La última frontera PABLO Berlín Occidental, 9 de noviembre de 1989 #2
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PABLO Berlín Occidental, 9 de noviembre de 1989 #2

No sabía qué futuro nos esperaba, pero no podía dejar que la oportunidad se desvaneciera.

Tenía que quedarme, aunque la incertidumbre me consumiera.

Hugo estaba en algún lugar de Berlín, y yo haría lo que fuera necesario para encontrarlo, para cumplir con la promesa que nos unía a través de los años y el sufrimiento.

La caída del muro era solo el comienzo, y yo estaba decidido a ser parte de ese nuevo mundo.

A medida que me acercaba a la Puerta de Brandeburgo, mi corazón latía con fuerza, como si estuviera a punto de salirse de mi pecho.

La gente a mi alrededor gritaba y lloraba de alegría, arrancando pedazos del muro, pero yo solo podía pensar en una cosa: en Hugo, en si cumpliría su promesa.

Cada paso que daba me acercaba más a ese lugar donde habíamos pactado vernos.

Y, cuanto más me acercaba, más sentía el peso de los años, de la incertidumbre, de no saber si aún estaba vivo.

Cuando finalmente llegué a la Puerta, el aire frío me golpeó el rostro.

La multitud seguía creciendo, pero yo apenas la notaba.

Me quedé allí, durante horas. Fueron muchas.

Y el frío me iba calando los huesos bajo mi abrigo de paño azul marino y congelando mis pantalones de pana.

El gentío seguía agolpándose a mi alrededor, riendo, llorando, abrazándose.

Pero yo estaba sumido en un silencio que solo yo podía escuchar.

La alegría de los demás contrastaba con la angustia que sentía en mi pecho, una mezcla de esperanza y desesperación que me mantenía anclado en el mismo lugar.

De vez en cuando, apretaba los puños tratando de devolver el calor a las yemas de los dedos helados.

El paso del tiempo se volvía irrelevante.

Miraba cómo la gente corría hacia el muro, rompiendo el cemento y las cadenas de un pasado que había marcado nuestras vidas.

La euforia era contagiosa, pero yo seguía atrapado en la espera.

Cada rostro que se acercaba, cada abrazo que se compartía, era un recordatorio de lo que había perdido y de lo que aún anhelaba.

Recorría el lugar con la mirada, buscando entre la multitud.

La gente alzaba pancartas y cantaba, pero yo no podía unirme a sus celebraciones.

Mi mente estaba fija en una promesa no cumplida, una promesa hecha en medio de la desesperación: encontrarme con Hugo.

La imagen de su rostro se mezclaba con los recuerdos de nuestra última noche juntos, la intensidad de su mirada, el roce de sus manos.

Me preguntaba si él también estaría allí, en algún lugar entre esa marea de personas, o si habría encontrado su propio camino en este nuevo mundo.

El viento helado soplaba con fuerza y el murmullo de las voces se convertía en un eco lejano.

Cada vez que veía a alguien que se parecía a él, mi corazón se aceleraba.

Pero eran solo sombras, ilusiones que se desvanecían tan pronto como me acercaba.

La desesperación empezaba a hacer mella en mí y cada segundo que pasaba sin verlo se sentía como un golpe en el estómago.

La emoción de la noche, la posibilidad de un nuevo comienzo se veía oscurecida por la incertidumbre.

La gente seguía rompiendo el muro y, a medida que caían las últimas piedras, la esperanza renacía en cada uno de ellos.

Sin embargo, mi propio muro seguía en pie, una barrera invisible que me mantenía alejado de lo que más deseaba.

Miraba a mi alrededor, escudriñando cada rostro, buscando en medio de la euforia una mirada que no había olvidado. Y, entonces, lo vi.

Hugo estaba allí, de pie, entre la gente, con las manos en los bolsillos.

Apenas había cambiado, aunque los años y el sufrimiento se notaban en sus ojos, en las arrugas de las comisuras de los labios y en las de la frente.

Ahora tenía el pelo completamente gris, como yo, pero mucho más largo con sus rizos.

Nos miramos a través del gentío y, por un momento, todo se detuvo.

El ruido, las celebraciones, el bullicio del mundo que se derrumbaba a nuestro alrededor…

todo desapareció. Solo existíamos él y yo, él envuelto en un abrigo negro desgastado y con las ojeras oscuras marcando su rostro, pero fue como si los veintidós años de separación se hubieran desvanecido con la caída del muro.

Empecé a caminar hacia él, rápido, casi corriendo, mientras una mezcla de alivio y de dolor me oprimía el pecho.

Él caminó mucho m ás, como si ya no pudiera correr.

Cuando llegué a su lado nos quedamos quietos, mirándonos como aquella última vez, sin palabras.

No eran necesarias. Estábamos ahí, cumpliendo una promesa que había sido nuestra única esperanza.

—Te lo prometí —murmuré, con la voz quebrada.

Hugo me miró, sonriendo suavemente, una sonrisa cargada de todo lo que habíamos perdido, pero también de todo lo que habíamos ganado solo por estar ahí. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas y no pude evitar contagiarme.

—Y aquí estamos —respondió, con una calma que me desarmó—. Después de todo este tiempo…

Levanté mi mano, rozando la suya, como aquella noche en el túnel, cuando no pudimos despedirnos como queríamos.

Cuando no pude darle lo que le había prometido.

La protección, el cariño, el amor lejos de todo aquello.

Pero, esta vez, no había barreras. El muro estaba cayendo y, con él, también los que nos habían separado.

Nos abrazamos, finalmente, bajo la Puerta de Brandeburgo, mientras a nuestro alrededor el mundo se transformaba. El Muro de Berlín caía, y con él, todos los miedos y silencios que nos habían mantenido alejados durante tantos años.

Al separarnos, miré sus ojos y supe que él también pensaba lo mismo: que todo lo que habíamos hecho nos había traído hasta allí, hasta ese instante en el que el mundo parecía derrumbarse solo para darnos una segunda oportunidad.

—¿Y ahora? —pregunté.

Hugo miró hacia el Este, hacia lo que había sido su prisión y su hogar, y luego de nuevo hacia mí.

—Ahora… empezamos de nuevo —dijo, casi en un suspiro—. Ha caído la última frontera. Al fin.

Lo tomé de la mano y caminamos entre la multitud.

Los reflectores iluminaban los rostros, la nieve comenzaba a caer despacio, mezclándose con el polvo del muro que flotaba en el aire.

Por un instante, pensé que aquello era un sueño: el fin de algo y el comienzo de todo lo que alguna vez habíamos imaginado.

Nunca supe si el futuro nos dio el tiempo suficiente. Pero aquella noche, bajo las luces de Berlín, cuando el mundo se abría como una herida que por fin sanaba, comprendí que, al menos por un instante, habíamos vencido.

—Te quiero —me susurró al oído.

Y el mundo a mi alrededor se detuvo. Como si nada hubiera pasado.

Como si acabáramos de bajar de aquel tren en París.

Como si siguiéramos entre las sábanas blancas de mi estudio en Barcelona, yo tumbado con mi dedo índice perfilando cada rasgo de su cara.

Habían transcurrido los años, habíamos envejecido y nunca volveríamos a ser tan jóvenes como antes, pero fue como si el bullicio de la multitud se desvaneciera y todo lo que importaba se concentrara en esas dos palabras.

La calidez de su aliento me recorrió la piel y me hizo olvidar por un momento el frío que me calaba los huesos.

Querer, querer, querer. Porque para eso sirve el corazón, ¿no? Porque, si el corazón se aburre de querer, ¿para qué sirve?