La traición del alfa CAPÍTULO 01
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La traición del alfa

La traición del alfa

Por Dark Stories Diaries

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CAPÍTULO 01

Adriana, el gran amor de mi compañero Alfa, acaba de publicar una prueba de embarazo en sus redes sociales.

El pie de foto decía: Estaré eternamente agradecida a mi querido hermano por darme el regalo de la vida cuando más lo necesitaba. Por fin voy a tener mi propio cachorro.

Sin inmutarme, le di a «me gusta» y dejé un comentario: Enhorabuena.

Un segundo después, Bernardo llamó.

—¿Qué demonios es esto, Livia? ¡Solo le presté mi esperma! ¿Puedes dejar de ser tan dramática?

Colgué sin decir una palabra.

Acto seguido, le pedí a mi abogado que redactara un acuerdo para disolver nuestra unión.

Me llevé la mano al vientre, acariciando suavemente la pequeña curva que apenas empezaba a notarse. Se me oprimió el pecho mientras respiraba hondo.

Estaba lista para pedirle perdón a mi cachorro nonato porque no iba a poder quedármelo.

En un principio, planeaba darle una sorpresa a Bernardo en su cumpleaños.

Pero estaba claro que ya no necesitaba ese tipo de sorpresas.

Tenía dos meses de embarazo. Tuve que suplicarle infinidad de veces antes de que Bernardo accediera a regañadientes a darme este hijo.

Siempre había odiado la cercanía; siempre decía que los cachorros eran demasiado salvajes, demasiado exigentes.

—Es demasiado trabajo criarlos —solía decir.

Pero entonces encontré dos libros sobre paternidad en su escritorio.

Y una noche lo pillé trabajando hasta tarde con unas hojas de cálculo: una era un listado de preparativos para el parto; la otra, un plan detallado de desarrollo.

Como una tonta, sonreí para mis adentros, pensando que quizás, solo quizás, había cambiado de opinión.

Tal vez estaba empezando a aceptar la idea de tener un cachorro.

Pero ahora lo sabía. Esas listas nunca fueron para mí.

Esa noche, Bernardo llegó a casa más temprano de lo habitual. A las ocho.

La mayoría de las noches no aparecía hasta pasada la medianoche.

Me llamó una vez desde el pasillo. Yo estaba acostada y no respondí.

No volvió a llamarme.

Oí cómo se abría la ducha y luego se cerraba.

Entró en la habitación sin encender las luces; solo el resplandor plateado de la luna guiaba sus pasos.

Y entonces lo sentí.

Su brazo se deslizó alrededor de mi cintura, cálido y familiar.

Por primera vez en su vida, me abrazó sin que yo se lo pidiera.

Rozó el rostro contra la curva de mi cuello, con la voz suave, cargada de ternura forzada.

—Cariño… Livia… de verdad no hay nada entre ella y yo. Ella siempre quiso un cachorro, y yo la ayudé. Eso es todo. Te lo juro, en cuanto nazca el bebé, corto todo lazo con Adriana.

Adriana. Su primer amor. La hija de su difunto padrastro. La chica que nunca pudo olvidar.

No dije nada.

Simplemente aparté su mano de mi cintura y me desplacé hasta el borde de la cama.

Se puso rígido.

Su voz se volvió fría en un instante.

—¿Así van a ser las cosas ahora? ¿Después de todo lo que he dicho, todavía vas a darme la espalda? Ni siquiera tenía que decírtelo, Livia. Podría haberme quedado callado y ahorrarte el drama. Pero no lo hice. Fui honesto porque te respeto.

—Y no olvides que fuiste tú quien dijo que mi pasado no importaba. Fuiste tú quien quiso este vínculo, ¿recuerdas?

—Insististe tanto en tener un cachorro que cedí. Seguí tu plan, aunque no quería en absoluto.

—Me voy a dormir al despacho.

La puerta se cerró de un portazo.

Me quedé allí en la oscuridad y me eché a reír.

Me reí de esa patética excusa de relación.

Me reí de mí misma por haber sido tan ciega como para llamar a eso amor.

Para él, dar una explicación era un regalo excepcional. Un favor por el que debería estarle agradecida.

¿Y si osaba sentirme traicionada?

Pues entonces, a sus ojos, no era más que otra compañera desagradecida e insegura.

Solo podía hablarme así porque sabía cuánto lo amaba, con qué desesperación.

Así que, en realidad, no tenía a nadie más a quien culpar que a mí misma.

Dejé que llegara a ese punto.

Le entregué el cuchillo.

Y entonces, sangré.