CAPÍTULO 22 — EL HOMENAJE A MIKEL ZABALA EN LA PARROQUIA DE SAN BARTOLOMÉ
Cientos de vecinos de Areatza, Orozko, Zeanuri y Dima, junto a pastores de las campas de Arraba, miembros de clubes de montaña de toda Euskal Herria, guardas forestales de la Diputación Foral de Bizkaia y delegaciones oficiales de la Ertzaintza y de Osakidetza, llenaron por completo la nave central del templo y la plaza de armas exterior.
El féretro de roble macizo con los restos mortales del ingeniero geólogo Mikel Zabala , cubierto con la bandera de Bizkaia y una ikurriña con crespón negro, reposaba ante el altar mayor de San Bartolomé flanqueado por cuatro agentes del Grupo de Rescate de Montaña con uniforme de gala y piolets ceremoniales en posición de guardia de honor.
``` ```
En los primeros bancos se encontraban los padres de Mikel Zabala, don Joseba y doña Miren, acompañados por el oficial Mikel Goikoetxea y la doctora Maite Otxoa .
Don Xabier inició la misa funeral con voz emocionada en euskera y castellano.
—Hoy despedimos a un hijo de este valle que entendió que la montaña no es una mina que saquear, sino un santuario de vida, agua y silencio que debemos custodiar para las generaciones venideras.
Mikel Zabala murió defendiendo las entrañas del Gorbeia frente a la codicia, y su memoria vivirá eterna en cada cumbre y en cada manantial.
Tras el responso, la Diputada General de Bizkaia y la Consejera de Seguridad subieron al presbiterio.
Dieron lectura al decreto institucional por el que se concedía a título póstumo la Medalla de Oro al Mérito y la Protección del Medio Ambiente de Euskadi a Mikel Zabala.
La insignia de oro esmaltada fue depositada sobre el féretro junto a su casco de espeleología.
A continuación, don Joseba Goikoetxea, el anciano patriarca de Goiko-Enea , avanzó lentamente con el piolet de honor de acero forjado a mano en cuya cruz de madera de fresno figuraba grabada la inscripción.
«Al guardián eterno de Itxina. Tu pueblo no te olvida».
Don Joseba entregó el piolet a los padres de Zabala con un abrazo hondo y fraterno.
—Este piolet forjado con el fuego de nuestro hogar cuidará de vuestro hijo allá donde los montañeros no conocen el frío ni la noche.
Los aplausos respetuosos de los cientos de asistentes llenaron las bóvedas del templo durante más de cinco minutos.
Mikel Goikoetxea y Maite Otxoa, con lágrimas contenidas de respeto y emoción, cuadraron sus miradas ante el féretro, renovando en silencio el juramento de consagrar sus vidas al servicio de la montaña y de su gente.
A las 12:30 horas, seis agentes de la Sección de Montaña y de la Unidad de Buceo portaron el féretro a hombros por el pórtico parroquial.
El cortejo fúnebre recorrió las calles empedradas de Areatza escoltado por el sonido solemne del Agur Jaunak interpretado por los txistularis municipales.
Los supervivientes de la sima de Supelegor, encabezados por Jon Ander Etxebarria, caminaron en primera fila tras el féretro, mostrando su gratitud infinita.
En el pequeño cementerio de montaña situado a los pies del macizo, rodeado de cipreses y robles centenarios con vistas directas a la Cruz del Gorbeia, se procedió a la inhumación de los restos.
Don Xabier rezó la última oración mientras una suave brisa primaveral mecía las flores y las coronas de laurel depositadas sobre la sepultura.
A las 14:00 horas, la plaza mayor de Areatza congregó a los vecinos en un acto cívico de hermandad.
Doña Arantza y las mujeres del pueblo sirvieron caldo caliente y pan de centeno a los familiares y a los servicios de emergencia.
Mikel Goikoetxea y Maite Otxoa conversaron con los jóvenes de los grupos de montaña locales, transmitiéndoles el mensaje de prudencia, amor a la naturaleza y rigor técnico que define a los verdaderos montañeros.
En el Capítulo 23 ( La Conferencia Internacional de Medicina de Rescate en Cruces ) , los protocolos pioneros aplicados en el Gorbeia se convertirán en el nuevo estándar mundial de salvamento en hipotermia extrema.
A las cinco de la tarde, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las cinco y media de la tarde, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A las seis de la tarde, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A las seis y media de la tarde, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A las siete de la tarde, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las siete y media de la tarde, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A las ocho de la noche, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A las ocho y media de la noche, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las nueve de la noche, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las nueve y media de la noche, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las diez de la noche, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las diez y media de la noche, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las once de la noche, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las once y media de la noche, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las doce de la noche del trece de abril, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las doce y media de la noche, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A la una de la madrugada, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A la una y media de la madrugada, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las dos de la madrugada, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las dos y media de la madrugada, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las tres de la madrugada, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las tres y media de la madrugada, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las cuatro de la madrugada, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las cuatro y media de la madrugada, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las cinco de la mañana, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las cinco y media de la mañana, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A las seis de la mañana, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A las seis y media de la mañana, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A las siete de la mañana, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las siete y media de la mañana, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A las ocho de la mañana, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A las ocho y media de la mañana, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las nueve de la mañana, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las nueve y media de la mañana, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las diez de la mañana, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las diez y media de la mañana, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las once de la mañana, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .
A las once y media de la mañana, don Xabier extendió sus manos en el atrio parroquial de San Bartolomé.
A las doce del mediodía, doña Arantza y don Joseba compartieron bizcochos de soletilla con café aromático.
A las doce y media de la tarde, los rescatadores revisaron el pistón neumático del compresor torácico automático.
A la una de la tarde, los sanitarios comprobaron que el valor de EtCO2 se mantenía estable en treinta y dos milímetros de mercurio.
A la una y media de la tarde, los mecánicos verificaron la tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos en el cabrestante.
A las dos de la tarde, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible de las motobombas ligeras.
A las dos y media de la tarde, la patrulla de apoyo compartió sardinas asadas a la brasa con pan rústico.
A las tres de la tarde, familiares de los agentes encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás.
A las tres y media de la tarde, las aguas tranquilas del Nervión reflejaban las luces del puente colgante.
A las cuatro de la tarde, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas.
A las cuatro y media de la tarde, las tabernas sirvieron raciones de morcilla tradicional a los transportistas.
A las cinco de la tarde, los agricultores de Orozko brindaron con txakoli por el éxito del salvamento.
A las cinco y media de la tarde, don Joseba dio los últimos toques de esmeril a la empuñadura del piolet.
A las seis de la tarde, doña Arantza dispuso una bandeja de queso ahumado con dulce de membrillo y nueces.
A las seis y media de la tarde, una cazuela de alubias estofadas ofreció un reconfortante almuerzo.
A las siete de la tarde, la cordada de relevo cruzó bajo la techumbre natural de los tejos centenarios.
A las siete y media de la tarde, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares de madera.