La última elección 1 La mujer observada
1%
La última elección

La última elección

Por Sofia Duran

© inepub.com

1 La mujer observada

Elizaveta despertó con la sensación de no haber vuelto del todo a su propio cuerpo.

Había mañanas en que el sueño se retiraba con delicadeza, como una doncella discreta que abre las cortinas antes de salir.

Aquella, en cambio, se le despegó de la piel con una lentitud húmeda, casi incómoda, dejándole sobre los párpados una pesadez tibia y en la boca el sabor tenue de las almendras amargas que había tomado la noche anterior para calmar la náusea.

París seguía afuera, detrás de las ventanas altas, respirando bajo una niebla perla.

La luz entraba filtrada por las cortinas de gasa, azulada todavía, con esa palidez elegante de las mañanas en que la ciudad parece no haber decidido si quiere despertar o continuar soñando entre carbón, lluvia vieja y perfumes caros.

Por un instante, Elizaveta no abrió los ojos.

Escuchó primero.

El fuego bajo en la chimenea, el crujido leve de una madera cansada.

Muy lejos, desde la calle, el traqueteo de un automóvil sobre los adoquines mojados.

Más cerca, en algún punto del pasillo, pasos suaves de servicio, una bandeja, una puerta cerrándose con una reverencia de bisagras.

La mansión Charpentier no despertaba: se componía, cada mañana se vestía de sí misma con la misma disciplina con que una mujer se ajusta un collar antes de mentir.

Luego sintió algo más, una presencia.

No era el peso de una mirada vulgar, Elizaveta conocía bien esas miradas; había crecido entre hombres que miraban a las mujeres como si las estuvieran tasando en silencio, decidiendo qué parte de ellas podía comprarse, poseerse o destruirse.

La mirada que sintió entonces era distinta, más quieta, más peligrosa por lo paciente.

Abrió los ojos despacio.

Brand estaba sentado cerca de la cama, no en el borde, no junto a ella, no con esa intimidad torpe de los esposos que todavía creen que el matrimonio debe hacerlos tiernos por obligación.

Estaba en una silla junto a la ventana, totalmente vestido: camisa blanca, chaleco oscuro, corbata perfectamente anudada, los gemelos de plata cerrando los puños con severidad.

Tenía un libro abierto sobre las rodillas, aunque Elizaveta comprendió de inmediato que no estaba leyendo.

No en realidad. Una mano sostenía el lomo con descuido calculado; la otra descansaba sobre el brazo de la silla.

La luz gris le marcaba los pómulos, la línea firme de la boca, esa belleza fría de los hombres que parecen haber nacido para no pedir perdón.

La observaba.

Elizaveta no se movió al principio, había aprendido, desde muy niña, que el primer movimiento de una mujer delata demasiado: miedo, deseo, sorpresa, culpa.

Así que permaneció quieta bajo las sábanas de lino, con el cabello oscuro extendido sobre la almohada y una mano casi instintivamente apoyada sobre el vientre.

El hijo se movía poco a esas horas o quizá era ella quien todavía no sabía distinguir entre el niño y sus propios fantasmas.

—¿Hace mucho que estás ahí? —preguntó.

Su voz salió más baja de lo que habría querido, todavía tomada por el sueño. Brand cerró el libro con una suavidad que no hizo ruido.

—Lo suficiente.

Elizaveta sostuvo su mirada, había en los ojos de Brand una curiosidad nueva, o quizá vieja pero recién autorizada.

Desde hacía días la miraba así, como si quisiera encontrar la costura exacta por donde se había fabricado su crueldad.

No la mirada del marido ofendido, tampoco la del hombre seducido.

Peor: la del hombre que empieza a querer comprender y no había nada que Elizaveta detestara más que ser comprendida sin haber dado permiso.

—Qué respuesta tan poco útil —murmuró.

Brand no sonrió.

—No estabas tranquila.

Ella bajó la vista hacia su vientre.

La seda del camisón caía sobre la curva apenas más evidente, todavía elegante, todavía fácil de ocultar con los vestidos correctos, pero no ante sí misma.

Nunca ante sí misma. El embarazo la había vuelto extranjera dentro de su propia carne.

Había días en que se sentía poderosa, casi sagrada, como si el niño fuera una garantía de permanencia.

Otros, en cambio, despertaba con la idea insoportable de que algo crecía en ella sin obedecerla.

—Las mujeres embarazadas duermen mal —dijo—. Pensé que eso lo sabían incluso los hombres ricos.

Brand dejó el libro sobre una mesita. El gesto fue sencillo, pero Elizaveta notó la atención con que él la miró llevarse otra vez la mano al vientre.

No había ternura declarada en su rostro.

Brand no era un hombre que ofreciera ternura con facilidad; cuando la daba, parecía hacerlo casi contra su educación, pero había algo; una vigilancia más íntima, una inquietud que no terminaba de confesar.

—Lo sé —respondió.

Elizaveta retiró la sábana con lentitud.

No quería parecer débil delante de él, nunca, ni siquiera ahora, cuando el cuerpo le pesaba de formas nuevas, cuando ponerse de pie podía exigirle un segundo más de concentración, cuando algunas mañanas la náusea le subía por la garganta antes que cualquier palabra.

Se incorporó con cuidado, apoyando una mano en el colchón y la otra bajo el vientre, en ese gesto involuntario que comenzaba a traicionarla más que cualquier confesión.

Brand no se levantó para ayudarla, eso le gustó, pero también le dolió un poco.

Atravesó la habitación descalza, sintiendo la alfombra persa bajo las plantas de los pies, suave y fría en los bordes.

El aire olía a madera encerada, violetas marchitas en un jarrón de cristal y a la colonia limpia de Brand, esa mezcla sobria de bergamota y algo más oscuro que siempre le parecía una advertencia.

Pasó frente a él sin mirarlo demasiado, aunque sintió su atención seguirle la línea del cuerpo como una mano que no se atrevía a tocar.

En la puerta del baño se detuvo.

—¿No tienes nada mejor que hacer esta mañana?

—Sí.

—Entonces deberías hacerlo.

La frase salió con una dulzura venenosa, una de esas dulzuras que antes a Brand le habrían provocado irritación inmediata. Ahora solo inclinó ligeramente la cabeza, como si la hubiera añadido a un catálogo de síntomas.

—Buenos días, Elizaveta.

Ella entró al baño sin responder y cerró la puerta, solo entonces respiró.

El baño estaba tibio, la doncella había preparado agua en la jofaina, toallas blancas y un pequeño cuenco con jabón de rosas.

En el espejo ovalado, su rostro apareció pálido, hermoso todavía, pero no intacto.

Había algo en sus ojos que la maternidad no suavizaba; al contrario, parecía haberlo vuelto más agudo.

Elizaveta se inclinó sobre el lavabo y dejó que el agua fría le mojara las muñecas, después el cuello y por último la boca.

No estaba asustada. Se lo dijo a sí misma con la misma firmeza con que se habría colocado un broche.

No estaba asustada de Brand, solo cansada de ser mirada.

Desde que se casaron, él había pasado por distintas formas de distancia: la cortesía áspera, el deseo contenido, la rabia antigua, la resignación.

Incluso, en noches raras, una ternura incómoda que se quedaba en sus dedos después de tocarla; pero ahora había algo más peligroso: Brand parecía haber descubierto que ella no había nacido siendo aquella mujer, sino que algo, en alguna parte, la había torcido.

Y si encontraba el origen, quizá se creería con derecho a tocarlo.

Elizaveta terminó de asearse, permitió que la doncella entrara para ayudarla con el vestido y soportó en silencio el ritual de botones, cintas y tela.

Eligió un vestido de mañana color marfil con bordados mínimos en los puños, lo bastante claro para parecer sereno, lo bastante estructurado para no parecer vulnerable; sobre el vientre, la tela caía con una gracia medida; en el cuello, perlas pequeñas; en los labios, apenas color.

Cuando salió, Brand ya no estaba; la silla seguía junto a la ventana, el libro permanecía cerrado sobre la mesa, el fuego había bajado un poco y la habitación parecía más grande sin él, menos tensa, casi respirable.

Elizaveta se quedó inmóvil un segundo, luego dejó escapar una exhalación lenta. Mejor. Mucho mejor.

Se acercó a la silla donde él había estado sentado y miró el libro. Era una edición francesa de cuentos rusos, con el lomo de cuero verde oscuro y las páginas marcadas en varios lugares. Elizaveta lo tocó con dos dedos, como si el objeto pudiera morderla.

Rusos, por supuesto.

Brand no preguntaba siempre con palabras.

A veces investigaba con silencios, con libros dejados a propósito, con conversaciones fingidamente casuales en la cena, con una mención al invierno de San Petersburgo o a las familias que habían logrado salvar su fortuna antes de que Europa cambiara de rostro.

Él tiraba del hilo con paciencia. Y ella, que durante años había vivido de reconocer las intenciones ajenas, sentía cada tirón.

El olor del papel viejo le despertó algo.

No el presente. Otro cuarto, otra cama, otra vida.

Elizaveta cerró los ojos. La voz de su madre llegó primero, aguda, hermosa incluso en la furia; después la de su padre, más baja, más peligrosa, con ese tono masculino que no necesita gritar porque ha aprendido que el miedo obedece mejor cuando se administra despacio.

—No volverás a avergonzarme delante de ellos.

—¿Avergonzarte? ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Tu nombre?

—Mi nombre es lo que impide que esta casa se caiga contigo.