CAPÍTULO 19
Todo empezaba a tener sentido
“A veces creemos que Dios nos está preparando para un trabajo, cuando en realidad nos está preparando para una misión.”
Con el paso del tiempo, el restaurante dejó de ser únicamente el lugar donde ganaba un salario.
Se convirtió en una escuela.
Cada día aprendía algo nuevo.
No solo sobre el negocio.
Aprendía sobre las personas.
Descubrí que todos cargamos una historia que los demás no pueden ver.
El cliente que parecía impaciente podía estar viviendo el peor día de su vida.
El compañero que respondía con pocas palabras quizá estaba luchando contra un problema que nunca contaría.
Y entonces comprendí algo que cambiaría mi forma de relacionarme con el mundo.
Nunca sabemos qué batalla está librando la persona que tenemos delante.
Por eso decidí que, mientras dependiera de mí, intentaría que quienes trabajaran conmigo se sintieran vistos.
Yo sabía perfectamente lo que significaba pasar desapercibida.
Sabía lo que era esforzarse al máximo esperando que alguien creyera en uno.
Y también sabía cómo una sola palabra de aliento podía cambiar el rumbo de un día…
o de una vida.
Sin darme cuenta, empecé a parecerme un poco a Robin.
Cuando llegaba alguien nuevo, recordaba mis primeros días.
El miedo.
Las dudas.
El inglés que apenas salía.
La sensación de no pertenecer.
Entonces me acercaba.
Explicaba las cosas con calma.
Repetía una instrucción las veces que hiciera falta.
Sonreía.
Porque nunca olvidé cuánto había significado para mí que alguien tuviera paciencia.
Había momentos en los que me sorprendía escuchando mis propias palabras.
Y sonreía por dentro.
No porque fueran extraordinarias.
Sino porque reconocía en ellas la huella de todas las personas buenas que la vida había puesto en mi camino.
Comprendí que el amor también se aprende.
La confianza también se aprende.
La paciencia también se aprende.
Y quien ha recibido esos regalos tiene la responsabilidad de compartirlos.
Una tarde, mientras cerrábamos el restaurante, me quedé unos minutos sola.
Las mesas ya estaban limpias.
Las luces empezaban a apagarse.
El silencio llenaba el salón.
Miré alrededor y pensé en todo lo que había ocurrido desde que crucé la frontera.
Me vi sobre la arena del desierto.
Me vi llorando después de hablar con mi mamá.
Me vi saliendo de la casa de mi padre con otra maleta.
Me vi llegando empapada por la lluvia después de recorrer la ciudad en bicicleta.
Y después me vi allí.
De pie.
En un lugar que ya no me parecía extraño.
Por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de que pertenecía a algún sitio.
No porque aquel restaurante fuera mi destino final.
Sino porque, por fin, yo empezaba a sentirme en paz conmigo misma.
Aquella noche, al llegar a casa, me senté unos minutos antes de acostarme.
No encendí la televisión.
No miré el teléfono.
Solo me quedé en silencio.
Pensé en mi mamá.
Pensé en la promesa que le había hecho a Dios bajo el cielo del desierto.
Y una pregunta apareció en mi corazón.
“¿Será que todo aquello tenía un propósito?”
Años atrás jamás habría imaginado hacerme esa pregunta.
Antes solo quería que el dolor terminara.
Ahora empezaba a descubrir que, quizá, incluso el dolor podía convertirse en una herramienta para ayudar a otros.
Todavía no sabía hasta dónde me llevaría la vida.
No sabía que un día volvería a abrir mi corazón.
No sabía que el amor aparecería cuando menos lo esperaba.
No sabía que cumpliría la promesa de traer a Thalía.
No sabía que terminaría escribiendo estas páginas.
Pero una cosa ya era diferente.
Por primera vez desde que salí de Cuba, el futuro dejó de darme miedo.
Empezó a darme ilusión.
Y esa ilusión era una prueba silenciosa de que el corazón, incluso después de romperse muchas veces, siempre puede volver a aprender a soñar.