HUGO Moscú, marzo de 1953 #3
Entre las visitas de estos civiles, Vlad y Mikhail seguían siendo una presencia regular en mi vida.
Habían ascendido mucho tras la guerra, y ahora, cada vez que venían a verme, ya no eran los jóvenes oficiales que había conocido.
Vlad, en particular, había formado una familia.
Su esposa, Ivanova, era una mujer de carácter fuerte, con una risa fácil y una mirada astuta.
Habían tenido dos hijos, Pavel y Katya, y a menudo traían a los pequeños al estudio, aunque aquella mujer prefería que no se quedaran mucho tiempo.
«No quiero que se ensucien con la pintura», solía decirme con una sonrisa.
Pero era evidente que lo decía en broma; sus hijos adoraban quedarse y mirar cómo iba dando forma a los retratos.
Había algo extraño en verlos tan relajados, tan seguros de su poder, mientras el resto de nosotros vivíamos en una especie de limbo.
Pero, incluso con su cercanía, yo sabía que nunca debía bajar la guardia.
Por mucho que se hubieran convertido en parte de nuestras vidas, el sistema que representaban era el mismo que podía destruir todo lo que habíamos construido si alguna vez descubrieran mi pasado, mi verdadera identidad.
Una tarde de otoño, cuando el viento soplaba frío pero aún no había nieve en las calles, Vlad vino con su familia.
Pavel, el mayor, tenía alrededor de cinco años y era un niño curioso, siempre me hacía preguntas sobre todo lo que encontraba en el estudio.
Esa vez, mientras trabajaba en un retrato de Ana, Pavel se acercó con su mirada inquisitiva y me preguntó:
—¿Por qué pintas a la gente? ¿Qué hacen los retratos?
Lo miré un momento, sorprendido por la pregunta, pero, antes de que pudiera responder, Vlad, sentado en una silla junto a la ventana, intervino:
—Los retratos hacen que la gente no se olvide, Pavel. Nos recuerdan quiénes somos y quiénes fuimos.
Vlad y Mikhail, aunque me visitaban regularmente, no hablaban mucho de sus trabajos en el gobierno.
Sabía que ambos estaban involucrados en posiciones de poder, pero era evidente que esa parte de sus vidas quedaba fuera de nuestras conversaciones.
En cambio, compartíamos anécdotas triviales, hablábamos del tiempo, del crecimiento de los niños, de lo que ocurría en las calles de Moscú, una ciudad que, después de Stalin, seguía buscando su propio equilibrio.
Mientras tanto, yo pintaba, retrataba rostros y encontraba en esa rutina una forma de seguir adelante.
A veces, pensaba en Hugo, en cómo habría sido su vida si hubiera escapado, si no se hubiera quedado atrapado en este destino que habíamos construido.
Pero esos pensamientos eran breves, fugaces.
La vida que tenía, por complicada y vigilada que fuera, era la única que me pertenecía ahora.
Una mañana salí a la calle temprano, como solía hacer en los días más fríos de otoño, cuando el aire de Moscú se volvía denso y fresco, y las hojas caían despacio, cubriendo las aceras con una fina alfombra dorada.
Me gustaba caminar solo a esa hora, cuando el bullicio de la ciudad aún no había comenzado y podía permitirme pensar, reflexionar sobre las cosas sin la distracción del ruido.
Caminé sin rumbo fijo, pero mis pasos me llevaron, casi sin darme cuenta, hacia el Bolshói.
Me detuve frente al teatro, observando la cartelera con los nombres de los nuevos bailarines.
Estrellas jóvenes, llenas de promesas, como lo habían sido Anya y Elena en su día.
En ese momento, no pude evitar que una sensación de nostalgia me recorriera el cuerpo.
Recordé cómo esas dos mujeres, ahora parte de mi vida cotidiana, habían brillado en ese mismo escenario, cómo el ballet había sido su vida, su pasión.
Y cómo también las había agotado, las había dejado vacías en ciertos aspectos, cuando ya no podían dar más de lo que se les exigía.
De camino a casa, me encontré pensando en ellas, en su dedicación, en los sacrificios que habían hecho por un arte que, aunque les daba todo, también les robaba a su vez.
Eran mujeres fuertes, inteligentes, con una gracia que aún se podía percibir en sus movimientos, incluso en las tareas más sencillas de la casa.
Pero había algo más profundo, algo que quizá solo yo podía ver: la sombra de lo que fueron, de lo que habían perdido en ese camino.
Cuando llegué a casa, la puerta estaba entreabierta, así que no hice mucho ruido al entrar.
Me quité el abrigo y me dirigí a la cocina, donde las encontré sentadas, tomando té.
La luz que entraba por la ventana iluminaba sus rostros de una manera casi melancólica, como si el tiempo mismo las estuviera observando.
Hablaban en voz baja, como solían hacer, compartiendo sus pensamientos de una manera que solo ellas entendían.
Me acerqué y, sin pensar demasiado en lo que iba a decir, les solté la idea que había estado rondando en mi cabeza durante todo el paseo.
—He pasado por el Bolshói —dije, mientras me servía una taza de té—. Tienen una nueva temporada. Quizá es hora de que volváis, de que subáis al escenario una vez más.
Las dos se miraron y, después, soltaron una risa suave, una risa que no era alegre, sino cargada de resignación. Anya fue la primera en hablar, con una sonrisa en los labios que me resultó extrañamente triste.
—Hugo, estamos viejas para eso —dijo, como si la respuesta fuera obvia.
—¿Viejas? —respondí, sorprendido—. Apenas tenéis treinta años.
Elena, con esa calma suya que siempre me desconcertaba, intervino.
—Treinta años es una eternidad en el ballet —respondió, con una certeza que no admitía discusión—. Quizá para otras cosas no, pero en esto… ya hemos dado lo que podíamos dar.
Me quedé en silencio, asimilando lo que decían.
Sabía que el ballet en Rusia era algo más que un arte; era un símbolo, una representación de la perfección que el régimen esperaba de todos.
Para ellas, el ballet no era solo una carrera, era una forma de vida, y esa vida exigía todo de ellas, hasta el último esfuerzo, hasta el último gesto perfecto.
—Y ¿qué queréis vosotras? —pregunté finalmente, sin poder evitarlo. Sabía que era algo que ellas también debían haberse planteado muchas veces, pero necesitaba escucharlo de sus propias bocas.
Anya dejó su taza sobre la mesa y me miró con una expresión suave, pero firme, como si intentara que yo comprendiera algo más allá de las palabras.
—Nosotras ya fuimos utilizadas, Alex —dijo en voz baja—.
El ballet en Rusia no es solo arte, es control.
Nos moldearon desde niñas para ser perfectas, para mostrarle al mundo la grandeza del país.
Pero también nos desgastaron. Ahora, cuando ya no podemos dar lo que quieren, nos dejan de lado.
No hay lugar para bailarinas que ya no sean jóvenes.
—Nosotras seguimos siendo útiles —añadió Elena, con un gesto de resignación—, pero no de la manera en que lo fuimos antes, pero no volveremos al escenario como lo hacíamos en aquel tiempo. No con este cuerpo.
Escuché sus palabras y, aunque sabía que tenían razón, no podía evitar sentirme frustrado por la crueldad del sistema.
Envejecían, sí, como lo hacíamos todos, pero no eran viejas.
Eran mujeres que aún tenían tanto por dar, tanta experiencia, tanto conocimiento.
Y, sin embargo, en el ballet , el cuerpo fue y sería, para siempre, todo.
Y, cuando el cuerpo ya no respondía de la misma manera, el sistema las apartaba, las olvidaba.
—No sois viejas —murmuré, más para mí que para ellas—. El sistema os hizo sentir así.
Anya me miró con una leve sonrisa, pero había una sombra de resignación en su mirada.
—Puede ser —repuso—. Pero ya no importa. Nos hemos acostumbrado. Seguimos adelante de otra manera.
Elena asintió en silencio, acariciando el borde de la taza con sus dedos, como si estuviera recordando algo lejano.
—Hay vida después del ballet —afirmó ella, mirándome con una sabiduría que siempre me sorprendía—. Pero una parte de nosotras siempre estará allí, en el escenario, aunque nunca volvamos a pisarlo.
Me quedé en silencio, pensando en lo que acababan de decir.
El ballet había sido su vida, su identidad y, aunque ahora vivían una existencia diferente, más tranquila, más ordinaria, esa parte de ellas, la parte que había dedicado años a la perfección, nunca desaparecería.
Eran bailarinas, incluso cuando ya no bailaban.
El arte las había moldeado de una manera que el tiempo no podía borrar.
La conversación quedó en el aire, suspendida entre la realidad y los recuerdos.
Después de la guerra, cuando todo parecía haberse detenido, la vida de todos nosotros se transformó de maneras que nunca hubiéramos podido prever.
Era 1945 y, aunque el conflicto había terminado, la lucha por la supervivencia en la Rusia de la posguerra apenas comenzaba.
La ciudad estaba destruida, no solo por las bombas, sino por el hambre, el miedo y la incertidumbre que persistían en el aire.
Todos intentábamos encontrar una manera de seguir adelante, de reconstruirnos, como individuos y como nación.
Recuerdo que, durante esa época, una tarde al salir de casa las seguí.
Las seguí a través de las calles destartaladas hasta un rincón apartado de la ciudad.
No tenían un hogar, solo un refugio improvisado en las ruinas de un edificio bombardeado.
Estaban viviendo en la indigencia, sobreviviendo apenas con lo que encontraban o les daban.
Mi corazón se rompió al verlas así. Me sentí impotente, enfurecido por la injusticia, por el destino que les había tocado.