La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo cuarenta y nueve
61%

Capítulo cuarenta y nueve

Sam

Salgo de mi habitación con cuidado. No me he puesto tacones desde el baile de graduación del instituto. Camino como un ternero recién nacido. Mientras practico en el pasillo, finjo que llevo una bandeja de mojitos en la cabeza. Me siento como Eliza Dolittle. Si le diera por el ron cubano.

—La lluvia en Sevilla es una maravilla —tarareo.

Las puertas del ascensor se abren y, como por arte de magia, ahí está él.

Blake.

Está de pie, con la mirada baja, sacudiéndose algo de la solapa. El esmoquin le sienta como un guante; unos días sin afeitarse le dan un aire de Príncipe Azul en versión rústica. Un príncipe de pelo plateado sacado de un cuento de hadas.

Blake alza la vista hacia mí con el ceño fruncido.

Al reconocerme, abre los ojos de par en par; luego su mirada desciende lentamente por mi vestido y vuelve a subir, clavándose en la mía con una intensidad que me corta la respiración.

Sin mediar palabra, entro en el ascensor.

El espacio parece mucho más pequeño que antes.

Su colonia —algo amaderado y cálido— me inunda las fosas nasales, y tengo que recordarme que debo respirar.

—Sam.

El corazón me martillea en el pecho y me maldigo por lo transparente que debo parecer. Deseo a este hombre. Con locura.

Me mira fijamente, con la boca formando una O perfecta.

—Estás...

Espero, cohibida.

—Diferente.

No sé si eso es un cumplido o un insulto. Estoy arreglada y acicalada al máximo. Esta no soy yo. Es una versión de plástico. Como una Barbie. O un Ken.

Nuestras miradas se cruzan. El aire cambia, se vuelve denso y cargado. Huele a masculinidad pura. Me está volviendo loca.

Con las rodillas temblándome, consigo hablar.

—¿Qué haces aquí arriba?

Sigue estudiándome como si intentara resolver un problema de matemáticas.

—Quería hablar contigo antes de la subasta. La chica de recepción me dio el número de tu habitación.

—¿Eso no está prohibido?

Una sonrisa asoma en los labios de Blake, probablemente la misma que usó con la joven recepcionista que vi antes en el vestíbulo.

Volvemos a quedarnos en silencio.

—Sam —repite Blake, esta vez con un murmullo grave que parece resonar en el espacio silencioso. Alarga la mano y pulsa el botón de «cerrar puertas». Me fijo en que no marca la planta baja. Las puertas se cierran con un susurro, atrapándonos en el limbo.

No podemos apartar la mirada el uno del otro.

—No debería estar aquí contigo —dice, con un deje de dolor en la voz.

Antes de que pueda procesar lo que eso significa, acorta la distancia entre nosotros. Una mano se desliza hasta mi cintura; la otra me acuna la mejilla y me alza el rostro hacia el suyo.

—No debería hacer esto —susurra, y su aliento cálido me roza los labios.

Y entonces lo hace.