La seda de los cadáveres #3
—Fontenoy... Su marido es el Coronel que recibió la Legión de Honor por lo de Chemin des Dames. Un héroe nacional. Un hombre que tiene una calle a su nombre antes de estar muerto. Hazla pasar, Marguerite. Los héroes son mis clientes favoritos: dejan los cadáveres más difíciles de gestionar.
La mujer entró y el aire de la Teinturerie se volvió de repente más pesado.
La señora Fontenoy no era una víctima común.
Tenía la mirada de alguien que ha visto las puertas del infierno y ha decidido que el decorado es de mal gusto.
Se quitó la estola de zorro y la dejó sobre el mostrador.
Debajo, su brazo derecho estaba envuelto en un vendaje que supuraba un líquido amarillento.
—Mi marido cree que todavía está en las trincheras —dijo con una voz monótona, como si estuviera leyendo la lista de la compra—.
Por las noches, me despierta con la punta de su bayoneta oficial.
Dice que el enemigo está debajo de la cama.
Dice que yo soy una espía que intenta robarle sus planos de defensa.
Anoche... anoche decidió que debía interrogarme.
Abrió el vendaje. No eran marcas de golpes. Eran quemaduras de cigarrillo, precisas, alineadas como soldados en formación, y un corte profundo que recordaba a las heridas de alambre de espino.
—El Coronel Fontenoy es un hombre muy querido por el Ministerio —dijo Sophie, acercándose para examinar la herida con la frialdad de una entomóloga—. Si lo denunciara, usted terminaría en una celda por difamación y él recibiría otra medalla por su sufrimiento mental.
—No he venido a denunciarlo —respondió la mujer, clavando sus ojos en los de Sophie—. He venido porque he oído que ustedes tienen un producto que devuelve la blancura a las sábanas. Incluso si la mancha es el propio Coronel.
Sophie miró a Marguerite. El relevo era evidente.
—Marguerite, lleva a la señora Fontenoy al laboratorio.
Dale el ungüento de belladona para el dolor y prepara la mezcla de cianuro de mercurio.
Pero no lo hagas para que muera rápido. El Coronel merece sentir cómo el óxido entra en sus venas, tal como él hizo con el alambre en el brazo de su esposa.
El plan de saneamiento para el Coronel Fontenoy fue el más sofisticado hasta la fecha.
No podían permitir que un héroe nacional muriera de forma sospechosa.
La Teinturerie ahora funcionaba con la precisión de una relojería suiza.
Marguerite se encargó de la ejecución. Se infiltró en la casa de los Fontenoy como una de las chicas de la lavandería externa que recogía los uniformes de gala.
Durante tres semanas, impregnó el forro de las túnicas del coronel con una solución de nicotina concentrada y sales de mercurio.
Cada vez que el hombre sudaba, el veneno se filtraba por sus poros, atacando su sistema nervioso de forma errática.
Empezó a perder el juicio de verdad. Sus delirios de guerra se volvieron tan violentos y públicos que el propio Ministerio decidió que era mejor ocultarlo en un sanatorio privado.
Y allí, en la soledad de una habitación acolchada, Marguerite terminó el trabajo.
Entró una noche, vestida de enfermera, y le administró una inyección de aire en la arteria carótida.
Muerte por embolia. Un final limpio para un hombre sucio.
—El coronel ha sido archivado —informó Marguerite al regresar—. El entierro será en Los Inválidos. El gobierno dirá que su corazón no pudo soportar el peso de sus recuerdos.
Sophie asintió, sintiendo una punzada de orgullo mezclada con una envidia agria.
Marguerite era mejor de lo que ella nunca fue.
Tenía la técnica de Madeleine y la frialdad del nuevo siglo.
La Teinturerie ya no era un refugio; era una potencia.
Tenían acciones en fábricas de productos químicos y contactos en la prefectura que les avisaban de cualquier investigación antes de que se firmara la orden.
Pero el éxito traía sus propias sombras.
La red de mujeres, las «limpiadoras», eran ahora cientos por todo París.
Y entre tantas, el riesgo de una filtración era constante.
Sophie pasaba las noches revisando el Libro de las Manchas, codificando la información de tal manera que solo alguien entrenado en el laboratorio pudiera descifrarla.
—Madame —dijo Marguerite una noche de mil novecientos veinticuatro, mientras el sonido de un gramófono lejano llegaba desde la calle—, las chicas de Montmartre dicen que hay un grupo de hombres que están empezando a hacer preguntas sobre quién limpió el asunto del Club L'Etoile.
Dicen que no son policías. Dicen que visten trajes italianos y que no usan armas de fuego, sino que prefieren el estilete.
Sophie dejó la pluma. La modernidad no solo traía mejores venenos, traía una competencia profesionalizada. El crimen organizado estaba empezando a entender que el control de la suciedad era un negocio lucrativo.
—Los italianos... —susurró Sophie—. Creen que el miedo es una cuestión de músculos y amenazas.
No entienden que el verdadero miedo nace en una cubeta de ácido.
Marguerite, dobla la guardia en Saint-Mandé.
No podemos permitir que nadie se acerque a las niñas.
Ellas son nuestro futuro, nuestra materia prima.
París brillaba en su apogeo de los años veinte, ajena a la guerra silenciosa que se gestaba bajo sus adoquines. Sophie se miró en el espejo del despacho y vio a una mujer que empezaba a parecerse a la Madeleine que recordaba: el mismo rigor en la mirada, la misma soledad en la victoria.
—Que vengan —dijo Sophie, mirando el reflejo de las calderas en el cristal—. Tenemos cloro suficiente para limpiar a todo un ejército si es necesario.
La Teinturerie estaba lista para defender su territorio.
La seda de los cadáveres de los héroes era solo el principio.
El nuevo siglo exigía una higiene más profunda, y Sophie estaba decidida a que nadie, ni la policía ni la mafia, le quitara el cepillo de las manos.
Marguerite encendió el quemador para el siguiente encargo.
El fuego azul iluminó el sótano, proyectando sombras que parecían bailar al ritmo de un jazz macabro.
La limpieza no se detenía, porque la mierda de París, como el champán, nunca dejaba de fluir.