Capítulo 24
A escasos metros, todavía en la acera, Diana vio a Christian subir al Lada. Inmediatamente después, el hombre de las rosas arrojó el ramo a una papelera y se introdujo en un sedán negro junto con los otros dos.
La caravana arrancó.
Diana corrió hacia la parada y abrió la puerta trasera del primer taxi disponible.
—Siga a ese sedán negro —ordenó en inglés, señalándolo con insistencia para hacerse entender.
El taxista parpadeó al ver el dinero, metió la primera marcha y aceleró.
El trayecto fue una tortura. Diana viajaba sentada en el borde del asiento.
Christian seguía a Volkov. Los tres hombres armados seguían al ruso sin que Christian lo supiera.
Y ella, desarmada y aislada, los seguía a todos, percibiendo con creciente inquietud la estructura completa de la emboscada.
A medida que dejaban atrás la ciudad y se adentraban en las explanadas industriales del puerto de Tallin, cercadas por alambre de espino y dominadas por grúas que se recortaban contra un cielo bajo y plomizo, el tráfico se hizo más denso.
En medio de la confusión de desvíos y contenedores, Diana perdió de vista el sedán negro de los tres hombres.
Un escalofrío le recorrió la nuca. Había perdido el control sobre el flanco más peligroso de la persecución y ahora avanzaba casi a ciegas.