Decirlo completo #2
La decepción fue inmediata. Había esperado otra conversación, una que no empezara por cómo demostrar que mi decisión era viable.
Mi padre debió de reconocerlo en mi cara.
—No quiero decir que solo importe eso —añadió.
Se sentó y me invitó a hacer lo mismo.
Durante un rato hablamos de dinero con una honestidad que me sorprendió. Me preguntó qué tenía ahorrado y qué gastos estaba calculando. No le enseñé toda mi cuenta ni le pedí que aprobara el presupuesto. Le conté lo necesario para que dejara de imaginar que iba a marcharme sin pensar.
Él señaló dos cosas que no había considerado. Las anoté.
Podía aceptar una ayuda concreta sin entregarle la decisión entera.
Después guardé la libreta.
—También necesito que puedas escuchar que no quiero seguir —dije—. Aunque el primer trabajo que encuentre no te parezca tan importante.
Mi padre miró sus manos.
—No creo que un trabajo valga menos.
—A veces parece que bailar es la única cosa que puedo hacer sin tener que justificarla.
Tardó en contestar.
—Nos acostumbramos a pensar que era lo que querías.
—Durante mucho tiempo lo fue.
Asintió. No dijo que entonces no entendía por qué había cambiado. Agradecí que dejara esa pregunta quieta.
Mamá pasó por el pasillo y no entró. La vi detenerse un instante y seguir. No quise llamarla para obligar a los tres a terminar una conversación que apenas empezábamos.
Mi padre me preguntó si quería que revisara el currículum cuando lo tuviera.
—Quizá —respondí—. Primero quiero hacerlo yo.
—Bien.
Me levanté con una sensación extraña. No habíamos resuelto el desacuerdo familiar, pero había podido decir que sí a una parte de su ayuda y no a otra. No todo tenía que convertirse en aceptar o rechazar a una persona entera.
En mi habitación encontré un mensaje de la compañía de Berlín. Agradecían que hubiera respondido y me deseaban suerte. No insistían, no pedían una explicación adicional, no anunciaban que acababa de arruinar mi futuro.
Lo leí varias veces.
El mundo podía aceptar una negativa con más facilidad que mi propia cabeza.
Guardé el correo en una carpeta. No lo borré para fingir que la oportunidad no había existido. Quería recordar que había elegido, con miedo y con información incompleta, algo que necesitaba.
Después abrí el documento donde había empezado a describir mis tareas fuera del escenario. Ya no era un ensayo privado de una vida posible. Tenía que enviarlo a alguien.
Por la noche envié solicitudes de empleo.
Antes de pulsar el primer botón, leí cada frase como si un error pudiera demostrar que fuera de la danza no servía para nada. Cambié tres veces el orden de dos tareas. Añadí un adjetivo, lo quité y volví a ponerlo.
Nora, conectada por videollamada, esperó hasta que terminé la tercera revisión.
—¿Hay algo falso? —preguntó.
—No.
—¿Falta algo obligatorio?
—No creo.
—Entonces envía una.
—Puedo mejorar la carta.
—Seguro. También puedes mejorarla después de enviarla hasta que cierre la vacante.
La miré con fastidio. Ella levantó las manos.
—Decide tú.
Esa devolución de la responsabilidad me dejó sin una persona contra la que rebelarme. Respiré y envié la solicitud al centro de idiomas.
No sonó ninguna música. La pantalla mostró un mensaje automático de recepción.
—Ya está —dije.
—Una —respondió Nora—. No toda tu vida.
Envié las otras dos antes de perder el impulso. Después cerré los archivos y anoté las fechas para no revisar el correo cada cinco minutos.
—¿Quieres que hablemos de la habitación? —preguntó.
Revisamos el alquiler, los gastos y la fecha aproximada. Le dije cuánto podía pagar sin usar todo el saldo del estreno y cuánto necesitaba reservar. Nora no ofreció reducir la cifra por amistad. Yo agradecí que el acuerdo pudiera sostenerse sin una deuda emocional imposible de medir.
—Si consigues trabajo, podemos fijar el veintitrés —dijo.
—Y si no lo consigo, te aviso antes del final de mes.
—Eso.
Al colgar, miré las tres confirmaciones. Ninguna prometía una entrevista. Aun así, había realizado una acción que no dependía de que mi madre comprendiera mi decisión ni de que Lukas dejara de temerla.
Preparé la ropa para el día siguiente y no practiqué respuestas frente al espejo.
Al principio mi currículum parecía pertenecer a otra persona. Había trabajo, disciplina, organización de horarios y colaboración, pero todo estaba escrito para convencer a alguien de que me dejara bailar.
Nora me ayudó a cambiar la forma de contarlo. No inventamos experiencia. Describimos tareas que sí había hecho y habilidades que podían servir fuera del escenario.
Encontré una vacante administrativa en un centro de idiomas. Guardé la información y preparé una solicitud. También otras dos. No quería convertir una sola respuesta en la prueba de que mi decisión había sido correcta.
Nora me llamó después.
—¿Quieres que cierre lo de la habitación? —preguntó.
Miré mis cuentas. Podía sostener un comienzo con los ahorros y el saldo del encargo, si vigilaba los gastos y encontraba ingreso. No era una seguridad completa. Era una decisión que podía medir.
—Quiero —dije—. Pero hablemos de la fecha de entrada.
Acordamos dejarla por escrito y revisar los gastos antes de comprometernos del todo. Esa conversación no me hizo sentir pequeña.
Cuando cerré el portátil había un mensaje de Lukas.
Teresa va a hablar con Mira Hofer. Te contaré lo que acordemos antes de cambiar nada de tu trabajo.
Le respondí gracias.
Después lloré un rato, sola en mi habitación. Cuando me calmé, las tres solicitudes seguían enviadas.