La última línea (Los del hielo 4) Capítulo decimotercero — El correo #3
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Capítulo decimotercero — El correo #3

Apagué la luz de la cocina. En la oscuridad del pasillo, la casa sonaba como sonaba siempre: la nevera, el radiador, el silencio gordo de mi madre ausente. Y en el piso de arriba, un chico de veinte años esperaba con un pasaporte y una decisión que valía dos países.

Subí. Él seguía en el borde de la cama, el pasaporte ya cerrado, el portátil apagado. Me esperaba con la luz baja y la cara de un niño grande.

Nos tumbamos encima de la colcha, vestidos, uno al lado del otro, mirando el techo del desván.

La veta de la madera que parecía un palo de hockey, me dijo.

Se la enseñé yo a él, bromeando: parecía una señal de dirección prohibida.

Nos reímos de las dos cosas, y al reírnos la mano que le sujetaba dejó de estar fría.

Lo que pasó después pasó despacio, y con permiso, y sin ninguna regla que lo cubriera, y por eso mismo fue distinto de todo lo que me había pasado antes.

Él me besó como para las cosas importantes: sin prisa, con la atención completa de un hombre acostumbrado a que los segundos cuenten.

Yo le desabroché la camisa del viaje con los dedos torpes de las dos y media de la mañana, y él me quitó la camiseta de las Auroras con una reverencia absurda, doblándola encima de la silla cual camiseta de partido, y eso me dio una risa boba que se convirtió en otra cosa cuando su boca bajó por mi cuello.

El desván era pequeño. La cama era estrecha. Todo crujía: la cama, el suelo, la escalera en la distancia, y a las dos y cuarenta y cinco de la mañana ninguno de los dos tenía ya ninguna casa que defender, ninguna frontera, ningún piso de la nevera innegociable.

Aprendí cosas de él aquella noche que no estaban en ninguna pizarra.

Que tenía una cicatriz pequeña en la ceja, de un palo a los dieciséis.

Que se le erizaba la piel en la espalda baja.

Que cerraba los ojos fuerte cuando algo le gustaba, con ganas de guardarlo, y los abría de golpe para comprobar que seguía ahí.

Que decía mi nombre en finés, con la i larga, y que mi nombre en su boca era otra palabra, mejor.

Él aprendió las mías. Que me reía de los nervios. Que mandaba. Que dejaba de mandar cuando alguien me miraba a los ojos el tiempo suficiente sin apartarse. Que llevaba años durmiendo sola en una casa llena de horarios y que nadie me había tocado nunca como se toca algo que se quiere conservar.

Él tenía las manos grandes y torpes y cuidadosas, manos de portero, manos de cerrar huecos, y me tocaba como si yo fuera a romperme y a la vez como si fuera el único objeto sólido de la habitación.

Yo le enseñé dónde estaba todo, con la franqueza de las personas de sistemas: así, aquí, despacio, ahí.

Los dos éramos de protocolos. Resulta que los protocolos, en la cama, funcionan mejor que la pasión desordenada.

Resulta que saber lo que se quiere y decirlo es más valiente que fingir que no se sabe.

Hubo un momento —lo recuerdo con la claridad de los tiros que entran— en que me quedé mirándolo por encima del hombro, con la luz baja y el techo del desván encima, y pensé: esta es la casilla que faltaba.

La de la pizarra que nadie escribía. La del turno propio.

Y después dejé de pensar, que era lo que necesitaba desde febrero.

Después, con la respiración ya quieta y la ventana empañada, me quedé dormida sobre su pecho un rato. Me desperté a las tres. Él estaba despierto, mirando el techo, acariciándome el pelo con la mano libre, como se acaricia a alguien que todavía no es costumbre.

—¿Has dormido algo? —dije.

—No —dijo—. Estaba decidiendo.

—¿Y?

No contestó enseguida. Miró la medalla dada la vuelta en la pared. Miró el pasaporte cerrado. Miró la puerta del desván, cerrada, con su trazo de luz bajo la madera.

—En Espoo nadie vino —dijo—. Aquí tú subes con cervezas a las dos de la mañana. No es una decisión, Dani. Es una cuenta.

—¿Y cómo sale la cuenta?

—Sale que esta noche juego —dijo.

No dijo más. No hacía falta. Me quedé unos minutos más, y antes de bajar a mi piso me detuve en la puerta del desván y lo miré: el chico del taxi, el de la portería firmada a mano, el de los veinte años y las tres vidas, dormido por fin con la cara suelta y la mano en mi almohada.

Bajé la escalera despacio. Tercer peldaño, séptimo peldaño.

En la cocina, la pizarra esperaba con su puerta dibujada.

Miré la casilla del treinta y uno a la luz de la nevera abierta y pensé en todo lo que iba a pasar en las próximas veinticuatro horas: un quinto partido, un pabellón hasta la bandera, una verdad pendiente de entrega, y un chico que había quemado sus naves por una casa de dos plantas y una escalera que crujía.

Yo no había quemado nunca ninguna nave. Yo era de esas personas que guardan el billete de vuelta en el bolsillo, por si acaso. Aquella madrugada, por primera vez, miré el bolsillo y no encontré nada. No tenía billete de vuelta. No quería tenerlo.

El vuelo de las seis y cuarenta salía en menos de cuatro horas.

Y él ya había decidido no estar en él.