿Qué pasa?
— Igor me llamó, dijo que necesita hablar con ustedes y que es urgente. Está viniendo para aquí.
— Maldición, cariño, ha pasado algo muy malo. ¿Tendrá que ver con tu visión? — Zeca camina de un lado a otro.
— No lo sé, Zeca, espero que no.
Parpadeo y entonces me doy cuenta de que Leo está de pie mirándome con desprecio. Igor está a su lado.
— Iris, la han cogido —la voz de Leo me golpea de lleno—. La han cogido y tú no has hecho nada para evitarlo. No la has salvado. Es culpa tuya.
Salto de la cama, temblando y llorando.
Tardo un rato en comprender que estoy en mi cama, la oscuridad solo se ve interrumpida por un haz de luz que se cuela por la cortina y divide la habitación por la mitad.
— ¿Estás bien, amor? —Leonardo, con el torso desnudo y vestido solo con unos pantalones cortos, se sienta en la cama, somnoliento y confuso.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunto, todavía tratando de orientarme—. ¿Cuándo fue?
—Ayer —responde, comprendiendo que le estoy preguntando cuándo encontraron la fosa con las víctimas del asesino en serie.
— Entonces aún hay tiempo —digo y salto de la cama. Empiezo a caminar de un lado a otro—. Quizás pueda verlo si lo intento más.
Leo enciende la lámpara, con su hermoso cabello rubio erizado. Algo en la forma desoladora en que me mira me entristece. No sabe cómo lidiar conmigo, no sabe cómo situarse en esta locura mediúmnica que es mi vida.
— No te culparé si quieres alejarte, sé que es demasiado...
— No voy a ir a ningún sitio —declara, saliendo de la cama y viniendo a abrazarme—. Pero quiero que te calmes, forzar tus visiones no servirá de nada.
—Tienes razón, ya lo he intentado y acabé sintiendo el dolor de todas las víctimas de ese monstruo.
— Entonces hagamos lo siguiente, tomémonos el día libre para descansar, cuando llegue el momento verás lo que necesitas y llamaremos a Igor, él atrapará a ese desgraciado.
— Es una buena idea.
Vuelvo a la cama, pero no consigo dormir. El sueño se repite una y otra vez en mi mente, como un recordatorio de que no podré salvar a la chica que está en peligro. Un recordatorio de que el universo me ha pedido algo y yo no seré capaz de hacerlo.
Pero tengo que hacerlo. Tengo que salvar a esa chica, sea quien sea.
El domingo comienza tranquilo, Igor me llama dos veces, tratando de tranquilizarme sobre el progreso de las investigaciones. También me avisa que ha aumentado la presencia policial en la ciudad con la ayuda de la policía federal, que ya está en el bosque buscando al asesino en serie.
En la televisión, durante todo el día se explora el tema, hay reporteros repartidos por las calles y el bosque y la conmoción es grande y muy estresante. Todo el mundo en Nova Aurora tiene miedo.
Incluso yo.
Pasamos el día en mi casa, las niñas me ayudan a recolectar algunas hierbas para hacer los aceites esenciales que utilizo en mis recetas de velas y jabones artesanales. Les encanta, sobre todo a Lívia, que intenta aprender todo lo que puede para no matar ninguna planta más bajo su cuidado.
Es una niña muy graciosa y todavía está decidiendo si todo vale por la ciencia y el progreso, o si matar plantas no es una pérdida justificable, aunque sea para descubrir la cura de alguna enfermedad terrible o un alimento que acabe con el hambre en el planeta.
Algo me dice que aún descubrirá todo un mundo de cosas que puede hacer con el amor que siente por la ciencia y la humanidad.
Al comienzo de la noche, decidimos ir al parque de Santa Clara, ciudad donde se encuentra el foro en el que trabaja Leo y también donde nos conocimos y peleamos por primera vez.
Las niñas están ansiosas por ver la presentación de los malabaristas de fuego que tienen tanto éxito en esta época del año.
Incluso Zeca parece relajarse con el paseo, desde la última vez que lo vi ha estado cada vez más callado y sombrío y eso me preocupa. Creo que todos necesitamos este descanso.
Durante el viaje, que dura unos pocos minutos, cantamos varias canciones que las niñas probablemente inventan por el camino. Es divertido y poco a poco aleja mi mente de la pesadilla que tuve y de las visiones que me aterrorizan.
Santa Clara es un poco más grande y bulliciosa que Nova Aurora, aunque la vida es mejor en mi ciudad, ya que tenemos un gran hospital con maternidad y sala de urgencias infantiles, que atiende a todas las ciudades de la región.
Además, tenemos escuelas realmente muy buenas y una mejor calidad de Internet, según me aseguró Ana cuando me ayudó a elegir un ordenador portátil.
La noche no está estrellada, pero el clima agradable me dice que no va a llover. Leo estaciona en la avenida principal y caminamos de la mano por el paseo de piedras, que va directo a la plaza histórica.
A la gente de aquí no le importa quién soy, y me gusta la libertad de pasear entre los puestos de dulces y comida sin preocuparme de que me tiren algo o me llamen bruja. Aquí solo somos una familia paseando y disfrutando lo que queda del fin de semana.
En un pequeño bar no muy lejos, un hombre toca Los Hermanos con una guitarra, su hermosa voz me acompaña mientras las niñas me guían hacia un puesto donde venden varios juguetes para hacer pompas de jabón, algunos con luces parpadeantes y chirridos horribles, que a ellas les encantan, por supuesto.
El parque se encuentra cerca del ayuntamiento, al final del paseo de piedras, y vamos a pasar por allí después de dar de comer a nuestras hambrientas monstruitas.
— Iris... — Sara me llama en voz baja, antes de que nos detengamos cerca del puesto de perritos calientes.
— ¿Qué pasa, preciosa?
— Me he manchado el vestido. —Me muestra el vestidito blanco con una florecilla pegada en el borde. Tiene una pequeña mancha de tinta, pero nada que se pueda ver sin fijarse mucho.
— ¿Por eso me has llamado? —pregunto, levantando las cejas con desconfianza.
Sara es una niña poco común, tiene un temperamento lleno de vida y energía, unas ganas enormes de descubrir el mundo, es independiente y un poco peleona, pero con un corazón lleno de amor, que vibra con su aura incluso cuando está de mal humor.
Le encanta la pintura y siempre se mete en líos con su padre por pintar donde no debe. Siempre se defiende diciendo que la inspiración no se puede atar con una correa de perro, pero eso nunca convence a nadie.
— ¿Qué pasa, Sara?
— Quiero decir algo, pero no quiero que nadie lo sepa.
— No pasa nada, sé guardar secretos.
— Te quiero y me gustaría mucho que fueras mi madre.
Una lágrima entrometida se desliza por mis mejillas y la abrazo.
— Yo también te quiero mucho, traviesa, a ti y a tus hermanas.
— Manda tiene miedo de que nos abandones, pero yo sé que no lo harás, lo siento en mi corazón.
— Si depende de mí, os ataré a mi vida para siempre.
— Me gusta eso, creo que voy a pintar a Manda atada a una silla. — Me río, porque esta niña es realmente muy peculiar. — Quizás la convierta en un yoyó.
— No dejes que lo vea, o se enfadará mucho —declaro, volviendo a reunirnos con nuestro pequeño grupo.
Leo está parado cerca de una tienda, mirándonos a Sara y a mí, tiene una dulce sonrisa en los labios y creo que, aunque no le contemos lo que estábamos hablando, él lo sabe.
—¿Dónde están las niñas?
—Amanda ha llevado a Lívia al baño, han bebido mucho zumo.
— Está bien —digo y le doy un beso rápido—. Creo que voy a verlas. ¿Quieres ir al baño, Sara?
— No, me voy a quedar aquí con papá.
— Está bien, ahora vuelvo.
Corro al baño y encuentro a Lívia parada cerca de los espejos, con el ceño fruncido.
— ¿Qué pasa, Lívia?
— Iris. —Corre hacia mis brazos—. Qué bien que hayas venido, he perdido a Amanda.
— ¿Qué has hecho qué?
— Entré para hacer pis y ella se quedó sujetando la puerta, pero cuando salí ya no estaba. La esperé, pero se había esfumado.
Apoyo la mano en el lavabo, sintiendo cómo la sangre me late con fuerza en la cabeza. Esto no puede estar pasando.
— Ven, cariño, vamos a ver si ha vuelto con papá. — Cojo a Lívia de la mano, pero ella se queda parada.
—Nunca me deja sola en el baño, sabe que me da miedo quedarme encerrada.
— Vamos a buscarla.
Con las manos temblorosas, tiro de Lívia corriendo de vuelta hacia Leonardo y Sara. En cuanto me ve, sabe que algo va mal.
—¿Dónde está? —pregunta, encontrándonos en medio del camino.
— No lo sé —es todo lo que sale de mi boca.
Después de explicarle a Leo lo que me dijo Lívia, siento la energía vibrar a mi alrededor. Zeca aparece a mi lado y le agradezco su apoyo en este momento.
— ¿Qué pasa, naricita? Sentí tu miedo.
—Amanda ha desaparecido —susurro, y él mira a las chicas y a su alrededor, buscándola.
— Voy a buscarla, a ver si noto algo.
— Gracias.
Empezamos a buscar a Amanda por todas partes, Leonardo está desesperado, preguntando a todo el mundo que ve, mostrando su foto, mientras yo entro en las tiendas con las niñas, preguntando si alguien la ha visto.
Activamos la patrulla que está haciendo la ronda tan pronto como pasa por delante de nosotros.
—¿Qué ropa lleva puesta la niña? —pregunta el policía.
La imagen de Amanda me viene con fuerza a la mente.
— Un vestido blanco como el de Sara —explica Leo—. Pero sin la flor.
Un vestido blanco.
Vestido blanco.
Vestido blanco.
«No, no, no puede ser». Empiezo a temblar, sabiendo que he fallado.
Le he fallado a mi pequeña.