EL VERBO #4
El taxi me dejó frente a un edificio en uno de los distritos más exclusivos de la ciudad. Toqué el timbre y escuché su voz por el intercomunicador.
—¿Noah?
—Hola... sí, el mismo.
—Sube, por favor.
Entré y tomé el ascensor. Ella ya me esperaba en la puerta. No sé si lo hizo a propósito, pero aunque en todos nuestros encuentros siempre había lucido esplendorosa, esta vez estaba sencillamente radiante. Me abrazó, me saludó con un beso en la mejilla y me invitó a pasar.
El departamento era completamente distinto al anterior.
Era más pequeño y de un estilo más austero, pero seguía siendo lujosísimo; era evidente que, a pesar de todo, ella no conocía otra forma de vida que no estuviera ligada a la alta cuna en la que había nacido.
Tenía ese toque inconfundible de Amanda en cada detalle: unas pocas flores frescas en un jarrón de cristal, un libro abierto boca abajo sobre la mesa —una novela en inglés cuyo título no alcancé a leer— y esa fragancia sutil que siempre la acompañaba y que yo habría reconocido entre mil perfumes.
Las paredes estaban casi desnudas, como si ella también estuviera de paso, lista para irse en cualquier momento.
Me fijé en que ya no tenía marcas evidentes de la golpiza.
Su rostro había recuperado esa simetría perfecta que la hacía parecer sacada de una pintura renacentista.
Solo si la mirabas con mucha atención —y yo la miraba con demasiada atención— podías notar una levísima cicatriz cerca de la sien izquierda, casi invisible, como una firma secreta que la violencia había dejado en su piel de porcelana.
Nos miramos durante unos segundos que contenían semanas enteras de experiencias compartidas: la valija, los encuentros, las revelaciones, el hotel, la sangre, el Verbo. Todo estaba ahí, concentrado en esa mirada silenciosa que decía más de lo que mil palabras podrían haber expresado.
—¿Vino o prefieres otra cosa para tomar? —preguntó.
—Lo que tú desees...
Sacó una botella de Merlot. Nos acomodamos en los sofás y, con las copas en la mano, comenzamos a charlar.
—¿Ya tienes todo listo?
—Sí, viajamos en un par de semanas. Todo está en orden. Al principio viviremos con mi suegra hasta que logremos establecernos. Apenas llegue allá, tendré que activar mi seguro social y empezar a buscar trabajo.
—Si quieres, puedes quedarte el tiempo que necesites en una casa que tengo allá; está muy cerca de la capital —ofreció con naturalidad.
—Gracias... muchísimas gracias, de verdad. Pero la dirección que usamos para los trámites migratorios ya está registrada.
—No te preocupes. Pero, por favor, cualquier cosa que necesites, solo pídemela.
Amanda tenía un sobre cerrado en la mano y me lo extendió.
—Por favor, no lo abras ahora... Hazlo cuando ya estés allá.
—Pero, ¿de qué se trata todo esto?
—Noah, por favor, al menos dame este gusto... y no preguntes más.
—Está bien... está bien —claudiqué, guardando el sobre en mi chaqueta—. Pero, ¿qué vas a hacer tú? ¿Ya has decidido a dónde ir?
—Sí. Me iré por un tiempo a los Estados Unidos, pero después me mudaré a Finlandia.
Me quedé boquiabierto.
—Amanda, no juegues así... ¿Es en serio?
—Sí, claro que sí —sonrió—. Voy a Estados Unidos porque me han ofrecido dar clases en una universidad. Sabes, quiero y necesito hacer algo de provecho con mi vida.
—¡Por supuesto! Te lo mereces. Creo que es una decisión maravillosa.
De pronto, mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Vi que era Mary. Me puse de pie y le pedí disculpas a Amanda; ella, comprensiva, asintió. Mi esposa llamaba para saber si ya estaba en camino, y tuve que decirle que estaba a punto de salir. Colgué y miré a Amanda.
—Tengo que irme. Pero antes de cruzar esa puerta, quiero agradecerte por todo.
Eres lo mejor que me ha pasado en la vida después de mi familia.
Estoy convencido de que todo este infierno ocurrió por un motivo mayor...
y me hace inmensamente feliz ver cómo tu vida ha cambiado.
Aún eres muy joven, Amanda. Cómo desearía verte algún día formando tu propia familia...
serías la madre más hermosa de toda la Tierra. Y no exagero.
Ella me miró con una dulzura tan profunda que sentí que me derretía por dentro.
—Noah, esta no es una despedida. Nos volveremos a ver pronto. Y sí... ahora que todo cambió, me voy a dar la oportunidad de tener mi propia familia. Me hubiese encantado tenerla contigo, creo que eso lo sabes de sobra; pero también entiendo y respeto que tú ya tienes la tuya.
No supe qué responder. Las palabras se me atascaron en la garganta.
Solo me levanté del sofá y ella imitó mi gesto.
Me acompañó hasta la puerta, nos fundimos en un último y apretado abrazo, y ella me besó la mejilla con profundo respeto.
Sentí que las lágrimas se me escapaban, abrumado por la absurda idea de que quizás no volvería a verla nunca más.
—No llores, por favor, que me rompes el alma... no es justo, Noah —susurró, mientras sus propios ojos se llenaban de lágrimas.
—Perdóname... es que eres muy importante para mí.
Caminé unos pasos hacia el ascensor. Ella seguía parada en el umbral. Volteé por última vez, le envié un beso volado y, finalmente, me regaló una enorme sonrisa.