CAPÍTULO 2 #2
Venía de una niña que había crecido intentando que las personas no la abandonaran.
Que había aprendido que el amor había que ganárselo.
Que creía que querer significaba sacrificarse.
Y mientras más me sacrificaba...
Más me perdía.
Había días en los que me miraba al espejo y me costaba reconocerme.
No porque hubiera cambiado físicamente.
Sino porque mis ojos ya no brillaban igual.
La mujer que me devolvía el reflejo parecía vivir cansada.
Siempre alerta.
Siempre midiendo sus palabras.
Siempre intentando evitar un conflicto.
Como si caminar sobre cáscaras de huevo se hubiera convertido en una forma normal de vivir.
Y, sin embargo, cada mañana me levantaba y seguía.
Porque uno puede acostumbrarse a casi todo.
Incluso a sobrevivir dentro de una vida que ya no reconoce como propia.
Pero hubo alguien que nunca dejó de recordarme quién era.
No hablaba.
No podía decir una sola palabra.
Y, aun así, fue quien más me sostuvo durante aquellos años.
Se llamaba Luna.
Había alguien que nunca me pedía que fuera distinta.
Nunca esperaba más de mí.
Nunca me hacía sentir culpable.
Nunca me juzgaba por llorar.
Nunca me preguntaba por qué estaba triste.
Simplemente se acostaba a mi lado.
Y de alguna manera, sin decir una sola palabra, hacía que el mundo doliera un poco menos.
Se llamaba Luna.
Todavía hoy me cuesta hablar de ella sin que se me haga un nudo en la garganta.
Porque hay seres que llegan a nuestra vida para salvarnos de formas que nadie más entiende.
Y ella hizo exactamente eso.
Cuando llegaba a casa después de un mal día, siempre estaba esperándome.
No importaba cómo hubiera sido el día.
No importaba si yo sonreía delante de todo el mundo mientras por dentro me estaba rompiendo.
Ella siempre parecía saberlo.
Movía la cola con esa felicidad tan pura que solo tienen quienes aman sin condiciones.
Y durante unos minutos, mientras la abrazaba, podía olvidarme de todo lo demás.
Muchas personas dirán que era "solo una perrita".
Yo nunca pude verla así.
Luna fue mi refugio.
Mi lugar seguro.
Mi paz.
En una etapa donde sentía que cada vez ocupaba menos espacio en mi propia vida, ella me hacía sentir importante.
Como si mi sola presencia bastara para hacer feliz a alguien.
Y eso, aunque parezca pequeño, me sostuvo durante años.
A veces me sentaba en el piso con ella.
La abrazaba.
Le hablaba de cosas que nunca fui capaz de decirle a nadie.
Estoy segura de que no entendía mis palabras.
Pero entendía mis silencios.
Y eso era suficiente.
Muchas noches lloré abrazada a ella.
Mientras el resto del mundo dormía.
Ella nunca intentó arreglar mi vida.
Nunca podía hacerlo.
Pero permanecía allí.
Y, en aquellos años, descubrir que había alguien que simplemente permanecía... era un regalo inmenso.
Si hoy miro hacia atrás, entiendo que Luna fue el último rincón donde seguía existiendo la verdadera Anet.
La que todavía sabía reír.
La que todavía era capaz de sentir ternura.
La que aún no se había rendido del todo.
Sin ella, probablemente aquellos años habrían sido mucho más oscuros.
Y quizás por eso, cuando llegó el momento de marcharme de Cuba, una de las heridas más profundas no fue dejar mi casa.
Fue dejarla a ella.
Porque mientras hacía la maleta para comenzar un viaje del que no sabía si algún día regresaría, había unos ojos que me seguían por toda la casa sin entender por qué.
Y todavía hoy me pregunto si, de alguna manera, aquella noche ella supo que algo estaba a punto de cambiar para siempre.
Con el tiempo empecé a entender que muchas de las decisiones que había tomado en mi vida no nacían del amor.
Nacían del miedo.
Pero en ese momento no sabía ponerle ese nombre.
Para mí, todo seguía pareciendo una forma de querer.
Aunque doliera.
Aunque me confundiera.
Aunque me hiciera dudar de mí misma cada vez más.
Hubo una etapa en la que empecé a aceptar cosas que antes jamás habría aceptado.
No porque me parecieran normales.
Sino porque poco a poco fui perdiendo la referencia de lo que sí lo era.
Cuando uno pasa demasiado tiempo intentando evitar el abandono, empieza a negociar con su propio bienestar.
Empieza a decirse frases como:
“no es tan grave”
“puedo con esto”
“quizás estoy exagerando”
Y cada una de esas frases va moviendo un poco más el límite hacia un lugar donde ya no estás cómoda… pero te acostumbras.
La costumbre es peligrosa.
Porque no hace ruido.
No duele de golpe.
Simplemente te va cambiando sin que te des cuenta.
Yo no vi el momento exacto en el que dejé de ser la misma persona.
No hubo una ruptura clara.
No hubo una señal evidente.
Fue algo lento.
Como si alguien fuera apagando una luz poco a poco dentro de mí.
Hasta que un día te das cuenta de que ya no ves igual.
Ni sientes igual.
Ni reaccionas igual.
Pero sigues ahí.
Funcionando.
Cumpliendo.
Adaptándote.
Recuerdo días en los que me miraba desde afuera.
Como si estuviera viendo a otra persona vivir mi vida.
Una versión de mí que sonreía cuando debía sonreír.
Que callaba cuando era más fácil callar.
Que evitaba conflictos aunque por dentro estuviera incómoda.
Y lo más confuso de todo era que, desde afuera, nada parecía “tan malo”.
Pero por dentro… yo ya no estaba en paz.
Y aun así seguía.
Porque no sabía cómo parar.
Porque no sabía cómo salir.
Porque una parte de mí seguía creyendo que, si hacía todo bien, si era lo suficientemente paciente, si entendía lo suficiente, todo eventualmente iba a mejorar.
No entendía todavía que el amor no debería sentirse como una constante negociación contigo misma.
Ni como un esfuerzo por no desaparecer dentro de la relación.
Pero esa comprensión todavía no había llegado.
Estaba a punto de empezar el siguiente capítulo de mi vida sin saberlo.