La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo setenta y cinco
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Capítulo setenta y cinco

Sam

Estoy en el estudio cuando llaman a la puerta. No es algo habitual en Long Island después de las ocho de la noche. A esas horas, la mayoría de la gente ya está recogida en casa.

Seguro que es Flo, aunque el corazón se me acelera con la fantasía de que sea Blake.

Pensar en él me revuelve el estómago, y no de esa forma emocionante de montaña rusa. ¿Cómo pudieron torcerse las cosas tan rápido? No dejo de revivir la última vez que lo vi, su cara de confusión mientras lo apartaba de mí.

Quizá haya vuelto de esa misión secreta en la que andaba metido. Me he convencido de que es un espía encubierto, con Vivi de fiel compinche. Así su desaparición se hace más fácil de digerir.

Otro golpe, este más fuerte.

¿Y si Blake y Vivi no se han ido para siempre?

¿A quién pretendo engañar? He visto gente viniendo a ver la casa de al lado. Tiene que ser la propiedad que menos ha durado en toda la historia de Cedar Ridge. Yo tengo la culpa, soy la peor vecina del mundo.

Darle un ultimátum a Alan me hizo creer que tendría el valor de ponerme en contacto con Blake. Cogí el teléfono cien veces para escribirle, pero no encontraba las palabras adecuadas. Palabras de disculpa. La cagué con un tío genial. Tanto que se mudó.

Por si acaso, me pongo el brillo de labios que encuentro en el bolsillo de los vaqueros y corro hacia la puerta.

—¿Quién es? —Oigo el temblor en mi voz.

—Caroline, Barbie y Mo.

¿Eh?

Abro la puerta y ahí están mis tres amigas. Barbie lleva un maletín negro grande. El conductor de Caroline, Paul, espera en un Mercedes con el motor en marcha junto a la acera.

Estoy desconcertada.

—¿Podemos pasar? —pregunta Caroline, y entra seguida de las demás. Lleva lo que parece un videojuego. Mi hijo es un jugador en ciernes.

—¿Cómo está Ethan? —pregunta. Las tres miran a su alrededor como si hubieran aterrizado en Marte. Aun así, estoy más que conmovida.

—Estará bien. Solo necesita unos días para recuperarse. ¿Habéis venido por eso? —pregunto, mirando el juego—. Sois muy amables.

—Entre otras razones.

—¿Ah, sí?

Pensaba que Caroline había vuelto a Vermont. Está lo bastante lejos de casa como para preocuparme.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Mo me mira la bata raída y las zapatillas de conejito, bigotes incluidos.

—Hay mucho que hacer.

Las mujeres me siguen hasta la cocina. Caroline y Barbie se sientan a la mesa del desayuno; Mo se apoya en la encimera. Esto está muy apretado.

—¿Qué me estoy perdiendo?

Barbie me pone al día:

—Vas a tener un cambio de imagen.

Se me encienden las mejillas al mirar lo que llevo puesto. No esperaba visitas.

—No y no. Ya pasé por eso. —Otra vez lo mismo.

Mo dice:

—Por lo que he oído, el último fue un gran éxito. Como estaba fuera de la ciudad y me lo perdí, vamos a por la segunda ronda.

Caroline echa un vistazo a la cocina y encuentra un par de copas de vino en el armario.

—¿Sacacorchos?

Saco uno del cajón y se lo paso. Como una maga, Barbie saca una botella de Cabernet del maletín. Dentro veo un montón de maquillaje y cosas para el pelo. Me están llevando por donde quieren.

—¿Puede alguna explicarme qué está pasando?

Mientras Barbie abre la botella, Caroline trastea con el móvil y pone el altavoz.

—¡Samantha Bennett!

—¿Evie?

—En persona. Bueno, no exactamente, pero imagina que estoy ahí contigo.

Espero a ver qué viene.

—Vas a quedar con Blake.

—Ni hablar.

—Pues sí. —Esto viene de Mo. Aquí de pie en mi casa, no sé cuál de las dos está más incómoda. Hay que reconocer que no mira mi casa como si fuera un albergue de indigentes.

—Mi hijo...

Caroline me interrumpe:

—Acabas de decir que Ethan está bien. Necesitas esto, y Blake también.

Cojo la botella y me sirvo. Luego me bebo media copa de un trago. Las mujeres me miran fijamente.

—No puedo.

Barbie dice:

—¿Por qué no? Te gusta y tú le gustas a él.

Niego con la cabeza. Esto es una intervención en toda regla. Levanto un dedo.

—Para empezar, no he tenido pareja desde...

Ahora es Caroline:

—Como digas el nombre de tu ex, te tiro el vino encima.

Mo dice:

—Podría mejorarla.

Barbie le da un codazo a Mo.

—Sé amable.

Caroline dice:

—¿Qué más?

No suelo enfadarme, pero noto la rabia bullendo bajo la superficie.

—Blake se ha ido. No lo he visto en meses.

Caroline frunce los labios.

—Me estoy encargando de eso.

Evie interviene animada:

—De verdad que sí, Sam.

—¿Os habéis vuelto todas locas?

Barbie me lleva hasta una silla y me siento. Me rellena la copa.

—Esté donde esté, ese hombre está colado por ti, Sam. Acéptalo. —Luego, con más suavidad, añade—: Y tú por él.

Niego con la cabeza. —Ha pasado por tanto...

La expresión de Mo me dice que está perdiendo la paciencia. —Llámalo como quieras. Pero vamos a hacer esto.

Se sienta frente a mí y me lanza su mirada más fulminante.

—¿Acaso tengo voz y voto en esto?

Las tres mujeres en mi cocina, más Evie al teléfono, responden al unísono: —¡No!

Por el rabillo del ojo, veo a mi hija observando la escena desde el pie de las escaleras. Por la falta de sorpresa en su rostro, sabía que esto iba a pasar. Está metida en el ajo.

Chloe se escabulle. Ya tendremos unas palabritas más tarde.

—Ni siquiera sé dónde está —les digo a las demás.

—Nosotras nos encargamos de eso —dice Caroline.

—¿Y si no quiere volver a verme? —Sueno patética, sobre todo porque lo soy.

—Querrá.

Por muy inapropiadas que estén siendo mis amigas ahora mismo, han encendido una pequeña chispa de esperanza. Volver a ver a Blake, cogerle la mano, sentir su barba incipiente en mi mejilla... besarlo hasta perder el sentido. Es todo lo que he querido de verdad desde que nos despedimos en mi salón.

—De acuerdo —digo, resignada.

Barbie coloca un tubo de crema hidratante con color y una paleta de maquillaje sobre la mesa de la cocina, sin molestarse en ocultar su alegría.

Mo extiende la mano. —¡Brocha!

Como una enfermera de quirófano, Barbie obedece. Solo le falta la mascarilla azul.

Caroline le dice a Evie que le enviará fotos cuando terminemos y se despide. Ahora tengo a tres mujeres sentadas frente a mí, analizando cada aspecto de mi rostro. A juzgar por sus caras, esto puede llevar un rato.

Caroline y Barbie se fueron hace media hora y desde entonces no paro de mirarme en el espejo. Me preocupaba no reconocerme, pero sí me reconozco. Solo que en una versión muy mejorada.

Mo sigue aquí, insistiendo en que suba a vestirme. Déjà vu.

La última vez fue Barbie quien me preparó para una cita con Blake; ahora es Mo.

Sobre mi cama encuentro un conjunto precioso que no había visto nunca. Es exactamente del mismo tono de azul que el vestido que llevé a la subasta. Al ver la etiqueta, sé que lo ha comprado mi hija. Le caen bien Blake y Vivi. Y me quiere.

De vuelta abajo, Mo ya ha recogido todo; su trabajo aquí ha terminado. Me da una dirección escrita a mano.

La miro fijamente y abro los ojos como platos. —Tengo que irme.

Llamo a Chloe y le digo que vigile a Ethan y que me llame si hay algún problema. Aparece en segundos. —Todo irá bien, mamá. Pásatelo bien.

Le doy un beso en la mejilla y, sin previo aviso, Mo me abraza. —Buena suerte, cariño.

Cojo el bolso y salimos. Mo sube a su coche y se aleja. Corro hacia el mío, lista para lo que muy bien podría ser la cita más importante de mi vida.