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Capítulo 12La teoría de la lluvia y otros efectos colaterales

La teoría de la lluvia y otros efectos colaterales

Adrián

El viento del océano cambió de dirección en menos de un minuto, arrastrando una masa de nubes plomizas que comenzó a devorar el azul brillante del cielo de Puerto Coral.

El olor a salitre se volvió espeso, cargado de ozono y de esa humedad pesada que precede a las tormentas tropicales de la costa.

Sin embargo, la habitual tensión que me encogía los hombros ante cualquier imprevisto meteorológico no hizo acto de presencia.

Mi termostato interno de alerta estaba completamente apagado.

Elena dio un paso atrás, rompiendo el abrazo que todavía me entibiaba el pecho, pero sin alejarse del todo. Se apoyó contra el capó amarillo del microcoche, que crujió levemente bajo su peso, y soltó una carcajada limpia que compitió con el estruendo de las olas contra las rocas del acantilado.

—Mírate, Montenegro —dijo, señalándome con un dedo teñido de fucsia—. Pareces un náufrago corporativo. O el superviviente de un atraco a una papelería.

Me miré las manos. Las yemas de mis dedos conservaban manchas grises y negras del rotulador permanente que habíamos usado sobre el capó.

Bajé la vista hacia mi traje de tres piezas.

La americana de lana gris marengo, que había salido de mi armario de Madrid con un planchado militar, presentaba un mapa de arrugas profundas en los codos y el pecho, resultado de las horas de tensión en el motel y del abrazo de hace unos instantes.

El chaleco estaba desalineado y mis zapatos de piel de becerro italiano, pulidos hasta el absurdo antes de emprender este viaje, mostraban una película de barro seco en los bordes y estaban empapados por el césped húmedo del mirador.

En cualquier otro momento, este desastre textil me habría provocado una crisis de ansiedad inmediata.

Habría buscado un baño para frotar las manchas, calculado el coste de la tintorería en mi hoja de cálculo de gastos imprevistos y lamentado la pérdida de mi armadura profesional.

El orden de mi ropa siempre había sido el reflejo exacto de mi orden mental.

Pero ahora, mientras el viento me desordenaba el pelo y la humedad de la costa me calaba los calcetines, no sentí la urgencia de buscar un cepillo.

Dejé caer los hombros, exhalando el aire acumulado en los pulmones.

Era una ligereza extraña, casi ridícula, que no encajaba en ninguno de mis planes de contingencia.

—Tú tampoco estás para un catálogo de moda de Vértice Digital, Valenzuela —repliqué, y me sorprendió el tono relajado de mi propia voz, desprovisto de la habitual ironía defensiva—. Tienes una mancha negra en la sien que parece un intento de tatuaje tribal de última hora.

Elena se llevó la mano a la cabeza, frotándose con el reverso de la muñeca, lo que solo sirvió para esparcir un trazo grisáceo por su pómulo.

—¿Aquí? ¿Se ha quitado? —preguntó, entornando los ojos mientras intentaba mirarse en el reflejo del cristal del coche.

—Ahora pareces un mapa de carreteras secundarias. Definitivamente, el analógico es tu elemento.

Ella volvió a reír, una risa que le arrugaba la nariz. Sentí un vuelco absurdo en el estómago, un fallo en mi sistema de diagnóstico que decidí ignorar. Sacó un paquete de pañuelos de su bolso de lona verde, extrajo uno y comenzó a frotarse los dedos para limpiarse el rotulador.

—Tres años de exclusividad, Adrián —murmuró, concentrada en una mancha rebelde de tinta verde en su nudillo—. Tres años enteros. Héctor va a tener que tragarse sus gráficos de conversión con un embudo.

—Un sesenta y cuatro por ciento de optimización de costes presupuestarios —añadí, cruzándome de brazos, saboreando la victoria—.

He dejado claras las proyecciones de ROI.

Don Aurelio no solo ha comprado una idea; ha comprado una estructura financiera que ningún otro competidor en la costa sur puede replicar.

—Oh, claro, el señor de los números no podía evitar colarse en la fiesta —bromeó ella, mirándome de reojo con una chispa de complicidad—. Pero admite que, sin mi monigote de Carlos y su calcetín desparejado, tus decimales habrían terminado en la trituradora de papel de Villa Albatros.

—No lo niego. —Di un paso hacia ella, acortando la distancia sobre la grava del mirador—. De hecho, la probabilidad de éxito de mi propuesta inicial sin tu intervención era de un doce por ciento. Un margen de riesgo inaceptable.

Elena detuvo el frotado de sus manos y me miró. El pañuelo de papel, ahora convertido en un gurruño gris y fucsia, quedó atrapado entre sus dedos. El viento sopló con más fuerza, agitando los mechones oscuros que se le habían escapado del moño y que le azotaban las mejillas.

—¿Acabas de admitir que me necesitabas para salvar la cuenta? —preguntó en un susurro, con una sonrisa contenida que delataba su triunfo—. ¿El mismísimo Adrián Montenegro, el hombre que planifica sus minutos en bloques de cincuenta, ha validado el caos?

—He validado la eficiencia de una alianza estratégica —corregí, aunque la formalidad de mis palabras no logró ocultar el calor que me subía por el cuello—. El desorden, cuando está canalizado por una intuición brillante, resulta ser un recurso altamente escalable.

—Eres incorregible. Incluso cuando eres encantador, hablas como un folleto de escuela de negocios.

—Es mi naturaleza, Valenzuela.

—Pues tu naturaleza tiene el traje arrugado —señaló, dando un paso hacia mí y extendiendo una mano para dar unos golpecitos suaves en mi solapa desalineada.

El contacto de sus dedos, aunque breve, me dejó sin respiración por un segundo.

Me quedé inmóvil, observando la cercanía de su rostro y la intensidad de sus ojos claros, que reflejaban el gris plomizo del cielo y el brillo del mar embravecido a nuestras espaldas.

Podía oler la vainilla de su piel, mezclada con el olor a lluvia inminente y a la tinta barata de la papelería Loli.

—¿Sabes qué, Montenegro? —dijo ella, con la voz más baja, sin retirar la mano de mi solapa—. Creo que te sienta bien el desorden. Te hace parecer... humano.

—Siempre he sido humano, Elena —contesté, y la seriedad de mi tono pareció sorprenderla—. Solo que a veces el ruido de fondo me obliga a construir muros más gruesos.

Ella suavizó la presión de sus dedos sobre mi chaqueta. Por un instante, pareció que iba a decir algo más, que iba a descifrar el subtexto de mis palabras, pero el primer trueno de la tarde rodó sobre el océano con un bramido sordo que hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies.

Elena dio un respingo y miró hacia las nubes oscuras que ya tocaban la línea del horizonte. La tormenta de la sierra nos había seguido hasta la costa.

—Será mejor que subamos al coche antes de que el desastre sea completo —dijo, dando un paso atrás con una sonrisa nerviosa—. No creo que tu traje de tres piezas soporte otra descarga analógica de agua de lluvia.

Miré el microcoche amarillo, que nos esperaba con su habitáculo estrecho y su batería al treinta por ciento, y luego volví a mirar a Elena, que ya se dirigía a la puerta del copiloto con paso rápido, esquivando las primeras gotas de lluvia que comenzaban a salpicar la grava.

Me ajusté las gafas de pasta, que se habían deslizado un milímetro por la humedad de mi nariz, y caminé hacia el lado del conductor.

Mis zapatos italianos emitieron un chasquido húmedo al pisar un charco que se estaba formando junto a la rueda delantera.

Sonreí para mis adentros, un gesto que habría resultado ajeno al Adrián de hace tres días.

El traje estaba arrugado, los pies estaban fríos y el cielo amenazaba con descargar un diluvio sobre nosotros.

Abrí la puerta del coche, me deslicé en el habitáculo junto a ella y encendí el motor, listo para lo que fuera que viniera a continuación.

El motor eléctrico zumbó con un ronroneo casi inaudible, pero mi pie derecho se congeló sobre el pedal del acelerador.

A través del parabrisas del microcoche, el mar de Puerto Coral se agitaba como una masa de plomo líquido contra las rocas del acantilado.

Deslicé la palanca de cambios a la posición de estacionamiento y detuve el vehículo por completo, con el morro apuntando directamente hacia el vacío del mirador.

El habitáculo de plástico amarillo, de apenas metro y medio de ancho, se convirtió en una cámara de descompresión sin oxígeno.

La proximidad de Elena era un factor que mi sistema de control no lograba procesar.

El olor a vainilla de su piel, el calor de su hombro a escasos centímetros del mío, su respiración todavía acelerada por la euforia de la reunión.

.. Mis manos, con las yemas teñidas de gris por el rotulador permanente de la papelería Loli, temblaron sobre el volante de plástico rígido.

No era por la tormenta, ni por la batería al treinta por ciento, ni por el contrato de tres años que acabábamos de arrancar a Don Aurelio.

Era ella. Si permanecía un segundo más encerrado en ese espacio minúsculo con su mirada fija en mi perfil, tomaría una decisión que no figuraba en ninguna de mis plantillas de Excel.

—Necesito aire —dije, y mi propia voz sonó extraña, desprovista de tono corporativo.

Antes de que ella pudiera responder, empujé la puerta y salí al exterior.

El viento de la costa me golpeó el rostro con salitre y frío.

Caló mi camisa arrugada, agitó las solapas de la americana gris marengo y me desordenó el pelo.

Caminé sobre la grava húmeda hasta el murete de piedra que bordeaba el acantilado.

Apoyé las palmas en el hormigón frío. Las primeras gotas de lluvia, heladas, me salpicaron la frente y resbalaron por los cristales de las gafas de pasta.

Inspiré el aire cargado de ozono para restablecer el orden en mis pulmones, pero el corazón latía a un ritmo caótico.