Capítulo cuarenta y siete
Sam
Estoy en la postura del árbol, contemplando el horizonte de Nueva York.
Mantengo el equilibrio fijando la vista en una ventana al otro lado de la calle.
La suite del décimo piso es lujosa y moderna, como corresponde a un hotel de cinco estrellas en Manhattan.
Justo al terminar mi práctica, me llega un mensaje de Caroline.
¿Qué tal la habitación?
Fantástica. Gracias por arreglarlo.
La fundación paga. Te lo has ganado con creces. Llegaré a tiempo para la subasta.
Esto no es ninguna novedad. Caroline anda con cuidado para no causar revuelo con sus hijastros, aunque las cosas se van calmando poco a poco entre ellos. La prensa llegará pronto y otra pelea dañaría la reputación estelar de Estrellas Brillantes.
Le respondo: No hay problema. Te veré cuando te vea.
Me he levantado temprano, como siempre. Fue idea de Caroline que llegara la noche anterior a la gala. Me reservó habitación en el hotel para que pudiera prepararme aquí sin prisas. Esa mujer me conoce bien.
Chloe me envía un selfi de ella y Ethan delante del Louvre. Mi hijo pone su cara de aburrido con la lengua fuera. Me hace reír. El mensaje que lo acompaña dice: Buena suerte hoy, mamá. Saludaré a la Mona Lisa de tu parte.
Me alegra mucho que mis hijos vivan estas experiencias, aunque sea sin mí. Vuelven mañana y estoy deseando verlos.
Estoy a punto de responder cuando llaman a la puerta.
—¡Abre, Samantha! ¡Somos tus hadas madrinas!
Sonrío y me apresuro a abrir. Ahí están Caroline y Barbie, con expresión alegre y decidida. Me dirijo a Caroline:
—Pensé que habías dicho que vendrías tarde.
—Mentí.
—Vale. ¿Por qué?
—Te estamos secuestrando —dice Caroline.
—¿Perdona?
Barbie me lanza una mirada severa.
—Coge tu bolso y ven con nosotras.
Niego con la cabeza.
—Tengo demasiado…
Caroline me interrumpe.
—Lo hecho, hecho está. Ya es tarde para cambios —evalúa mis mallas de licra—. Excepto a ti.
Viniendo de cualquier otra persona me sentiría insultada, pero sé que solo tiene buenas intenciones.
Barbie suaviza el mensaje.
—Te llevamos a que te hagan un cambio de imagen antes de la gala.
Me siento como en uno de esos programas de telerrealidad donde convierten a una persona sin hogar en una diva.
Barbie dice:
—Evie insiste en pagar. Le daba pena no poder venir. Mo tenía un compromiso de trabajo, pero te manda recuerdos.
Apostaría mi sueldo a que Mo no usó la palabra «cariño». No es su estilo.
Barbie debe de notar mi expresión.
—Esto no es caridad. Tú harías lo mismo por nosotras si estuvieras en nuestro lugar.
Tiene razón. Voy a disfrutar de esto. Aunque me mate.
Por lo visto no me muevo lo bastante rápido, porque Caroline coge mi chaqueta de la silla y se echa mi bolso al hombro.
—¿Te probaste el vestido?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando me lo diste.
Parece contrariada.
—Eso fue hace siglos. Podrías haber engordado o adelgazado desde entonces. Deberías probártelo otra vez.
El vestido es un modelo de cuatro mil dólares.
—¿Y de qué serviría? Ya no podemos hacer nada —digo con una sonrisa burlona, devolviéndole sus propias palabras. Por su expresión, está preocupada.
—Quedará bien.
Es extraño tener que convencer a otra persona de que voy a estar bien.
—¿Adónde vamos? —pregunto, resignándome a lo que puede acabar siendo una enorme pérdida de tiempo y dinero.
Caroline mira su reloj de oro, un vestigio de su vida anterior. Antes era la niña rica del grupo; ahora lleva una vida mucho más modesta con Calvin y su hijo, Chacha. Hoy en día, Caroline vive ajustándose a un presupuesto. Nunca la he visto más feliz.
Barbie mantiene la puerta abierta mientras Caroline saca el móvil del bolsillo y me hace una foto.
—¿Por qué? —pregunto, intentando contener mi irritación. Al fin y al cabo, me están haciendo un favor.
—La foto del antes.
Dos horas y media después, estoy cabeceando en la silla de la estilista.
Tengo los huesos como de gelatina. Había olvidado lo que es que te mimen.
Barbie está sentada en el sofá del rincón, trabajando con su iPad.
Caroline se ha ido a no sé qué recado. La gala empieza en unas horas y no me he preocupado en absoluto.
Aun así, entre el peinado y el maquillaje, estoy más que un poco inquieta. Dijeron que sería más divertido si no miraba mientras trabajaban.
La maquilladora me rocía la cara con algo que huele a lavanda.
—Señora Bennett, ¿está lista para el gran momento?
Está rebosante de emoción. Supongo que está satisfecha con su obra.
Barbie se acerca y abre mucho los ojos al mirarme.
—¡Espera! —Caroline entra corriendo con una gran caja de terciopelo en las manos. Se detiene y me mira fijamente—. Guau. Simplemente guau.
—¿Qué traes ahí? —pregunto, nerviosa por las reacciones de mis amigas. ¿Qué me han hecho estas personas?
En el peor de los casos, si parezco una versión femenina del señor McGiggles, me ducharé antes de la gala y empezaré de cero yo sola. Esta salida es más para ellas que para mí, de todos modos.
Caroline aparta la mirada de mí y la dirige hacia lo que tiene en la mano. —Una antigua amiga de Jean Pierre te presta esto. —Abre la caja. Dentro hay una gargantilla de diamantes y unos pendientes a juego. Son espectaculares.
La estilista contiene el aliento. —¿Son de verdad?
Precisamente mi pregunta.
Caroline se ríe. —Más les vale. Y antes de que los rechaces, Sam, que sepas que están asegurados. Ten cuidado de no cruzarte con ningún ladrón de joyas y todo irá bien.
Me entrega los pendientes y me ayuda con la gargantilla. Me sorprende lo que pesa. La responsabilidad me aterroriza y me emociona a partes iguales.
Caroline asiente satisfecha. —Mírate.
Barbie gira mi silla hacia el espejo. Miro dos veces y parpadeo, con mis espesas pestañas, intentando asimilar lo que veo.
Mi pelo, antes tan soso, ahora llega a los hombros, con mechas rubias y ondas playeras.
El maquillaje es impecable, sin resultar recargado.
El avellana de mis ojos parece más intenso, y mis labios lucen un brillo rosa natural que los realza con delicadeza.
Me quedo sin palabras, preguntándome quién es esa mujer tan guapa que me devuelve la mirada.
En el espejo, veo que a Barbie se le humedecen los ojos. —Estás deslumbrante.
Caroline pone las manos sobre mis hombros y me mira a los ojos. —Ahora sí estás lista.
Consigo subirme yo sola la cremallera del vestido, con cuidado de no manchar la tela con el maquillaje. Luego me pongo los zapatos nuevos. Vuelvo a mirarme en el espejo de cuerpo entero, todavía asombrada por lo que han logrado las estilistas.
Durante años, las chicas de las Fabulosas Cincuenta me propusieron hacerme un cambio de imagen.
Siempre me negué antes de que la cosa fuera a más.
Ahora me pregunto por qué estaba tan rotundamente en contra.
Probablemente porque Alan habría puesto el grito en el cielo ante esta versión más glamurosa de mí.
Bueno, Alan ya no está. —Él se lo pierde —susurro al aire.
Caroline y Barbie se han ido a vestirse a la segunda habitación que reservaron a través de la fundación.
Ramona está abajo, en el salón de eventos, preparando a dos de los solteros. Todavía no hay noticias de Blake. No estoy preocupada. Bueno, intento no preocuparme. Si se echó atrás a última hora como Logan, poco puedo hacer ya.
Mi teléfono vibra. En lugar de Blake, aparece el nombre de mi hermana en la pantalla. Shel vive en Florida y está felizmente casada. Tiene dos hijos, Lucas y su hermana Alex, a quienes adoro pero no veo a menudo. Tanto el dinero como el tiempo han sido escasos.
Dejo que salte el buzón de voz. Tengo que bajar antes de que lleguen los invitados. Enseguida me llega un mensaje de texto. ¡Mucha mierda!
Shel siempre se acuerda de estas cosas. Es muy detallista.
Meto el teléfono en mi bolso de noche con cuentas y decido bajar. Hablaré con Ramona y, con suerte, veré a Blake cuando llegue. Me pregunto cómo reaccionará cuando me vea.