Capítulo 9Confesiones bajo el neón parpadeante
Confesiones bajo el neón parpadeante
Elena
El espejo hexagonal del techo de El Helecho Dorado no estaba diseñado para la sobriedad de las siete de la mañana.
Reflejaba una amalgama de raso rojo arrugado, querubines de papel pintado que nos juzgaban desde las esquinas y, justo en el centro del encuadre, el rebranding involuntario de mi existencia.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración para no alterar el silencio de la habitación doce.
A escasos centímetros de mí, Adrián Montenegro dormía de lado. Sin su armadura.
Durante los últimos dos años, nuestra relación se había limitado a un ping-pong hostil de correos electrónicos con copia oculta a dirección, miradas de soslayo junto a la cafetera y trajes de tres piezas cortados con bisturí.
Para mí, Adrián no era un hombre; era un algoritmo con patas, una hoja de cálculo con un nudo de corbata perfecto y un empeño desquiciante por recordar las directrices de la marca cada vez que yo intentaba proponer algo ajeno a un gráfico de barras.
Pero este Adrián de la cama nupcial carecía de cortafuegos.
El pijama de rayas azules y blancas tenía el cuello ligeramente desbocado, revelando la línea de la clavícula.
Sus gafas de pasta negra descansaban sobre la mesita de noche, plegadas con una precisión patológica sobre el teléfono móvil.
Sin ellas, su rostro perdía la rigidez matemática de las reuniones de los lunes.
Tenía las pestañas largas, oscuras contra la piel pálida, y una sombra de barba de dos días que dinamitaba cualquier código de vestimenta de Vértice Digital.
Y luego, su pelo. El tupé impecable, esculpido con cera de fijación extrema que nunca se movía bajo el aire acondicionado de la oficina, era ahora un desorden de mechones oscuros sobre la frente. Sin el blindaje del peinado, la dureza de su mandíbula se diluía.
Un calor imprevisto me trepó por las costillas, ajeno a la calefacción estridente del motel. Una ternura densa, molesta, como un pop-up publicitario sin botón de cierre. «Peligro», decretó mi cerebro en un parpadeo de alerta roja. «Error 404. Anomalía en el sistema y cero planes de contingencia».
Intenté desviar la mirada hacia el techo, concentrándome en una mancha de humedad con forma de bota de agua, pero el espejo hexagonal me devolvía la imagen de nuestras manos.
La frontera de cojines cilíndricos que él había levantado la víspera yacía desmantelada en la silla de skay.
Mi muñeca derecha descansaba sobre el raso, y la punta de mi índice rozaba, por un milímetro de vello, el reverso de la suya.
El pulso de Adrián vibraba bajo mi yema: un latido pausado, rítmico, constante como el goteo de los canalones tras la tormenta.
¿En qué momento exacto habíamos dejado de intentar destruirnos?
Recordé la noche en vela, el olor a café soluble frío y las galletas saladas.
Sus dedos, habituados a teclear informes de viabilidad, habían sostenido los míos mientras el cielo se caía a trozos sobre la sierra.
Adrián no se había limitado a tolerar mi caos; lo había estructurado.
Tomó mis fogonazos de guerrilla —esas ideas que en la oficina tachaban de ocurrencias inmaduras— y les construyó un armazón tan sólido que ni el mismísimo Don Aurelio podría encontrarle una fisura.
Trabajando con él, por primera vez, la nota discordante de la agencia sonaba afinada.
Un crujido en los muelles del colchón interrumpió la deriva.
Adrián se movió despacio, con un suspiro ronco que me erizó el vello de la nuca.
Se acomodó contra la almohada, reduciendo la distancia a la mitad.
Su rostro quedó tan cerca que me invadió su aroma: jabón neutro, papel limpio y ese calor íntimo de haber compartido la misma trinchera durante horas.
Me quedé petrificada, con el corazón golpeándome las costillas como un pistón.
Si abría los ojos y me descubría analizándolo con la intensidad de un director de arte ante un lienzo en blanco, la tregua saltaría por los aires.
Volveríamos a las pullas, al escudo de los apellidos, a la carrera por la Dirección Creativa.
El problema era que, mirándolo así, la Dirección Creativa en Puerto Coral empezaba a parecer un premio de consolación. Se me secó la boca. Aquello sí que era un abismo sin arnés.
Yo no me enamoraba de mis rivales de oficina. No apartaba mechones de la frente de un hombre que organizaba su vida en bloques de cincuenta minutos. No me ablandaba ante una boca entreabierta que, por unas horas, había olvidado la tensión de los presupuestos.
—Estás loca —articulé en silencio, clavando las uñas en la colcha de raso para mantener las distancias.
La pantalla de su móvil se iluminó: cinco minutos para la alarma de las siete y cuarto. El destello azul recortó la silueta de su hombro y la curva del cuello.
Me obligué a retirar la mano despacio, deshaciendo ese milímetro de contacto. El frío de la habitación sustituyó el calor de su piel, un vacío tan nítido que me mordí el labio inferior para no protestar.
Adrián frunció el ceño, detectando la pérdida de temperatura en su subconsciente, pero no despertó. Siguió durmiendo, ajeno al cataclismo silencioso de mi lado de la cama.
Me deslicé fuera de las sábanas de raso rojo con cautela de cirujano.
El suelo de madera contrachapada estaba helado; el impacto me despejó las ideas de golpe.
Busqué las zapatillas junto al escritorio de pino cojo y me erguí frente al cabecero, empapelado con un mosaico de post-its rosas, amarillos y verdes.
Nuestra campaña. El mapa de nuestros desastres compartidos: la locura y el orden trenzados en papel de neón.
Volví a mirar a Adrián una última vez antes de entrar al baño.
Seguía allí, con el pelo alborotado sobre la almohada y la respiración tranquila, desarmado.
Me di la vuelta, apretando los puños en los bolsillos de mi sudadera desgastada.
La jornada exigiría mucho más que una buena presentación analógica.
Exigiría fingir, con cada fibra, que el hombre de la habitación doce seguía siendo solo el obstáculo a esquivar para conseguir el despacho de mis sueños.
Con los puños aún apretados en los bolsillos de la sudadera, di un paso hacia el baño, pero el chasquido seco de la puerta principal al cerrarse me obligó a girar.
El lado izquierdo del colchón de raso estaba vacío; la sábana revuelta retenía todavía un rastro de calor. El pijama de rayas de Adrián ya no estaba allí y sus gafas de pasta negra habían desaparecido de la mesita.
En un motel donde la única tecnología funcional era un calentador de agua analógico, que Adrián Montenegro se hubiera evaporado a las siete de la mañana sin dejar un informe de tres páginas justificando su ausencia resultaba alarmante.
Me deslicé hacia la puerta. Al entornar la hoja de contrachapado, el pasillo de moqueta mostaza se extendió ante mí, vacío, impregnado del olor a humedad y cera vieja que era el sello de El Helecho Dorado.
Un murmullo amortiguado flotó desde el extremo del corredor, justo donde la escalera de caracol descendía a recepción.
Caminé en calcetines, sintiendo el frío del suelo. Me asomé por la barandilla gastada del hueco de la escalera con cuidado de no hacer ruido.
Abajo, en la penumbra del vestíbulo, la silueta de Adrián se recortaba contra el cristal de la entrada.
Vestía el pantalón de traje de ayer, pero la camisa blanca, sin americana y con las mangas remangadas, estaba arrugada.
Apoyaba el hombro en la pared junto a la recepción, con el auricular de baquelita del teléfono de disco pegado a la oreja. El cable helicoidal se estiraba, tenso.
Me quedé inmóvil en el rellano, con los dedos aferrados al pasamanos.
Sabía que debía dar la vuelta y que invadir su espacio rozaba la violación de nuestro precario tratado de paz, pero su voz me retuvo.
No era la voz de Vértice Digital. No era el tono cortante con el que desarmaba mis propuestas de guerrilla en las reuniones de los lunes.
Era un susurro ronco, sin filtros, cargado de una fatiga que ningún café soluble podría aliviar.
—¿Mamá? Sí, soy yo —dijo, y su propia respiración pareció pesarle—. No, no te preocupes, estoy bien. Conseguí llamar desde el vestíbulo. ¿Cómo estás tú? ¿Pudiste descansar?
Apreté los labios. El eco del vestíbulo vacío amplificaba sus palabras, transformando la escalera en una caja de resonancia.
—Sí, la tormenta ya pasó —continuó, pasándose una mano por el pelo y desordenando los mechones que siempre llevaba bajo control—. Estamos en un motel de carretera, a unas horas de Puerto Coral. El coche tuvo un problema de batería, pero está solucionado. Te lo prometo. No hay de qué preocuparse.
Hubo un silencio. Adrián escuchaba con la cabeza gacha y los ojos en el terrazo gastado. Su pie daba golpecitos rítmicos, un tic que saboteaba la calma de su voz.
—No pienses en el recibo de la luz, mamá.
Ya está hecho. Hice la transferencia ayer por la tarde, antes de salir de la oficina.
Sí, la de este mes y la del trimestre pendiente.
No dejes que se acumulen recargos. Si vuelven a llamar de la distribuidora, diles que me contacten a mí. No hables con ellos.
Su tono se volvió una muralla verbal levantada a distancia para blindar a su madre.
—Sé que las notificaciones del juzgado siguen llegando —añadió, y su voz bajó, casi en un ruego—. Pero te pedí que no las abrieras. No te hagas mala sangre, por favor. Déjalas en el cajón de la entrada. Yo me encargaré de todo el fin de semana. Solo... no las mires.
Un escalofrío me recorrió la nuca. El hombre implacable que no toleraba un error de formato en un correo de tres líneas, el que medía la distancia de seguridad en la cama con un cable de carga, sostenía un andamiaje familiar entero sobre los hombros.