Capítulo 18
La noche en casa de Gabriel
Trabajaron hasta las once. La verificación terminada. El artículo completo. Los documentos en tres lugares seguros.
Todo en orden. Excepto la tormenta que golpeaba los cristales con esa insistencia que Elena recordaba del prólogo del cuaderno de Gabriel.
Adrián estaba de pie junto a la ventana mirando la lluvia cuando Elena levantó la vista del ordenador. Lo observó sin que él lo supiera.
Había algo en su postura que era diferente al Adrián de trabajo. Los hombros más bajos. La mandíbula menos tensa. El Adrián de las once de la noche era una versión más destapada.
Elena lo encontró más difícil de ignorar que la versión tapada.
—Se nos ha hecho tarde —dijo.
—Sí. Está lloviendo mucho.
—Hay una habitación —dijo Elena—. La segunda puerta a la derecha.
—Lo sé. La usé de niño cuando me quedaba con Gabriel.
Esa información le hizo algo a Elena que no supo nombrar. La imagen de Adrián de niño en esa casa.
—Quédate —dijo. Sencillo. Sin dramatismo.
—De acuerdo.
Prepararon té. Se sentaron en el sofá grande. Hablaron de otras cosas, no de la investigación. Adrián le contó cómo había sido crecer entre archivos. Elena le contó cómo había sido querer contar historias que nadie más quería contar.
En algún momento la distancia en el sofá se había reducido de la manera en que ocurren las cosas que tienen su propia gravedad.
Fue Adrián quien se detuvo en medio de una frase. La miró desde muy cerca.
—Elena.
—Dime.
—Llevo días queriendo preguntarte algo.
—Pregunta.
Pausa. Breve pero completa.
—¿Puedo?
No especificó qué. No hacía falta.
Elena lo miró. Miró su cara a esa distancia corta. La manera en que lo decía sin decirlo del todo porque Adrián no hacía las cosas sin asegurarse de que estaban bien.
Eso era lo que hacía diferente esa pregunta de otras preguntas.
—Sí —dijo.
Adrián se inclinó hacia ella despacio. Sin prisa.
Cuando sus labios encontraron los de Elena la primera sensación fue de reconocimiento.
Como todo lo demás con él.
El beso fue lento. Del tipo que no tiene prisa porque no está compitiendo con nada. Elena puso la mano en su mandíbula sin pensarlo y sintió que algo en él se aflojaba definitivamente.
—Llevo desde el capítulo tres de este libro queriendo hacer eso —dijo él en voz baja.
Elena soltó una pequeña carcajada completamente honesta.
—¿El capítulo tres?
—El pasillo del auditorio. La fotografía de Gabriel encima de la mesa.
—¿Ahí ya?
—Ahí ya.
—Yo también —admitió Elena.
La lluvia seguía. La lámpara verde de Gabriel seguía encendida. Y ninguno de los dos habló de irse a dormir todavía.