Capítulo 19. La casa junto al mar
Eleanor permaneció junto a la ventana mientras la lluvia golpeaba los cristales de la casa.
Julian estaba detrás de ella, en silencio, y Thomas se había retirado para dejarle tiempo para asimilar la revelación.
Durante toda su vida había creído conocer a su madre, recordar su rostro, su voz y la historia de su muerte, pero ahora aquellos recuerdos comenzaban a parecerle inseguros, como si incluso las imágenes más íntimas de su infancia pudieran haber sido construidas sobre una mentira.
—¿Crees que es cierto? —preguntó finalmente.
Julian tardó en responder.
—No lo sé.
Eleanor cerró los ojos.
—Odio esa respuesta.
—Lo sé.
—Necesito que me digas que Thomas se equivoca.
—No puedo mentirte.
Aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba. Julian había desaparecido una vez de su vida creyendo que el silencio podía protegerla y ahora se negaba a repetir aquel error.
—Entonces ayúdame a descubrir quién era mi madre.
Julian tomó su mano.
—Lo haré.
Los documentos encontrados entre las pertenencias de Edmund contenían una anomalía que no podía ser ignorada.
Existía un registro de defunción correspondiente a una mujer cuyo nombre coincidía con el de la madre de Eleanor, pero la descripción física no era exactamente la misma que figuraba en los documentos familiares.
Además, aquella mujer había sido enterrada en una pequeña localidad costera de Sussex, mientras que la versión oficial sostenía que la madre de Eleanor había muerto en Londres.
Pero había algo todavía más extraño: el registro estaba fechado en noviembre de 1881, un mes antes de la fecha en que Eleanor había creído que su madre había muerto.
—Entonces ¿quién murió en noviembre? —preguntó Eleanor.
Thomas no pudo responder.
Julian sí tomó una decisión.
—Tenemos que ir allí.
Eleanor comprendió que el lugar donde estaba enterrada aquella mujer podía contener la respuesta que llevaba toda una vida buscando. Tenía miedo de descubrir una verdad capaz de destruir sus últimos recuerdos, pero también sabía que no podía seguir viviendo entre preguntas.
—¿Y si no quiero encontrarla? —preguntó.
—Entonces no iremos.
—¿Y si después me arrepiento?
—Volveremos.
Eleanor lo miró durante unos instantes y comprendió que, por primera vez, Julian no estaba intentando decidir por ella. No le ofrecía seguridad, porque ya sabía que la seguridad podía ser una ilusión. Le ofrecía algo mucho más importante: la libertad de elegir.
—Vamos —dijo.
El viaje hacia la costa comenzó dos días después.
Londres quedó atrás mientras el carruaje avanzaba hacia los campos húmedos y los caminos cada vez más solitarios de Sussex.
Thomas viajaba en otro carruaje y Eleanor permaneció junto a Julian durante buena parte del trayecto, pensando en la mujer que había considerado su madre y en el temor de descubrir que sus recuerdos podían pertenecer a alguien completamente distinto.
—Tengo miedo —confesó.
Julian la miró.
—¿De qué?
—De descubrir que nunca conocí a mi madre. De descubrir que todo lo que recuerdo es falso.
Julian negó lentamente.
—Aunque la mujer que recuerdas no fuera quien creías, lo que sentiste por ella sigue siendo verdadero.
Eleanor volvió la mirada hacia la ventana.
—Eso es lo que más me asusta. Que alguien pueda cambiar la verdad y no pueda cambiar lo que sentimos.
Julian comprendió que aquella frase no hablaba únicamente de su madre. Hablaba también de ellos.
Durante un largo rato viajaron en silencio, hasta que Eleanor le pidió que le contara nuevamente lo ocurrido en la Navidad de 1879.
Julian le había explicado los hechos, pero nunca le había contado lo que había sentido.
Finalmente confesó que, poco antes de su huida, alguien había intentado provocar un accidente con su caballo y después había recibido una amenaza contra Eleanor.
La carta que recibió aquella noche aseguraba que si escapaba con ella, moriría.
Julian, aterrorizado, había decidido desaparecer para protegerla.
—Pensé que si creías que te había abandonado, me olvidarías —dijo.
—No me olvidaste.
—Lo sé.
Julian le confesó entonces que la había visto en Londres en 1883, saliendo de una iglesia. Eleanor estaba sonriendo y él había decidido no acercarse.
—¿Por qué?
—Porque estabas sonriendo. Pensé que quizá estabas empezando a vivir.
Eleanor comprendió que, una vez más, Julian había decidido por ella. Había creído que alejarse era una forma de protegerla, sin comprender que también podía ser una forma de destruirla.
—Eras un hombre terrible.
Julian sonrió con tristeza.
—Lo sé.
—Y yo era una mujer muy estúpida.
—No. Porque seguiste amándome.
Eleanor bajó la mirada.
—Eso no siempre es una virtud.
—No. Pero en nuestro caso fue la única razón por la que volvimos a encontrarnos.
Llegaron a la costa al anochecer. El pequeño pueblo se extendía sobre una pendiente que descendía hacia un mar gris y oscuro.
El viento soplaba desde los acantilados y llevaba consigo el olor salado del océano.
Eleanor contempló el paisaje con una extraña sensación de familiaridad, como si alguna parte de su memoria hubiera conocido aquel lugar antes que ella.
El cementerio se encontraba detrás de una iglesia antigua. El párroco, después de escuchar las explicaciones de Thomas, consultó los registros y los condujo entre las lápidas hasta detenerse ante una tumba.
Eleanor observó la inscripción.
El nombre no era el de su madre.
Era el de otra mujer.
—¿Quién es?
El sacerdote la miró con extrañeza.
—La hermana de su madre.
Eleanor sintió que Julian le tomaba la mano.
—¿Mi madre tenía una hermana?
—Sí.
El sacerdote pronunció el nombre y Eleanor reconoció inmediatamente la inicial que había aparecido en la carta que había encontrado entre los documentos relacionados con Blackthorn. La conexión que durante tanto tiempo había permanecido oculta comenzaba a revelarse.
La mujer había muerto en noviembre de 1881.
Pero entonces el sacerdote pronunció una verdad todavía más terrible.
—Era la verdadera madre de Eleanor.
El mundo pareció detenerse.
La mujer que Eleanor había conocido como su madre era, en realidad, su tía. Su verdadera madre había muerto después de darle a luz y su padre había decidido criarla como si fuera hija de la mujer que había conocido durante toda su infancia.
Eleanor sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
El sacerdote bajó la mirada.
—Porque su madre no murió sola.
Eleanor levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Fue asesinada.
El sacerdote explicó que nunca se había descubierto quién había cometido el crimen, pero que el padre de Eleanor conocía la verdad. Había ocultado la identidad de su verdadera madre porque el hombre responsable de su muerte también había intentado matar a Eleanor cuando era una niña.
—Su madre murió para salvarla —dijo el sacerdote—. Y su padre hizo todo lo posible para que nadie supiera quién era usted realmente.
Eleanor apenas podía respirar.
—¿Por qué?
La respuesta volvió a conducirlos hacia el mismo lugar del que creían haber escapado.
—Porque su madre era la única persona que conocía el verdadero origen de la conspiración.
Julian levantó la mirada.
—¿Qué conspiración?
El sacerdote lo observó.
—La misma que provocó la muerte de Margaret Bell.
Eleanor sintió que todo volvía a unirse ante ella. Blackthorn, Margaret, Thomas, Edmund, Julian y ahora su verdadera madre formaban parte de una historia mucho más antigua de lo que había imaginado. Una historia que no había comenzado en la Navidad de 1879, sino muchos años antes.
Entonces el sacerdote sacó un pequeño sobre.
—Su madre me pidió que se lo entregara si alguna vez regresaba.
Eleanor lo miró con incredulidad.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Antes de morir?
El sacerdote negó.
—Después.
Eleanor sintió que el corazón se detenía.
—¿Después de morir?
El sacerdote no respondió.
Eleanor comprendió la verdad antes de que nadie pudiera pronunciarla.
—Mi madre no murió.
El anciano permaneció en silencio.
Con las manos temblorosas, Eleanor abrió el sobre. En su interior había una carta escrita con una letra que nunca había visto, aunque, de algún modo, le resultaba familiar.
Para mi hija, cuando finalmente esté preparada para saber quién soy.
Julian se acercó.
—¿Quieres que esté contigo?
Eleanor lo miró.
—Sí.
Thomas se colocó a su lado.
—Yo también.
Eleanor comenzó a leer.
Mi querida Eleanor:
Si estás leyendo estas palabras, significa que tu padre finalmente ha muerto, que Blackthorn ha dejado de guardar sus secretos y que el hombre al que amaste en 1879 ha regresado a tu vida.
Eleanor levantó la mirada hacia Julian, que había palidecido.
La carta continuaba:
No sé cuánto tiempo me queda. Tampoco sé si alguna vez tendrás la oportunidad de conocerme. Pero debes saber una cosa antes de todo lo demás.
Eleanor sintió que las manos le temblaban.
Yo no te abandoné.
Las lágrimas cayeron sobre el papel. Después leyó las siguientes palabras:
Tu padre tampoco quiso abandonarte.
Y entonces llegó una frase que hizo que Julian perdiera el color del rostro.
Y Julian Blackwood nunca fue el hombre que tú creíste que era.
Eleanor levantó lentamente la mirada. Thomas permaneció inmóvil. Pero la carta todavía guardaba una última revelación.
Existe un hombre que ha estado observando tu vida desde aquella Navidad de 1879.
La advertencia final era todavía más inquietante.
Y ese hombre sabe que ahora conoces la verdad.
Eleanor dejó caer lentamente la carta. A lo lejos, entre la niebla, una figura permanecía inmóvil junto a los acantilados.
Julian siguió su mirada.
—¿Quién es?
Eleanor no respondió. La figura desapareció entre la niebla.
Julian dio un paso hacia delante.
—Tenemos que irnos.
—No.
Eleanor volvió la mirada hacia el mar. Había pasado toda su vida huyendo de personas que habían decidido por ella quién debía ser, qué debía saber y qué verdades podía soportar. Ahora ya no estaba dispuesta a permitir que nadie volviera a hacerlo.
—Quiero encontrar a mi madre.
Julian se acercó.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces iremos juntos.
—¿Y si es peligroso?
Eleanor sostuvo su mirada.
—Lo será.
—¿Y si no regresamos?
Eleanor tomó su mano.
—Entonces no volveremos a separarnos.
El mar rugía al pie de los acantilados mientras la niebla cubría lentamente la costa.
Eleanor había creído que su historia terminaba cuando renunció a Blackthorn, pero ahora comprendía que la casa no había sido el final de su pasado, sino apenas el comienzo de una verdad mucho más profunda.
Tenía que encontrar a la mujer que la había traído al mundo, descubrir por qué había sido obligada a desaparecer y averiguar quién había intentado matarla.
Pero, sobre todo, necesitaba comprender por qué aquella persona había esperado doce años para regresar a su vida.
—¿Vienes conmigo? —preguntó a Julian.
Él sonrió.
—Esta vez no tendrás que preguntarlo.
—¿Por qué?
Julian levantó su mano y besó sus dedos.
—Porque ya no sé cómo marcharme de ti.
Eleanor apoyó la cabeza sobre su hombro y juntos contemplaron el mar.
Muy lejos de allí, en una casa blanca situada al borde de los acantilados, una mujer permanecía junto a una ventana.
Tenía el cabello completamente blanco y el rostro envejecido por los años, pero sus ojos conservaban la misma mirada que Eleanor había visto una sola vez en un recuerdo de infancia.
Sostenía entre las manos una fotografía antigua en la que aparecían una joven, una niña y un hombre.
La mujer miró hacia el camino. Sabía que Eleanor había llegado. Sabía que había descubierto la verdad. Y sabía que ya no podía seguir escondiéndose.
Durante doce años había esperado aquel momento, pero no era la única persona que lo había esperado.
Al otro lado de la casa, detrás de una puerta cerrada, había un hombre que conocía a Eleanor desde antes de que ella pudiera recordarlo, un hombre que había estado presente en la Navidad de 1879 y que conocía el secreto de su nacimiento. Ahora sabía que Eleanor estaba a punto de descubrirlo todo.
El hombre sonrió. Había llegado el momento de terminar lo que había comenzado doce años atrás. Y esta vez no permitiría que nadie escapara.