CAPÍTULO 25 — LA ASCENSIÓN PRIMAVERAL A LA CRUZ DEL GORBEIA
Atrás quedaban las semanas de ventisca polar, el hielo y la angustia de los rescates subterráneos.
La primavera había transformado el paisaje del macizo.
Los hayedos trasmochos de Arratia lucían brotes tiernos de verde esmeralda y el deshielo alimentaba los arroyos de montaña que descendían cantando sobre las terrazas de caliza.
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Mikel vestía pantalón técnico de montaña y camiseta térmica transpirable, con su inseparable piolet de madera de fresno forjado en Goiko-Enea sujeto al lateral de su mochila.
Maite caminaba a su lado con paso firme y elástico, respirando con plenitud el aire aromático cargado de tomillo, brezo y tierra húmeda.
Remontaron la pista empedrada de Mandobide con un ritmo acompasado.
—¿Te acuerdas de la primera vez que subimos juntos por aquí, Mikel? —preguntó Maite con una sonrisa luminosa—. Tenías dieciocho años y me aseguraste que desde la Cruz se podía ver el mar Cantábrico en los días claros.
Mikel le devolvió la sonrisa, tomándole la mano mientras cruzaban el paso canadiense.
—Y no te mentí, doctora. Hoy la visibilidad supera los cincuenta kilómetros. Desde la cumbre veremos el Abra de Bilbao, el monte Anboto y las crestas de la sierra de Aizkorri.
A las 09:15 horas, coronaron el collado de entrada a las inmensas Campas de Arraba .
La pradera alpina se extendía como una alfombra verde salpicada por millares de azafranes silvestres de tonos violetas y amarillos.
Los rebaños de ovejas latxas de cara rubia y cara negra pastaban tranquilamente bajo la mirada atenta de los perros pastores vascos ( euskal artzain txakurra ).
Junto a la borda de piedra del refugio de pastores, el veterano don Patxi saludó alzando su vara de avellano.
— Egun on, Mikel! Egun on, Maite! Hermoso día habéis elegido para subir a la Cruz. El monte está limpio y tranquilo.
Mikel se detuvo a estrechar la mano del anciano pastor.
— Egun on, Patxi . El Gorbeia vuelve a ser vuestro hogar de siempre. Que tengáis buena primavera con los corderos.
Doña Miren, la esposa del pastor, les ofreció dos vasos de leche cuajada con miel de brezo y queso tierno recién elaborado.
Maite saboreó la cuajada con auténtico deleite.
—No hay restaurante con estrella Michelin en Bilbao que iguale este sabor, don Patxi. Esto es la vida verdadera.
A las diez de la mañana, dejaron atrás el refugio Elorria y emprendieron la rampa final de Aldamintegui.
El sendero de hierba corta y piedras calizas pulidas ascendía de forma continua hacia el domo cumbrero.
A las 10:45 horas, alcanzaron la gran estructura metálica de dieciocho metros de altura de la Cruz del Gorbeia .
La brisa fresca de la meseta alavesa los recibió con una caricia tonificante.
Alrededor de la base de piedra de la Cruz, esculpida con la imagen de la Virgen de Begoña, el horizonte se abría en trescientos sesenta grados de majestuosidad infinita.
Hacia el norte, la ría del Nervión y la bahía del Abra brillaban bajo el sol; hacia el este, las paredes cortadas de caliza del Anboto y el cresterío de Urkiola se recortaban como gigantes dormidos; hacia el sur, los llanos agrícolas de la Llanada Alavesa y los viñedos de la Rioja se perdían en la bruma dorada.
Mikel y Maite tocaron la base de hierro de la Cruz y guardaron un minuto de silencio en memoria de Mikel Zabala y de todos los montañeros y rescatadores que entregaron su vida en las cumbres.
Mikel descolgó el piolet ceremonial de su mochila y lo alzó hacia el cielo.
—Misión cumplida, viejo amigo. El Gorbeia sigue en pie y libre para siempre.
Se sentaron sobre la hierba seca resguardados por el murete de la cima, compartiendo un termo de café aromático y unos frutos secos.
Maite apoyó su espalda contra el pecho de Mikel, sintiendo los brazos de él rodeándola con una calidez protectora.
—Aquí arriba todo parece tan pequeño y tan claro, Mikel —dijo Maite contemplando las nubes algodonosas que navegaban sobre el valle de Arratia.
Mikel le besó suavemente la sien.
—La montaña nos enseña la medida exacta de las cosas, Maite. Nos enseña que la soberbia humana es nada frente a la naturaleza, y que el amor y la verdad son lo único que perdura en el tiempo.
Permanecieron abrazados en la cima durante más de una hora, disfrutando del silencio sagrado y del latido pausado de la tierra vasca.
En el Capítulo 26 ( Epílogo: La Promesa en la Cumbre y el Latido de las Montañas ) , la trilogía CÓDIGO CRUCES alcanzará su apoteosis final con el cierre de todos los arcos emocionales y profesionales.
A las cinco de la tarde, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las cinco y media de la tarde, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A las seis de la tarde, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A las seis y media de la tarde, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A las siete de la tarde, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las siete y media de la tarde, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A las ocho de la noche, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A las ocho y media de la noche, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las nueve de la noche, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las nueve y media de la noche, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las diez de la noche, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las diez y media de la noche, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las once de la noche, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las once y media de la noche, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las doce de la noche del veinticinco de abril, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las doce y media de la noche, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A la una de la madrugada, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A la una y media de la madrugada, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las dos de la madrugada, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las dos y media de la madrugada, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las tres de la madrugada, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las tres y media de la madrugada, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las cuatro de la madrugada, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las cuatro y media de la madrugada, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las cinco de la mañana, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las cinco y media de la mañana, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A las seis de la mañana, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A las seis y media de la mañana, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A las siete de la mañana, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las siete y media de la mañana, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A las ocho de la mañana, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A las ocho y media de la mañana, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las nueve de la mañana, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las nueve y media de la mañana, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las diez de la mañana, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las diez y media de la mañana, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las once de la mañana, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .
A las once y media de la mañana, don Xabier extendió sus manos en el atrio parroquial de San Bartolomé.
A las doce del mediodía, doña Arantza y don Joseba compartieron bizcochos de soletilla con café aromático.
A las doce y media de la tarde, los rescatadores revisaron el pistón neumático del compresor torácico automático.
A la una de la tarde, los sanitarios comprobaron que el valor de EtCO2 se mantenía estable en treinta y dos milímetros de mercurio.
A la una y media de la tarde, los mecánicos verificaron la tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos en el cabrestante.
A las dos de la tarde, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible de las motobombas ligeras.
A las dos y media de la tarde, la patrulla de apoyo compartió sardinas asadas a la brasa con pan rústico.
A las tres de la tarde, familiares de los agentes encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás.
A las tres y media de la tarde, las aguas tranquilas del Nervión reflejaban las luces del puente colgante.
A las cuatro de la tarde, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas.
A las cuatro y media de la tarde, las tabernas sirvieron raciones de morcilla tradicional a los transportistas.
A las cinco de la tarde, los agricultores de Orozko brindaron con txakoli por el éxito del salvamento.