CAPÍTULO XXIII LA CAÍDA DE LOS NOMBRES
La ciudad no durmió después de la asamblea, pero tampoco estalló.
Esparta continuó moviéndose bajo la noche como si todavía intentara convencerse de que nada irreversible había ocurrido realmente.
Las patrullas siguieron recorriendo las calles, los templos mantuvieron encendidas las antorchas rituales y desde algunos patios llegaban todavía voces, discusiones apagadas, platos golpeando piedra y perros ladrando detrás de los depósitos militares.
Sin embargo, algo había cambiado en la manera en que los hombres se observaban entre sí.
Los ciudadanos abandonaron las gradas bajo el calor inmóvil del mediodía sin levantar demasiado la voz.
Nadie discutía abiertamente. Nadie pronunciaba acusaciones.
Pero los soldados observaban a los ancianos, los ancianos evitaban cruzar los ojos con la multitud y las patrullas avanzaban de otra manera, más lentas, más tensas, como si los hombres estuvieran cansados de vigilar y, al mismo tiempo, fueran incapaces de dejar de hacerlo.
Las órdenes seguían pronunciándose, aunque ya no descendían sobre la ciudad con la antigua facilidad.
Eurídice caminó sola por las galerías superiores del recinto ceremonial mientras las últimas voces se extinguían detrás de ella.
El viento arrastraba polvo caliente entre las columnas e hinchaba lentamente las telas ceremoniales colgadas sobre las piedras.
Las inscripciones seguían allí. Las máximas antiguas.
Los nombres de los legisladores. Las fórmulas rituales.
Todo permanecía igual.
Descendió lentamente hacia los sectores inferiores del santuario. Los corredores permanecían vigilados, aunque incluso los guardias parecían más inseguros que días atrás. Algunos evitaban mirarla directamente. Otros sostenían la mirada apenas un instante antes de apartarla.
Más abajo el aire volvió a cambiar. Humedad. Aceite viejo. Piedra mojada.
El archivo seguía allí.
Las cámaras ocultas conservaban olor a polvo antiguo, humo apagado y madera húmeda.
Las antorchas ardían mal sobre los muros y dejaban residuos negros sobre la piedra.
Eurídice avanzó despacio. El calor seguía atrapado allí abajo y el humo le raspaba la garganta.
Tenía la túnica pegada a la espalda por el sudor.
Tomó una tablilla cercana. Un nombre había sido eliminado violentamente de la piedra.
Bajo las raspaduras todavía sobrevivían fragmentos de caracteres antiguos.
Más adelante encontró otros registros: familias completas borradas de documentos oficiales, niños cuyos nombres desaparecían junto a los de sus padres, mujeres convertidas en espacios vacíos dentro de genealogías mutiladas.
Pero entre esos registros también aparecían otras cosas.
Discusiones burocráticas sobre aceite.
Listas de animales sacrificados.
Errores de cálculo corregidos torpemente.
Una pelea entre escribas sobre fechas religiosas.
La queja de un funcionario porque alguien había roto bancos ceremoniales durante una celebración pública.
Más adelante encontró tablillas partidas por humedad.
Otras directamente ilegibles. En una, un escriba había repetido tres veces el mismo número y después lo había raspado con furia hasta quebrar la superficie.
Otra conservaba apenas media frase y un sello deformado imposible de reconocer.
Había polvo acumulado dentro de las grietas y manchas oscuras que el tiempo había vuelto imposibles de identificar.
Eurídice leyó aquello varios segundos y después dejó lentamente la tablilla donde estaba.
Más arriba alguien arrastró algo pesado sobre piedra. El sonido descendió amortiguado hasta el archivo y desapareció. Después llegaron voces. Alguien discutía por dinero. Un perro ladró brevemente. Más lejos todavía parecía escucharse música.
Eurídice deslizó los dedos sobre otra inscripción mutilada.
La piedra áspera raspó levemente su piel.
Recordó entonces las ceremonias de su infancia, las procesiones nocturnas, las antorchas avanzando entre los templos y los juramentos pronunciados colectivamente bajo las estrellas.
Recordó la admiración que había sentido observando a los ancianos hablar de disciplina, permanencia y honor.
Durante años había amado aquella ciudad.
Se sentó lentamente sobre uno de los bancos de piedra. Sintió inmediatamente la dureza incómoda atravesándole la espalda. El humo de las antorchas le irritaba los ojos. Observó una mosca atrapada cerca de una llama, girando inútilmente alrededor del fuego.
Por un instante pensó solamente en agua.
En dormir.
En comida caliente.
En salir de allí y no volver nunca más al archivo.
Entonces escuchó pasos detrás de ella.
No se sobresaltó. Sabía quién era antes de girarse.
Dracón descendió lentamente desde la oscuridad de las galerías superiores. Ya no llevaba escoltas ni símbolos ceremoniales. Sin la rigidez pública de la asamblea parecía simplemente un hombre viejo bajando demasiado despacio por una escalera de piedra .
Durante varios segundos ninguno habló.
Las antorchas proyectaban sombras inestables sobre las paredes cubiertas de registros mutilados.
Dracón observó alrededor. Las tablillas.
Las correcciones. Las genealogías quebradas.
Rozó distraídamente una inscripción raspada y permaneció allí demasiado tiempo, como si hubiera olvidado momentáneamente qué iba a decir.
—La ciudad ya comenzó a fracturarse —murmuró finalmente.
La voz sonó más baja que durante la asamblea. Más gastada.
Eurídice volvió lentamente la mirada hacia las tablillas.
—La ciudad ya estaba así.
Dracón no respondió enseguida. Avanzó unos pasos entre los registros.
Se detuvo frente a una mesa cubierta de documentos deformados por humedad.
Tomó uno. Lo observó apenas unos segundos antes de volver a dejarlo donde estaba.
Después tomó otro. Lo giró como si buscara algo.
Pareció perder el hilo de lo que estaba haciendo y terminó apoyándose un momento sobre la mesa.
Más arriba volvieron a escucharse voces. Después una risa breve. Después silencio otra vez.
—Crees que todo esto nació solamente de la crueldad —dijo él.
Se interrumpió.
Frunció apenas el ceño.
—Algunas veces… algunas veces nació del miedo.
Rozó otra tablilla mientras hablaba, casi con familiaridad.
—Otras veces simplemente era más fácil corregir un nombre que admitir un error delante de toda la ciudad.
La frase salió sin culpa visible. Como si hablara de una tarea repetida demasiadas veces .
—Se cambiaban fechas. Nombres. A veces una familia completa desaparecía de los registros y… y después de unos años nadie hacía preguntas.
Una gota cayó desde el techo.
Ninguno levantó la vista.
El crepitar débil de las antorchas llenó el archivo.
Eurídice recordó los rostros de la asamblea. Los soldados inseguros. Los ancianos agotados. La multitud atrapada entre obediencia y desconcierto.
Y también algo incómodo.
Alivio.
Había querido que Dracón se quebrara delante de todos.
Ahora que lo veía allí, cansado y perdido entre tablillas húmedas, una parte de ella sintió satisfacción.
Se quedó mirando la grieta de una pared durante unos segundos.
Tenía hambre.
—¿Y cuánto más debía continuar? —preguntó al fin—. ¿Cuántos nombres más?
Dracón no respondió enseguida. Miró alrededor lentamente. Las filas de tablillas desaparecían dentro de la oscuridad húmeda.
Cuando habló, su voz sonó cansada.
—Hasta que…
No terminó la frase.
Permaneció inmóvil varios segundos.
Después soltó apenas aire por la nariz, casi una risa breve, sin humor.
—Ni siquiera sé si alguna vez terminaba .
Eurídice bajó la vista hacia los registros abiertos sobre la mesa cercana. Confesiones. Órdenes de ejecución. Versiones distintas de un mismo acontecimiento.
Tomó lentamente una tablilla.
En ella aparecía el nombre de un comandante ejecutado décadas atrás.
En la versión oficial había muerto heroicamente defendiendo la ciudad.
El registro oculto describía otra cosa: acusaciones internas, disputas políticas, una condena firmada por hombres cuyos propios nombres después también parecían haber sido corregidos.
Eurídice intentó ordenar mentalmente las fechas.
No pudo.
Había demasiadas capas.
Demasiadas versiones.
Demasiado polvo.
Durante un instante dejó de escuchar a Dracón. Miró solamente una grieta oscura atravesando la piedra de la pared. Pensó absurdamente que necesitaba aire.
Dracón observó la tablilla entre las manos de Eurídice.
—Si revelas todo esto —dijo lentamente— no destruirás solo a la Gerusía.
La frase quedó suspendida.
Más arriba volvió a escucharse el ruido distante de ruedas atravesando piedra. Después alguien gritó el precio de algo en el mercado nocturno. Un perro empezó a ladrar y otro respondió más lejos.
Dracón cerró los ojos apenas un instante antes de continuar.
—Los hombres necesitan creer en algo que permanezca.
Eurídice levantó lentamente la mirada .
—¿Y ocultarlo qué significa?
Dracón guardó silencio.
Miró otra vez las tablillas. Los nombres raspados. Las fechas corregidas. La piedra quebrada.
Abrió apenas la boca como si fuera a responder.
No lo hizo.
Las antorchas siguieron crepitando.
Más arriba, sobre aquellas galerías enterradas, Esparta continuaba respirando entre templos, cocinas, patrullas y mercados nocturnos.
Dracón volvió lentamente hacia las sombras. Parecía cansado. Mucho más cansado de lo que Eurídice había imaginado posible.
Antes de desaparecer entre los corredores se detuvo un instante.
No volvió la mirada.
—Los hombres necesitan creer en algo más estable que ellos mismos.
Después siguió avanzando hasta perderse en la oscuridad.
Eurídice permaneció sola.
Tomó lentamente una de las piedras raspadas y pasó los dedos sobre el nombre parcialmente destruido.