CAPÍTULO 20 — LA NOCHE DE CONFESIONES EN GOIKO-ENEA EL AMOR BAJO LA CRUZ DEL GORBEIA
Tras casi tres semanas de operativo ininterrumpido en las simas heladas de Itxina, en los boxes de críticos de Cruces y en los bosques de los Pirineos, el oficial Mikel Goikoetxea y la doctora Maite Otxoa cruzaron juntos el zaguán de madera noble.
En la cocina baja, el fuego de leña de encina crepitaba en el hogar abierto, esparciendo un aroma cálido a resina, romero y pan recién horneado.
Doña Arantza y don Joseba, con la discreción y el cariño de los viejos sabios de la montaña, habían dejado preparada una fuente con guiso de ciervo estofado con setas de primavera, una hogaza de centeno rústico y dos copas de cristal junto a una botella de vino tinto crianza de Rioja Alavesa.
Una nota manuscrita sobre la mesa baja de castaño decía con caligrafía serena.
«Habéis traído la paz a nuestra montaña y a nuestra gente. Esta noche esta casa es vuestro refugio. Descansad en paz, hijos míos. Arantza y Joseba».
Mikel cerró el portón con el cerrojo de hierro forjado y se volvió hacia Maite.
La doctora, con el pelo castaño suelto cayéndole sobre los hombros y vestida con un jersey de lana gruesa gris perla que contrastaba con la palidez suave de su piel, lo miraba con una mezcla de cansancio profundo, admiración y deseo contenido.
—Por fin solos, Mikel —susurró Maite acercándose al calor de la chimenea—. Durante días temí que la cueva no te devolviera con vida.
Mikel dio dos pasos hacia ella y la envolvió en sus brazos fuertes.
—En cada descenso por esos pozos oscuros, Maite, lo único que me mantenía firme era saber que estabas arriba esperándome.
Se sentaron sobre la alfombra de lana virgen frente a las llamas doradas del hogar.
Mikel descorchó el vino y llenó ambas copas.
Brindaron en silencio, mirándose a los ojos con la intensidad de dos profesionales que habían desafiado a la muerte y habían vencido.
—Cuando entubaste a Jon Ander a menos doscientos metros de profundidad y mantuviste el flujo del ECMO en medio de la nieve —dijo Mikel acariciándole la mejilla con los dedos ásperos curtidos por la roca—, vi en ti la fuerza más hermosa y valiente que jamás he conocido.
Maite apoyó su mano sobre el pecho ancho de Mikel, sintiendo el latido regular y poderoso de su corazón.
—Y cuando te vi asegurar esa camilla en el vacío y descender al agua a dos grados para recuperar el cuerpo de Zabala, supe que jamás podría amar a otro hombre como te amo a ti, Mikel. Eres mi ancla, mi roca y mi norte.
Mikel inclinó el rostro y sus labios se encontraron en un beso lento, hondo y apasionado.
El sabor del vino y la calidez de la leña encendieron una corriente eléctrica que recorrió cada fibra de sus cuerpos.
Las manos de Mikel se deslizaron bajo el jersey de Maite, acariciando la suave curvatura de su cintura y la piel sedosa de su espalda.
Maite suspiró contra su boca, entrelazando sus dedos en el cabello espeso y oscuro de Mikel, entregándose por completo a la marea de sensaciones que habían contenido durante tantas semanas de tensión extrema.
Mikel la tomó en sus brazos con firmeza y la llevó por la escalera de madera noble hasta el dormitorio abuhardillado.
A través de los ventanales orientados al sur, la luna llena iluminaba con un resplandor plateado la silueta imponente de la Cruz del Gorbeia sobre el horizonte estrellado.
Sobre la gran cama de roble vestida con sábanas de lino blanco y mantas de lana, Mikel despojó lentamente a Maite de sus ropas, contemplando con devoción cada centímetro de su anatomía perfecta.
El contraste entre la piel blanca y delicada de Maite y el torso atlético, bronceado y cruzado por antiguas cicatrices de escalada de Mikel encendió una pasión visceral.
Los besos de Mikel descendieron por el cuello de Maite, recorriendo la curva de su clavícula, sus pechos firmes y erguidos por el deseo, hasta su abdomen plano que se estremecía ante cada caricia.
Maite arqueó la espalda con un gemido de puro deleite cuando las manos expertas de Mikel exploraron su intimidad húmeda y ardiente.
—Mikel... tómame... hazme tuya ahora mismo —suplicó Maite abrazándolo con fuerza.
Mikel se posicionó entre sus muslos y se deslizó en su interior con una penetración profunda, lenta y rotunda.
Un estremecimiento compartido los unió en un solo compás.
El movimiento acompasado de sus cuerpos, rítmico y poderoso, llenó la estancia con el rumor de la respiración acelerada y los suspiros ahogados de placer.
Cada embestida de Mikel era una declaración de amor y posesión protectora; cada respuesta de Maite era una entrega absoluta e incondicional.
El clímax los alcanzó simultáneamente en una explosión de sensaciones arrebatadoras.
Maite clavó sus uñas en los hombros de Mikel mientras un espasmo de éxtasis sacudía todo su ser; Mikel se derramó en su interior con un gemido grave y prolongado, abrazándola contra su pecho como si el mundo entero desapareciera a su alrededor.
A las seis de la mañana, la primera luz rosada de la aurora tiñó la nieve de la cumbre del Gorbeia.
Maite dormía plácidamente con la cabeza apoyada sobre el pecho desnudo de Mikel.
Mikel la miró con infinita ternura y le acarició el cabello.
Maite abrió los ojos, sonrió con dulzura y se acurrucó aún más contra él.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó Maite con voz suave.
Mikel tomó su mano izquierda y besó el anular.
—Pienso en que el Gorbeia nos unió para siempre, Maite. Y en que no hay tempestad ni abismo en este mundo que pueda separarnos.
Maite le besó los labios con pasión renovada.
—Para siempre, Mikel. Juntos en cada rescate y en cada día de nuestras vidas.
Con los corazones unidos y la paz restablecida en el valle, concluye el Acto IV ( EL VALLE DE ARRATIA Y LA VERDAD AL DESCUBIERTO ) .
En el Acto V (Capítulo 21: La Apertura del Sumario en la Audiencia Nacional ) , la justicia del Estado ratificará el triunfo del Estado de Derecho sobre el expolio corporativo.
A las diez de la mañana, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las diez y media de la mañana, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A las once de la mañana, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A las once y media de la mañana, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A las doce del mediodía, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las doce y media de la tarde, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A la una de la tarde, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A la una y media de la tarde, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las dos de la tarde, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las dos y media de la tarde, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las tres de la tarde, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las tres y media de la tarde, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las cuatro de la tarde, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las cuatro y media de la tarde, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las cinco de la tarde, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las cinco y media de la tarde, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A las seis de la tarde, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A las seis y media de la tarde, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las siete de la tarde, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las siete y media de la tarde, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las ocho de la noche, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las ocho y media de la noche, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las nueve de la noche, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las nueve y media de la noche, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las diez de la noche, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las diez y media de la noche, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A las once de la noche, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A las once y media de la noche, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A las doce de la noche del cinco de abril, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las doce y media de la noche, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A la una de la madrugada, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A la una y media de la madrugada, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las dos de la madrugada, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las dos y media de la madrugada, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las tres de la madrugada, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las tres y media de la madrugada, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las cuatro de la madrugada, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .